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D I A   N O G A
Tarzán: manganis en la niebla
30/8/2000

por Rafael Marín

Tarzan de DisneyDisney ha tenido que esperar a que los derechos de Tarzán prescribieran para hacer su versión de dibujos animados de quien es, posiblemente, uno de los personajes de ficción más famosos de la cultura popular del siglo XX. Convenientemente cribado de los elementos más dramáticos de la historia del salvaje piel blanca criado entre los monos, infantilizado en buena medida (aunque no, por fortuna, demasiado idiotizado), la versión que se nos presenta ahora en video y DVD tras su paso por las pantallas cinematográficas, quizá la última del siglo, traiciona y a la vez es fiel en muchos aspectos a la obra original de Edgar Rice Burroughs... como todas las veces que el personaje ha sido llevado a la pantalla, por otro lado, desde las películas mudas de Elmo Lincoln (a quien este Tarzán animado recuerda en su físico), hasta la sobrevalorada -y en ocasiones aburrida- Greystoke.

Dos son las influencias plásticas que se rastrean principalmente en la estética de esta película. Por un lado, la selva barroca de lianas retorcidas y árboles engarrotados del dibujante de comics Burne Hogarth (cuya novela gráfica Tarzan of the Apes parece haber estado delante de los tableros de dibujo de los artistas de Disney, pues el número de préstamos es abundante). Por otro, la luz y las tinieblas del ilustrador Frank Frazetta, a quien parece hacerse referencia en el hermoso cartel de la película, y que ya se encargó de las portadas de buena parte de los libros del personaje en los años sesenta.

Cambiando las sabanas falsamente plácidas de El rey león por una jungla imaginaria con cataratas interminables y árboles exuberantes (es decir, retratando la jungla de Burroughs como todos la imaginábamos pero sólo algunos cómics habían retratado), la película abre con un puñado de secuencias que tienen más historia comprimida que la anécdota mínima a la que el film se reduce luego: el naufragio de los padres de Tarzán (obviado el motín de la novela original), su llegada a la selva, el montaje en paralelo con Kala y la pérdida de su cría, el hallazgo de los cadáveres en la casa del árbol... todo está resuelto con un ritmo vertiginoso con abundantes pinceladas poéticas, con elipsis magistrales, saltando metafóricamente de la liana de una escena a la siguiente al compás de la agradable banda sonora de Phil Collins. Se cuenta más, ya digo, en esos primeros minutos de proyección que en lo que debiera ser el nudo de la historia. La película muestra el problema existencialista de Tarzán con brevísimas trazos, sin renunciar a algunos momentos recurrentes de la casa: la estampida de los elefantes, los animales graciosillos o el malo muy malo con propensión a disparar primero y enfrentarse al héroe en las alturas (y si además lo dobla el mismo actor que doblaba a Gastón en La bella y la bestia, la cosa empieza a parecer monotemática, oigan). Disney sigue queriendo nadar entre dos aguas, sin atreverse a dar el salto y hacer una película sin el lastre infantilizante, partida que ya le ganara por la mano Dreamworks al adaptar una historia muchísimo más compleja y completa con El príncipe de Egipto.

Y es una lástima, porque sólo cuando es fiel a la letra de ERB la película muestra su bello tono poético: el Tarzán niño que se cubre el rostro de barro para no ser un marginado de la tribu; la escena de amor con la madre simia que se repite luego, entre bromas y veras, en su encuentro con Jane; el descubrimiento de sus manos distintas y la comparación con las manos de Kala y de la muchacha más tarde, incluso el inevitable "Yo Tarzán, tú Jane" están resueltos con gracia. Si el Tarzán literario aprende a hablar y a reconocerse como hombre por medio de los libros, este nuevo Tarzán cinematográfico lo hará, adecuadamente, a través de la proyección de diapositivas y zoetropos. Bellísimo es el reencuentro del joven salvaje con la casa donde sus padres han muerto, pero la película se pierde en un argumento inexistente, donde el cazador Clayton (a quien nunca se identifica como primo de Tarzán) y un grupo de piratas engañan de manera más bien tonta al hombre-mono y a Jane Porter y a su despistado padre por conseguir una partida de gorilas para los zoos de Londres (aunque esto último sólo llegue a insinuarse, claro). Que el elefante Tantor y la simia Terk (la película es demasiado infantil para ahondar en la idea de que está enamorada de su "primo" Tarzán) tengan que subir a bordo del barco para liberar a los humanos es un enorme lastre, y además estúpido, en el desarrollo de la trama.

Tampoco queda demasiado claro (al menos mis críos no lo entendieron, igual que mi mujer no entendió cómo demonios aprende Tarzán a hacerse el nudo de la corbata) que los simios hablan en un idioma y los humanos en otro. El mismo amor imposible entre Pocahontas y John Smith parece repetirse aquí, e incluso Jane casi hace un chiste al respecto, cuando el barco está a punto de zarpar separando a los enamorados. Al final, siguiendo esa moda de lo políticamente correcto que muestra una África sin negros salvajes, Jane se aclimata a vivir entre los gorilas en la niebla... y para que la cosa quede bendecida como Dios manda, también el profesor despistado se convierte en un abuelete con taparrabos.

No hay canciones molestas por parte de Tarzán o de los bichos, aunque los destrozos de los gorilas entre los cachivaches de la expedición (donde vemos una tetera que hace jugosa referencia a la señora Potts) remitan inevitablemente al Rey Louie de El Libro de la Selva. Los animalitos graciosos, salvo en la mencionada escena final, no son demasiado incordiantes, y aunque una versión más fiel a la novela nos habría mostrado la lacrimógena escena de la muerte de Kala (a manos de un nativo o de quien fuera), está claro que Disney ya ha rodado esa escena en otros filmes. Eso que salimos ganando.

Moviéndose casi como Spider-Man entre las lianas, resbalando por los troncos de los árboles como si fuera un skater moderno (pero descalzo, ay), este Tarzán salta, se gira, hace piruetas y casi vuela, en una sucesión de acrobacias impresionantes, siempre bellas. Lástima que los grandes simios que siempre han sido su tribu, los mangani, hayan sido sustituidos sin más por simples gorilas, cuando todos los seguidores del personaje sabemos que se trata de una raza perdida de simios, y que los gorilas son sus enemigos jurados. Disney tampoco ha tenido problemas en barrer para dentro: el leopardo en la mitología que Burroughs parafraseara de Kipling se llama en las novelas y cómics Sheetah. Quizá para no confundir con la mona de infausto recuerdo de las películas perpetradas por Johnny Weissmuller, aquí se llama al leopardo Sabor... que como todos sabemos es el nombre de la leona. ¿O es que Disney ha querido proteger a sus leones domesticados antes de reflejar que es una leona quien mata a los padres de Tarzán y en la que el joven piel blanca se desquita? Pueden ustedes pensar lo que quieran.

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