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Rafael Marín

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D I A   N O G A
From Hell: El infierno somos todos
25/9/2000

por Rafael Marín

From HellPocos son los guionistas de comics que han visto reconocida su labor y su aportación en el mundo del tebeo, pues a la inevitable mala reputación del medio, a su falta de reconocimiento y conocimiento en el mundo exterior se suma que la historieta, como medio eminentemente visual que se pretende o se quiere sólo para niños, publicita mucho más la labor gráfica de los dibujantes (muchos de ellos, en abundantes ocasiones, excelentes guionistas y espantosos escritores en otras tantas). A la lista de autores como Stan Lee, Jean-Michel Charlier, René Goscinny o Héctor Germán Oesterheld hay que sumar un nuevo as insuperable, Alan Moore, que cuenta en su haber con media docena de títulos impresionantes: V de Vendetta, Miracleman (originariamente Marvelman, problemas de derechos y presión de las grandes editoriales), La Cosa del Pantano, Watchmen... y From Hell.

Con Watchmen, Moore llevó el medio del comic-book a un terreno que, hasta entonces, casi nadie había tratado, convirtiéndolo en el vehículo ideal para hacer auténticas "novelas gráficas", título que en realidad -en América- implica lo que nosotros conocemos simplemente como álbumes. Watchmen supuso un innovador ejercicio novelístico, mezcla de realidades ajenas al comic pero dentro del comic mismo (la humorada de incluir al dibujante Joe Orlando como uno de los sabios desaparecidos es magistral), una novela que se basaba en las imágenes (¡y qué imágenes!) para conseguir por fin un tono adulto en el manido y maniqueo mundo de los superhéroes.

Tras intentar una nueva novela gráfica de entrega multicapitular, la difícil Big Numbers, que no superó los dos números por problemas de comunicación con el dibujante Bill Sienkiewicz, Moore da un paso adelante y crea la que sea obra maestra del comic de las dos últimas décadas: From Hell, o cómo hacer el Jack el Destripador definitivo, la historieta definitiva, la investigación histórica definitiva, la definitiva mezcla de imágenes y textos, de magias y ciencias, de erudición y elucubración.

Ayudado por el eficacísimo dibujo del escocés afincado en Australia Eddie Campbell, con un estilo duro y feísta pero perfectamente entregado a la narración y a la historia, Moore recrea un fresco inusitado del Londres victoriano y los famosos asesinatos de Whitechapel. Eludiendo cualquier pretensión de hacer un whodunit, Moore se basa en la profusa bibliografía sobre el tema y apunta desde el principio claramente al médico de la corona como causante de los asesinatos... aunque por encima de él, y en unas páginas de durísima repetición pictórica, se apunte más arriba y sea la inefable reina Victoria quien sea acusada como responsable última y definitiva de los asesinatos y de la vida de una época que ha marcado, y todavía marca, nuestra época propia.

Un libro de quinientas páginas, con profusión de notas finales donde Moore se explica y razona, bromea y acusa, despotrica y defiende (y que nos permite entrar, siquiera brevemente, en la mente de un autor que bulle de energía creativa), y que hace imposible pensar que los sucesos que nos cuenta, la viveza de los personajes y sus tristes vidas no fueran en efecto de esa forma. Las cinco prostitutas atemorizadas por las bandas de delincuentes de la zona; el casquivano príncipe Albert, detonante de toda la tragedia; el enloquecido hombre de honor que da rienda suelta a su psicopatía; el contraste de las vidas de los ricos con la misera absoluta de ese Londres que todavía era de niebla y carbón (¡y qué bien lo retrata Eddie Campbell!); las alusiones a judíos, masones y milenaristas de la época; la lentísima y en ocasiones pseudofantástica cadencia de los asesinatos, donde casi se siente el calor de los cuerpos y el hedor de la sangre; la investigación policial con conjuras internas y laberintos que, lo sabemos desde el primer capítulo, no llevarán a ninguna parte...

Y lo más impresionante, lo más absolutamente maravilloso de todo: ¿por qué Moore no escribió, no escribe directamente una novela con todo ese montón de material que sin duda ha ido recopilando desde hace décadas y que le sirve, de rebote, como fondo inspirador para su divertida League of the Extraordinary Gentlemen para ABC?

Porque, pese a lo que parezca, pese a la erudición, pese al trabajo sistemático y concienzudo, From Hell (que toma ese nombre de una de las cartas de Jack el Destripador a la policía, la única carta que Moore y sus predecesores en la investigación consideran auténtica) es un comic, y se basa enormemente en los dibujos, en el lenguaje, en la caligrafía de la imagen y la estética.

Un tebeo, quizá, que no está al alcance de cualquiera. Pero es que Alan Moore no es cualquiera, ni querríamos en ningún momento que lo fuera.

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