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Rafael Marín

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Todas las columnas de Dia Noga

D I A   N O G A
A la recherché de la bedé perdú
21/11/2000

por Rafael Marín

O como demontres se escriba. Verán, uno viene de una tradición mayormente angloparlante, a pesar de que los grandes tebeos que configuraron mi infancia, Víctor Mora aparte, procedieran de Pilote. Luego, superhéroes enmascarados y cine de vaqueros, series de televisión de ciencia ficción made in America, sagas galácticas de maravillosos efectos especiales y cierta facilidad para el idioma de Chesterton me marcaron para toda la vida.

Hijo de la autarquía y de los planes de desarrollo del plan Marshall, sin duda preferí, como casi todos, las Californian girls a las petit jeune filles de las playas de la Costa Azul (sin despreciar en ningún momento a las garotas de Ipanema). O lo que viene a ser lo mismo: por estulticia propia y por imperativo comercial ajeno, di de lado a la civilización que empieza en los Pirineos (enemigos seculares desde lo de Roncesvalles, sí) y preferí perderme en las nieblas más allá del Canal de la Mancha o cabalgar como centauro del desierto por el Monument Valley. No es que no quisiera explorar los campanarios de Notre Dame o vivir como Eric en los sótanos del Palacio de la Ópera: es que nadie se preocupó tampoco de venderme un vuelo en Halcón Viajes para que experimentara por mi cuenta.

Como yo, me temo, toda una generación de españolitos amantes de los cómics. Pasamos sin transición (bueno, con ella) de la censura al despelote, del Mortadelo a Métal Hurlant. Y así nos fue: sufrimos un empacho de colores satinados y de historias sin historia, bellas muchachas desnudas y bichos alados que no decían palabra, nos tragamos por igual lo sublime y lo ridículo, hasta nos creímos que de verdad el cómic era arte y bien que se acercaban a nosotros los intelectuales y esnobs que de toda la vida antes (y de toda la vida más tarde) nos miraron por encima del hombro.

Nos creímos que esto era jauja. A las paridas francesas (la batalla de la época, la línea clara) se sumaron las paridas españolas. "Esto lo hago yo, y sin manos, señora". Y reducimos al tebeo a chorraditas de ocho páginas donde los billetes se perdían y las colecciones aumentaban sin que, en realidad, nos estuviéramos enterando de que se contaba algo... porque no se contaba nada.

Luego, por sobreexposición, porque el cántaro va tanto a la fuente que al final la fuente se seca y el cántaro se queda mohoso, todo ese concepto del tebeo se perdió. Los precios más baratos y la cantidad de lectura ingente que proporcionaban los comic-books americanos (que unos pocos no habíamos dejado de leer, a pesar de que nos cayeran gorrazos desde el otro lado de la barricada) se llevaron el gato al agua. Durante diez años al menos. Después, los amigos del sol naciente pondrían su pica en Flandes, aprovechando cierta carajotez nacionalista (todavía hay quien piensa que Bola de Drac es cultura catalana, oigan), dejándolo todo manga por hombro.

Pero el cómic francobelga sigue vivo. No es que no exista: es que nosotros nos hemos quedado ciegos. Sigue vivo y goza de una buena salud envidabilísima.

Quienes rescataron para nosotros toda la producción al otro lado de los Pirineos que nos habíamos perdido en la dictadura franquista se dejaron llevar por la estética, por los dibujitos monos y las chicas en desabillé (aunque nadie recuperó, oh, misterio, a Barbarella), obviando los hallazgos y el buen hacer que la generación inmediatamente anterior había conseguido, basándose principalmente en los guiones acertados y en el rigor narrativo. Series como Buck Danny, Comanche, Tanguy et Laverdure, Bruno Brazil, Bob Morane, Luc Orient, Achilles Talon, Les Peaux-Rouges, Corentin, Ric Hochet, Le Demons des Caraibes, Jerry Spring o Bernard Prince (por nombrar solamente unos cuantos favoritos propios) han sido publicadas en cantidad insuficiente o, en algún caso, permanecen inéditas en este país de nuestras declaraciones a Hacienda.

Cierto que la nueva hornada de títulos francobelgas (XIII, Pin-Up, Valèrian, Thorgal, Largo Winch, Rapaces, o el incombustible Blueberry) sí llega más o menos bien, en ediciones bastante dignas que, no obstante, palidecen ante la versión original (¡ah, disfrutar de Thorgal en tapa dura!), pero nos siguen quedando treinta o cuarenta años de desfase, todo un universo narrativo que recuperar.

Vengo de Nantes, donde el festival Utopía de ciencia ficción (en sus tres modalidades, literaria, cinematográfica y de BD) ha sacudido profundamente mis convicciones y esperanzas como novelista, aspirante a guionista de tebeos y mero crítico. El norte también existe, y da la casualidad de que está ahí al ladito. Los tebeos han conseguido una respetabilidad que aquí jamás conseguirán. Una generación fiel de lectores (los de Pilote, por ejemplo) continuó en el tiempo con los experimentos de Métal Hurlant, y ambas formas de ver el tebeo se reproducen hoy con toda una nueva escudería de autores. La presentación impecables de los álbumes, la diversidad temática de sus personajes y argumentos (cuando aquí, ay, no salimos de los superhéroes aunque estos vivan sus horas más bajas), los muchísimos logros estéticos a veces contrapuestos y la poderosa industria autóctona francesa (que hace un hueco a los tebeos americanos y japoneses pero no barre las estanterías para dejarles todo el sitio) son, ya digo, de ciencia ficción. Me da la impresión de que los tiempos del "todo vale", de las historias tontas de ocho páginas y señoras en bolas han quedado definitivamente atrás. Después de la experimentación viene la aplicación práctica.

En el momento en que escribo esta reseña, el libro más vendido en Francia no es Sabor a hiel ni zarandajas por el estilo. Es Largo Winch en su última entrega (aquí inexplicablemente inédita aún: nos faltan dos álbumes). Cuando ustedes lo lean, será el decimocuarto episodio de XIII, donde se inicia un nuevo arco argumental que nos revelará al fin (o no) la identidad del misterioso amnésico (yo que George Clooney me reservaba pero que ya los derechos cinematográficos).

Aquí, mientras tanto, la tirada máxima de un tebeo son tres mil ejemplares, y apenas hay diferencia entre un fanzine multicopiado y la más importante y cara de las empresas editoras.

Lo verde empieza en los Pirineos, nos lo decía Alfredo Landa. El paraíso, otra vez, está aquí cerca.

No sé ustedes, pero yo pienso ponerme al día en todo eso que jamás va a publicarse en castellano. Ya he empezado a estudiar francés. A ver, ¿cómo se dice my taylor is rich en franchute?

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