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D I A   N O G A
Watchmen: el círculo que no se cierra
9/8/2000

por Rafael Marín

Watchmen

Quienes nos negamos a aceptar que el cómic sea únicamente (y quizá ya por poco tiempo, ay) un vehículo masturbatorio para adolescentes marginados, simple sucesión de chascarrillos infantiles sin más complicaciones o socorrido regalo in extremis para cumpleaños y primeras comuniones al uso, siempre recurrimos a dos o tres obras cumbres, verdaderamente adultas, que demuestran que el tebeo es un medio narrativo poderoso que nada tiene que envidiar al cine o incluso a la literatura y, de rebote, que quienes los leemos y amamos no somos tontos.

Príncipe Valiente, Terry y los piratas, Little Nemo in Slumberland, Maus, Shang Chi Master of Kung Fu, Mafalda, Astérix o Calvin y Hobbes son algunas de esas obras. Y el título que ahora nos ocupa, Watchmen, es por derecho indiscutible una de ellas, quizá la penúltima obra adulta del cómic (siendo la última From Hell, de la que hablaremos en otra ocasión), un punto de inflexión que podría haber preludiado grandes cosas... y que sin embargo significó el final de una era.

A principios de los años ochenta, el cómic de superhéroes americano parecía haberse ido aliando, poco a poco y quizá contra su voluntad, con el cómic de autor. Dibujantes y guionistas como John Byrne, Chris Claremont, Walter Simonson o Frank Miller habían sometido a un paulatino progreso adultizante a los enmascarados personajes de Marvel o DC Comics. Desde Inglaterra, Alan Moore, un autor semiunderground, se había hecho con las riendas de la semiterrorífica Cosa del Pantano (Swamp Thing) sumergiendo al personaje (y a la editorial toda) en un ambiente pesadillesco donde la carga literaria y los temas macabros no aconsejaban la lectura a mentes aprensivas. Poco después, auxiliado por ese eficacísimo artesano que es el dibujante Dave Gibbons, Moore entregaría Watchmen, una sabia y despiadada última vuelta de tuerca sobre el tema superheroico, doce tebeos imprescindibles en cualquier biblioteca de nuestro tiempo (y adviértase que escribo "biblioteca" y no "tebeoteca"), una obra maestra que supone, quizá, la primera vez que una miniserie de cómics se ejecuta con la precisión, el ritmo narrativo y la rigurosidad de una novela auténtica.

El mundo tal como sería (quizás) si los superhombres enmascarados existieran, una ucronía donde Nixon es presidente vitalicio, donde los americanos vencieron en Viet Nam, donde no existen los tebeos de superhéroes y sí los de piratas, donde un loco mesiánico fabula un plan terrible para acabar con todas las guerras y, de paso, instaurar una dictadura benéfica de la que obtendrá pingües beneficios. Unos personajes trazados con la precisión de un relojero, iconos ya inolvidables, símbolos de los años ochenta y quizá de nuestro tiempo: El cínico Comediante, vigilante fascista vendido al sistema; el enloquecido Rorschard, no menos fascita pero íntegro al menos; el divino y cuasi-alienígena Doctor Manhattan; el calzonazos impotente Búho Nocturno (en inglés, Nite Owl significa también "noctámbulo"); la groupie definitiva, Ángel de Charlie de un solo hombre múltiple, Laurie; y el rey Midas con un sueño no menos desquiciado, el hombre perfecto y quizá por eso tan ajeno a la humanidad, Ozymandias. Y un plantel de secundarios, supervillanos venidos a menos y gente de la calle venida a mucho más, en una obra redonda, milimétrica, simétrica, que con el paso del tiempo ha conseguido ser referente de sí misma, superados desde las primeras páginas del primer comic-book el referente a los caducos personajes de la Charlton Comics en los que se inspiraban.

Watchmen, con su ácida crítica al poder, al medio y a los medios, pareció ser un punto de partida, ya lo he dicho antes. La rigurosa narración, la fuerza de la prosa y de la trama, la entrega total del dibujante a una historia que engancha y no suelta (y que gana con cada relectura), parecían preludiar un universo de nuevas posibilidades, alamedas narrativas que transitar descubriendo árboles nuevos. No fue así. Después de éste su punto culminante, el cómic de superhéroes (quizá el cómic todo como género) vino a replegarse en sí mismo. Quienes pretendieron seguir la estela de Moore se quedaron, estrechos de miras, en lo externo: la fascistización del superhombre, la violencia per se, lo grim and gritty, sin advertir la durísima crítica que Moore estaba haciendo, ilusos incapaces de ver reflejadas sus neuras en el espejo.

Después de Watchmen, el chiringuito se cerró. El propio Moore seguiría adelante en esa línea con la colosal, hiperbólica y aún más terrorífica From Hell, mientras el mundo (los mundos) de los superhéroes se dedicaban a explotar las hazañas de Rambos de muchas ametralladoras y bíceps hipertrofiados, mujeres de pechos imposibles y poses sinuosas sin contenido detrás. Cómo estarán las cosas que el propio Alan Moore, en su nueva línea editorial ABC Comics ha tenido que reinventar ahora el género con sus series Tom Strong, Promethea, La Liga de los Extraordinarios Caballeros, Top Ten y Tomorrow Stories. Pero de eso ya hablaremos en otro momento.

La carísima y lujosa reedición que ahora presenta Norma Editorial (una casa "seria" que en el momento álgido de los superhombres parecía hacer ascos al género y que ahora los recupera) invita a la reflexión, al goce, quizá al descubrimiento de un clásico de nuestro tiempo. Watchmen es una obra que perdurará en el recuerdo, por mérito propio, con su carga crítica y su mensaje desesperanzado, porque los hombres y no los superhombres somos de esa forma.

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