La física no sabe
porque existe el presente pero si sabe que es lo único que
podemos experimentar (el pasado ya fue mientras que el futuro
está por venir). Intentar enviar un mensaje al pasado es
suponer que presente y futuro son entidades que existen en
una especie de cronopaisaje, la imagen de un tiempo estático que se
extiende del remoto pasado al inconcebible futuro. De esa forma, la vida
humana en el presente es una negación de esa realidad, es luchar contra
algo mucho mayor que nosotros. Así, todos los personajes de Cronopaisaje
deben lidiar con cosa mayores que ellos, deben comunicarse entre ellos y
tratar de llegar a una imagen del mundo tal y como es.
Algunos
fracasan y otros tienen éxito. Renfrew consigue finalmente entender
que el experimento no es lo más importante de su vida, que el sistema
de referencia de la razón puede equivocarse, que el estante puede
estar realmente torcido y la pared recta. Cuando ya ha transmitido todos
los mensajes de advertencia no puede evitar contar algo de su vida y de su
mundo para luego volver a su casa. Gregory Markham —el físico
que mejor entiende los taquiones y el alter ego de Gregory Benford en la
novela— poco antes de morir consigue alcanzar lo que más desea:
la comprensión. Peterson y Gordon, sin embargo, se encierran aun más
en sus respectivos mundos. Gordon acepta finalmente el punto de vista de
su madre y se resigna a no intentar cambiar más. Cada personaje tiene
un universo personal donde habita, y la comunicación entre ellos es
como los intentos de comunicación entre 1998 y 1963: una empresa con
éxitos y fracasos pero inevitable.
Hay
muchos otros elementos en esta novela que la hacen interesante, y por mucho
que escriba no podría agotarlos todos. Pero un aspecto que me atrae
es el retrato que hace de la vida de los científicos. Es común
a la ciencia ficción mostrar a los científicos como seres sin
emociones dedicados a investigar sobre todas la cosas, no así en esta
novela. El retrato de los científicos y de la labor científica
en Cronopaisaje es bastante más realista y como tal, bastante más
complejo (¿o quizás sea más complicado?). Por ejemplo,
los científicos de 1998 están dedicados por entero a intentar
salvar el mundo, mientras que el burócrata que los dirige sólo
está interesado en conseguir el mayor número posible de mujeres.
Otro cuarto de lo mismo sucede en 1962, donde el joven científico
que detecta la emisión de taquiones debe enfrentarse a los
burócratas científicos para que se le tome en serio. Lejos
de ser un juego lineal donde yo descubro y tu aceptas, la ciencia es en ocasiones
un complicado juego político.
Un
detalle que Benford consigue transmitir con fuerza es la pasión de
la realización científica, la experiencia casi religiosa que
se tiene cuando se resuelve un problema. Gregory Markham muere en un accidente
de aviación, pero casi no se da cuenta porque justo en ese momento
había conseguido explicar la existencia de varios universos. Ese momento
de felicidad, ese ensimismamiento en la obra es lo que tienen en común
los artistas y los científicos. No es cierto que los científicos
no sean capaz de apreciar la belleza artística y las emociones. Eso
es lo que Renfrew comprende finalmente.
Lo
que nos lleva a otras consideraciones: la importancia de la novela como obra
de arte. En el original, Cronopaisaje es una obra magníficamente escrita;
posiblemente una de las novelas mejor escritas de toda la ciencia ficción
(algo que por desgracia el lector español no podrá apreciar
en todo su esplendor), pero a la vez es una novela sobre la realidad del
mundo científico. Pero la imagen usual es que tal cosa debe ser imposible.
En el cosmos de la ciencia ficción parece que las buenas obras literarias
no deben hablar de ciencia mientras que las obras conscientes de la ciencia
no deben aspirar a la literatura.
Nunca
he dudado de la veracidad de la hipótesis de C. P. Snow —que
el lector interesado podrá encontrar en el libro Las dos culturas
y un segundo enfoque — que habla de la existencia de dos culturas
contrapuesta: la científica y la humanista, que se miran algo recelosas
y desconfiando una de la otra, y que la existencia de esas dos culturas pone
en peligro la salud intelectual de Occidente. Pero también doy por
seguro que si bien esas dos culturas existen, el fiel de la balanza se inclina
más hacia el lado de los humanista. Es decir: a lo largo de mi vida
he conocido a más científicos interesados en las humanidades
que a humanistas interesados en la ciencia (si una experiencia personal puede
tener algún valor). De hecho, no es raro encontrar a algún
intelectual que desprecia cualquier tipo de actividad
científico-técnica. Nunca entendí por tanto como Huxley
podía acusar a Snow de "blando cientifismo" , cuando sus propias
experiencias le debían haber indicado todo lo contrario.
