El archivo de Nessus

RESEÑAS | ARTÍCULOS | COLUMNAS | REVISTAS | ENTREVISTAS

Rafael Marín

Maestro Jedi, Maestro Pokemon
21/01/2002

Sacarle punta a la vida
17/10/2001

La cultura del desprecio
30/07/2001

In the ghetto...
25/06/2001

¿Luke Futuro o Dani Skywalker?
02/05/2001

Lo que El Señor de los Anillos se llevó
19/03/2001

Presas del factor sorpresa
12/02/2001

No sólo de pan
29/01/2001

Enredados en la telaraña
15/01/2001

La alternancia de la visión
31/12/2000

Todas las columnas de Dia Noga

D I A   N O G A
Señor de los sueños, dios de las palabras


por Rafael Marín

Lo he dicho en alguna ocasión, mientras esquivaba las piedras que me apuntaban al coco. Sandman me parece un mal tebeo. Y Neil Gaiman un escritor magnífico.

Siento hacia el título, que tengo pulcramente ordenado en los diez lujosos tomos recopilatorios de DC, una curiosa relación amor-odio. Empiezo a leerlo y me dan las mil y una y sigo leyendo. Pero normalmente no miro los dibujos. Contados son los dibujantes que me parecen merecer la pena. Las historias se sostienen muy bien, demasiado bien, sin el apoyo de las imágenes. Por eso me parece un tebeo malo. En ciertas ocasiones incluso he llegado a sospechar que los guionistas estrella ingleses imponen una cláusula donde exigen que el dibujante sea del montón, para así poder sobresalir ellos. Menos mal que en el caso de Sandman tenemos algún magnífico episodio dibujado por Charles Vess, Kevin Nowlan, Marc Hempel o Graig Russell (en ese aspecto, quizá el mejor arco narrativo/álbum recopilatorio sea Las benévolas, donde la interacción texto-dibujos sí que está lograda).

El personaje de Morfeo sigue pareciéndome un pobre hombre, lo siento. No puedo todavía quitarme de la cabeza la historia aquella en que deja morir a su hijo Orfeo y vemos un primerísimo plano de sus botas: los correajes, la estética post-punkie, pura zapatería del Soho. Ahí se lució el dibujante. Uno no se imagina al señor de los sueños yendo de compras en plan heavy metal... cosas mías. Lo mismo con el personaje de Muerte. Sorry, si no insistieran una y otra vez en que es quien es, me sigue pareciendo gratuito, no se diferenciaría demasiado de Alicia Masters o de cualquier coprotagonista de Sensación de vivir... Otra vez cosas mías.

Gaiman destaca entre la mediocridad del tebeo actual porque sus fuentes no están en los tebeos. Gaiman bebe directamente de la literatura inglesa, de las fábulas inglesas, de las nursery rhymes inglesas... Por eso choca tanto ver en el velatorio de Morfeo a Supermán y Batman. Porque nunca nos hemos llegado a creer que todo lo que nos cuenta sea un cómic, y que además está ligado al sosísimo universo DC. Más cosas mías, me temo.

Esa relación amor/odio hacia título y autor (no se preocupen, me pasa con otra gente, Perez-Reverte, sin ir más lejos) se torna enormemente positiva con los hallazgos narrativos: los niños fantasma-detective me parecen lo mejor que he visto en mucho mucho tiempo. Quizá lo plagie algún día. El concepto es demasiado bueno para dejarlo arrinconado.

Pero donde Gaiman me tiene rendido a sus pies, donde me quito el sombrero, donde me sorprende, y me fascina (y me fastidia), es en el último número de su serie, La tempestad. La muerte de Sandman me había parecido colosal. El velatorio una especie de auto-homenaje que sobraba un poco. Retomar a estas alturas el encuentro entre Shakespeare y Morfeo.. era peligroso, podía estar de sobra. Y quizás, en cuanto a la evolución de la serie, ya que el personaje central estaba "muerto", podía haber cierta dificultad.

