| RESEÑAS | ARTÍCULOS | COLUMNAS | REVISTAS | ENTREVISTAS | ||
|
D I A N O G A Cuando las estéticas chocan: cómics, vídeos, dibujos animados en guerra 06/11/2000 por Rafael Marín CREÍAMOS QUE LA aparición del video iba a suponer la muerte del cine o la televisión, y poco sospechábamos que lo que proporcionaría, con el paso de un par de décadas, iba a ser la agonía del cómic. A los muchos factores que, hoy por hoy y ya para siempre, lastran el implante de la "literatura de la imagen" como medio de enganche y atractivo entre los jóvenes (y leer un tebeo no es, en modo alguno, tarea fácil: hay que entender un lenguaje, unos iconos, una forma de contar donde se hace uso de la elipsis y la economía narrativa, decodificando la premura de medios que tiene el género), factores como puedan ser el saqueo poco disimulado que la industria de Hollywood ha hecho sobre los cómics y sus planteamientos de espectacularidad y personajes planos (y no habría que citar sólo las adaptaciones de héroes del cómic a la gran pantalla sino también los muchos personajes cinematográficos que han bebido de los planteamientos de la historieta), la dura competencia de videoconsolas y gameboys, y más tarde discotecas, botellones y drogas de diseño, hay que apuntar (¿acusar?) a fenómenos como la MTV y su revolución estética y la propia ceguera de quienes manejan el cotarro en el mundo del tebeo. La industria del cómic, en América y en España, que le va a remolque (en menor medida en países como Francia e Italia, donde bande dessiné y fumetti parecen tener una fuerte implantación social y cultural, según nos dicen), ha perdido la generación infantil que pueda asegurar, en el futuro, que jóvenes y adultos consideren al tebeo un medio de comunicación interesante. Hoy por hoy, los cómics no se encuentran en cualquier kiosco o cualquier drugstore, sino en el ghetto que en su momento creímos maravilloso de las librerías especializadas: ya se sabe, quien entre aquí abandone toda esperanza. Émulas de las sex-shops, las librerías de cómics suponen la comodidad absoluta para los lectores habituales, pero implican un mundo al margen donde la gente que pasa por la calle no entra a consumir el producto casualmente. El video es la estrella. Desde que a principios de los años ochenta la MTV promociona un tipo de televisión eminentemente visual, sin contenidos temáticos, con una estética agresiva y sexualmente precoz y procaz, el mundo de los medios ha cambiado. La influencia de los clips musicales y el veloz montaje de escenas se deja notar en el cine (¿cuánto tiempo hace que no vemos un plano secuencia, un traveling pausado, vencidos por el raudo alternar de planos cada diez segundos, cuánto?), y la estética de planos gigantescos, modelos esculturales y jóvenes neo-hippies o grunge tatuados, con camisetas fardonas, flequillos entre los ojos, piercings y demás quincalla del momento (y aquí no puedo sino recordar Oveja mansa de la gran Connie Willis) acabó por desplazar en el mundo del tebeo a los émulos de Rambo, o al menos se alió con ellos y con el empuje fugaz de los manga: baste citar bodrios como Gen-13 y demás adolescentes modernos-pero-con-actitud. Las ventas de los tebeos han ido en picado desde que se descubrió que vender cinco millones de ejemplares de un número 1 (como pasó con Spider-Man o X-Men cuando fueron brevemente canibalizados por autores como Todd McFarlane o Jim Lee) no implica que esos números 1 se conviertan en objeto de coleccionismo y de culto, sino, por sobreexposición, todo lo contrario: hoy, vender en los USA cuarenta mil ejemplares de un tebeo es un éxito. Y para colmo de males, rodeados en su estulticia, las editoriales (y ya hablaremos de eso en algún futuro artículo) se repliegan a sus cuarteles de invierno, imponiendo unas normas narrativas que no pueden salirse de los límites de lo "políticamente correcto" y que implican, casi, que cada mes se publique el mismo tebeo que el mes previo. Mientras, el monopolio de la imagen la tiene MTV, ya digo. Y el contrasentido, o la ironía, de que la experimentación, la trasgresión, la novedad se sigan dando en el mundo de videoclips, la publicidad... o los dibujos animados. Hoy por hoy, los videos musicales, a la baja ya desde que Michael Jackson y su Thriller los elevaran a la categoría de arte, han perdido ya buena parte de su factor experimentador de nuevas tecnologías y experimentos visuales, pero de vez en cuando todavía surge alguna sorpresa agradable. La propia MTV, en la publicidad de su cadena, muestra agresivas imágenes burlescas de familias de tarados palurdos a quienes hay que golpear para marcarles en los glúteos las siglas MTV, rompiendo tabúes y propiciando un divertido y descarado movimiento de reacción contra la reacción. Y, en el mundo del dibujo animado, los insufribles Beavis & Butthead de la cadena han enganchado con una o dos generaciones de niños haciendo que lo grosero, lo desaforado, lo burlesco y zafio (y, por qué no, lo divertido) se conviertan en su enseña. El cómic sigue autocensurándose, pensando que es un producto para críos a quienes hay que tratar con guantes de seda, y mientras tanto el dibujo animado se convierte en la estrella indiscutible de finales de los años noventa y, lo veremos, de las primeras décadas del siglo veintiuno. Series transgresoras como Los Simpson o Futurama, o la durísima South Park, son buena prueba de ello. En la cadena Cartoon Network, menos ácida y en teoría más dedicada a los niños, series como Vaca y Pollo, Johnny Bravo, El laboratorio de Dexter, Agallas el perro cobarde, Marca M para llamar al mono son productos experimentadores, trasgresores, llenos de ideas y mala uva, que torean con lo políticamente incorrecto y, además, tienen estéticas innovadoras y absolutamente personales. El video, la revolución ética y estética que ha impuesto en los medios audiovisuales, no mató entonces a la estrella de radio, sino que le ha hecho mucha pupa al simple, humilde tebeo. Una anécdota: la mejor historieta corta premiada este año en la Convención de San Diego, Letitia Lerner: Superbaby´s Babysitter, de Kyle Baker, sufrió las censuras y las iras de la editorial DC, y en España se ha publicado en un fanzine, U el hijo de Urich. A lo que parece, ese divertido encuentro entre una adolescente cuidaniños y un bebé llamado Clark Kent que se sube a las lámparas, bebe directamente la leche de la ubre de la vaca que levanta en vilo y hace pasar las mil y una a la pobre chica es, claro, políticamente incorrecto y podría llevar a los lectores a intentar algo parecido. ¿Es de extrañar que termine esta crónica comentando que la estética de Baker en esa historieta remite clarísimamente a los dibujos animados del momento? © Rafael Marín 2000 |
|
| PRINCIPAL | RESEÑAS | RECOMENDADOS | ARTÍCULOS | COLUMNAS | REVISTAS | ENTREVISTAS |