Pero
si necesitase pruebas en esta lucha, me alegra saber que tengo al menos una
novela de ciencia ficción para esgrimir. Si la ciencia y la literatura
han estado alguna vez juntas, quizás nunca lo hayan estado tanto como
en Cronopaisaje, de Gregory Benford. Si embargo, es una novela que encuentra
en ocasiones fuerte oposición . Déjenme proponer una razón.
Si Susan Sontag puede decir que la literatura pornográfica ha sido
mal leída , yo me atrevería a afirmar, sin intentar compararme
a tal excelsa dama, que Cronopaisaje ha sido mal leída. Si se la lee
como novela de personajes es interesante; los caracteres son perfectamente
humanos y han sido creados muy bien, pero no muestran ninguna tendencia a
contarles sus penas directamente al lector ni a construir grandes visiones
de la realidad dentro de sus cabezas. Como una novela de ciencia ficción
dura no es nada del otro mundo: no tiene grandes construcciones, la trama
no implica —directamente— la destrucción del universo y
la ciencia es en realidad bastante básica pero con muchas implicaciones
de interpretación de algunos problemas científicos , por no
hablar de todas las líneas argumentales que incluyen exclusivamente
a los personajes y no a las ideas. No, no, hay que leer ambas cosas a la
vez. Hay que leer una novela de personas enfrentadas a un universo vasto
y extraño, donde algunas se salvan de desastres ecológicos
—sin saberlo— y otras no podrán jamás ser salvadas.
Hay que leer una novela sobre científicos que no son héroes,
sino grises y humanos, pero aun así tratan de entender el mundo, pero
ese mundo sólo tiene sentido desde un punto de vista científico.
Ese cuadro de un mundo mayor que cualquier ser humanos y que ningún
ser humano podrá dominar aparece en este párrafo de la novela:
Vio a la multitud, y pensó en las olas que se movían a
través de ella, rompiéndose en una blanca espuma que la tragaba
completamente. Las pequeñas figuras captaban débilmente los
bordes de las olas como paradojas, enigmas, y oían el tictaquear del
tiempo sin saber lo que sentían, y se aferraban a sus ilusiones lineales
de pasado y futuro, de progresión, desde la apertura de sus nacimientos
hasta la inevitabilidad de sus muertes. (Cronopaisaje p. 496)
Benford lo que ha hecho es símplemente cumplir su programa. En "Pascal's
Terror" pedía que la ciencia ficción mostrase realmente la
grandeza del universo en lugar de aspirar a domesticarlo:
Así que lo que más me interesa es ciencia ficción
que no subvierta el infinito. Como lo alienígena, el infinito es un
tema que es mejor ir sugiriendo. Debe plantearse indirectamente, dejando
en la narración la idea de la no centralidad de los mismos seres humanos,
la esperanza de que el espacio y el tiempo ilimitados prometen más
que nuestros intentos condenados al fracaso de apresarlos y domesticarlos. ("Pascal's Terror", p. 20)
Pero hay una paradoja, porque la ciencia y la visión del mundo que
esta dá son construcciones humanas. Ese mundo vasto e inefable no
puede ser separado de sus creadores humanos. Por esa razón Cronopaisaje
está escrita como está escrita: con mucha ciencia y con muchas
personas.
¿Y
por qué —en mi opinión— ha sido mal leída?
Creo tener una respuesta: la ciencia no se considera como una actividad humana
digna de ser convertida en arte (a veces ni se la considera una actividad
humana). Se considera que la violación, el asesinato, la lujuria,
el sexo, la destrucción, la muerte son materias más apropiadas
para escribir una novela, o cualquier otra obra literaria , que la ciencia
o la imaginación científica. Si una novela trata sobre la ciencia
es probable que se la considere automáticamente —en nuestro
género— como Hard SF y por definición no artística.
Pero de hecho, incluso una novela de ciencia ficción dura como Huevo
del dragón de Robert L. Forward —que nadie pondría como
ejemplo de buena escritura— crea sus propios efectos literarios, muy
diferentes a los de una novela que no fuese de ciencia ficción dura
. Lo que hace Huevo de dragón es introducir al lector en una
realidad que existe en la superficie de una estrella de neutrones, y tal
realidad se presenta como posible (a este efecto lo llama John J. Pierce
cognitive engagement). Crea un mundo que tiene sentido e interes por la
posibilidad de su existencia real, no es función de la carga
simbólica o metafórica que lleve, y donde suceden cosas que
nos importan realmente. Y ese también es uno de los triunfos de
Cronopaisaje: presentarnos un mundo posible (y debería recalcar
la palabra posible) donde el significado de la vida humana queda radicalmente
alterado.
Cronopaisaje es por tanto una novela que vive a caballo de
dos mundos de la ciencia ficción, sin que, en general,
ninguno quiera aceptarla o sepa aceptarla por completo . Pero es una
de esas pocas obras maestras que ha dado la ciencia ficción,
tanto como por ficción como por ciencia.
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