Y sin embargo el tebeo me parece el mejor de la serie. El mejor que he leído en años (junto con toda la obra de madurez de ese genio que es Will Eisner, por cierto).

Uno se acerca al esperado reencuentro entre Shakespeare y Morfeo con la mosca detrás de la oreja. La vanidad propia me hace pensar que, por vanidad, el propio Gaiman se está equiparando con el Bardo Inmortal, lo que me parece ya de entrada un poco pedante por su parte. Pero es que los genios somos así.

Esa magnífica despedida retrata, como no he visto en ninguna otra parte (y ahora hablo no como lector de cómics, sino como novelista, como individuo que mal o bien se expresa desde los entresijos de una trama que supone ajena), esa magnífica despedida retrata como nadie lo que es el arte de crear.

El cómic vive de la síntesis. Hay que expresar de forma telegráfica conceptos que en un libro podrías desarrollar en páginas y más páginas. Y aquí, en las pocas líneas de diálogo de Will Shakespeare, Gaiman logra resumir todo aquello que un escritor siente, todo aquello que en ocasiones un escritor es incapaz de explicar.

Un autor al borde de la muerte, a punto del mutis final, se pregunta por su obra, por el sentido de su vida. Ni siquiera otro gran dramaturgo como Ben Johnson es capaz de comprenderle. ¿Qué es lo que has hecho?, le pregunta, convencido además de que el futuro olvidará... mientras le insta a que continúe escribiendo obras de teatro. La dicotomía entre arte y vida, entre economía e inspiración, entre genio e ingenio, estómago y cerebro, pasión y razón. Las hijas de Shakespeare no saben leer, una de ellas se deja seducir por un campesino lujurioso que está a años-luz de la cultura de su padre. Su esposa duerme en otra cama, sin comprender tampoco a su esposo.

Y en la soledad de la noche, en el encuentro con Sandman, Will Shakespeare abre su corazón y a través de su boca Neil Gaiman expresa todo aquello que todos los escritores del mundo sienten: "No veo arte, sólo artificio". Y más tarde se confiesa parte de todos sus personajes. Un emocionado recuerdo a su hijo Hamnet y por fin la gran confesión: "Pasara lo que pasara en mi vida, me sucedió como dramaturgo. Me enamoraba, o sentía lujuria, y en la cúspide de la pasión, pensaba: 'Así es como se siente', y lo expresaba en hermosas palabras. Veía mi vida como si le sucediera a otra persona. Mi hijo murió, y me dolió, pero estudié mi dolor e incluso me sentí un poco aliviado, porque podía escribir sobre una muerte real, una pérdida verdadera (...) Mientras lloraba, algo en mi interior sonreía. Pues sabía que podía coger mi corazón roto y colocarlo en el escenario de El Globo, y hacer que el público llorara con lágrimas propias".

Y en el epílogo, un William Shakespare a punto de morir, culminando su propia obra, abandonado por Sandman a su única capacidad creadora y mediocre, sabiendo que ya no puede dar más, que ya no tiene nada más que dar, culmina su última obra, pone remate a su despedida. Como el propio Gaiman con su serie estrella.

Hay que ser un gran escritor para expresar ese enorme desconsuelo, esa validísima reflexión desde un tebeo. No me equivoco, pues. Neil Gaiman es un gran autor. Y quizá, a fin de cuentas, yo esté metiendo la pata y Sandman sea, después de todo, un gran tebeo.

Boletín de informaciónSUSCRÍBASE A NUESTRO BOLETÍN

NOVEDADES EN LA PÁGINA
El señor Mee de Andrew Crumey
Grupo abeliano de Cid Cabido
El técnico de sonido de Marcel Beyer
Dioses menores de Terry Pratchett
Baudolino de Umberto Eco
Estrella doble de Robert Heinlein
Drácula desencadenado de Brian W. Aldiss
La estación de la calle Perdido de China Miéville

PRINCIPAL | RESEÑAS | RECOMENDADOS | ARTÍCULOS | COLUMNAS | REVISTAS | ENTREVISTAS