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Rafael Marín

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D I A   N O G A
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por Rafael Marín

El reciente rumor (aún no materializado formalmente) de que el prestigioso guionista y creador televisivo J. M. Stracysnki (o como se escriba, ¿está por aquí Javier Redal?) se encargará (¿encargaría?) de guionizar los comic-books de Spider-Man, visto lo que está cayendo en ese título de Marvel desde hace unos cuantos añitos, me lleva a hacer una reflexión en letra alta sobre la actual situación de un personaje que fue, lo he dicho y escrito en más de una ocasión, el héroe que fuimos todos nosotros, en un tiempo en que el mundo era más complicado que ahora (en tanto que admitíamos que existían sombras y luces) y los personajes más tridimensionales, más cercanos al mundo en el que creíamos vivir, más humanos incluso, más palpables.

Cuando Stan Lee y Steve Ditko crean al personaje, a principios de los años sesenta, lo hacen cargando las tintas en los elementos melodramáticos escapados del culebrón de segunda fila. Un empollón aislado del resto de los compañeros, con gafas de pseudo-intelectual (aunque, ay, pocas veces hayamos visto a Peter Parker leer un libro desde entonces), posiblemente lleno de complejos y hasta dudas sobre su identidad sexual (y es sintomático que un one-shot de los años ochenta destinado a alarmar a los niños sobre los abusos sexuales mostrara una historia -ahora mismo no aceptada, naturalmente- donde Peter reconocería haber sufrido tocamientos por parte de su baby-sitter, un chico sospechosamente en la línea de Flash Thomson), condenado a vivir con una pareja de ancianos tíos (lastre estúpido que hermana a Peter con los sobrinos del Pato Donald, mirad por dónde). Aunque en ningún momento se dan pistas sobre una posible religión del personaje (esas cosas ni se plantean en los cómics, oiga), no sería extraño imaginar a Peter y sus tíos como judíos que intentan por todos los medios integrarse en una sociedad cristiana: recordemos que Jack Kirby y el propio Stanley Lieber-Stan Lee profesan/profesaron esa religión: igual que Hollywood, la industria del cómic ha sido durante muchos años una inversión judía: El propio Superman, se ha dicho en otras partes, es el epítome del joven israelí que intenta camuflarse en una sociedad anglosajona, blanca y protestante.

El azaroso y hoy increíble accidente con la araña radiactiva de marras serviría para aupar al marginado empollón a la lista de los superhéroes que empezaban a poblar Nueva York y a hacer volar los sueños de todos los adolescentes del mundo. Pero, en un detalle muy moderno que hoy se olvida en los héroes que se crean o se remedan, la adquisición de la fuerza, la velocidad y el vigor de una araña no conseguirían integrarlo en el mundo que lo rodea: ni como humilde estudiante ni como parlanchín superhéroe.

Y esa fue, durante más de treinta años, la clave del éxito del personaje. Por eso se producía el efecto identificador que lo convertiría en el icono de Marvel Comics hasta la llegada del filón mutante (o sea, la puesta al día del mismo angst adolescente). Peter Parker era un don nadie, un perfecto calzonazos, un empollón que distaba mucho de tenerlo todo, porque la sociedad en la que vivía (o sea, la nuestra) ya entonces potenciaba más los subproductos aberrantes salidos del Gran Hermano (o sea, Flash Thomson) o del glamour marbellí (o sea, Harry Osborn) por encima de la honradez, la firmeza, la delicadeza, la sinceridad y la entrega que pudieran ser las características tanto de Peter como de Spider-Man. A Peter Parker se le daban fatal las chicas, los compañeros de curso lo vilipendiaban, el jefe del periódico para el que hacía jugosas (e inverosímiles) horas extras lo despreciaba, y para colmo de males no le llegaba el subsidio de su tía ni a primeros de mes, circunstancia que se agravaba con una mala salud de hierro de la susodicha Tía May que ni Liz Taylor.

El soap opera se complicaba sabiamente porque, pese a su heroísmo desinteresado ("Un gran poder exige una gran responsabilidad"), la sociedad temía y odiaba y despreciaba también a Spider-Man. Y la serie mostraría exactamente eso, el precario equilibrio entre dos identidades que se complementaban en lo bueno y en lo malo. Spider-Man es la historia de un perdedor que tiene dos vidas y suele tragarse un enorme marrón en ambas.

Quizá era inevitable que la vida de superhéroe acabara por influir en la vida anónima del estudiante inadaptado. Ya hubo, desde el principio, tiras y aflojas donde el desenmascaramiento del personaje, lo sabíamos, llevaría a una situación sin vuelta atrás (aunque se consiguiera, por los pelos, en más de una ocasión). La primera novia de Peter, la insufrible Betty Brant, acusaría a Spider-Man de la muerte de su hermano, un aspirante a hampón del tres al cuarto, situación que se convertiría luego en pesadilla recurrente de la serie. Gwen Stacy no se quedaría atrás cuando su padre encontró la muerte al intentar salvar a un niño de los efectos de una batalla entre el Hombre Araña y el Doctor Octopus. La sociedad misma, encabezada por J.J. Jameson acusaría después a Spider-Man de las muertes de la propia Gwen y de Norman Osborn, el Duende Verde que había sido hasta entonces el único enemigo del trepamuros que conocía su identidad secreta (situación imposible alargada durante años gracias a unas poco creíbles crisis de amnesia). El hijo de Osborn, el indolente Harry, tampoco se quedaría atrás, y acusaría a Spider-Man de la muerte de su progenitor... sólo que, conociendo el secreto de Parker, y acicateado por los celos, adoptaría a su vez el ridículo disfraz del Duende Verde y haría la vida un poco más incómoda para su compañero de habitación y su arácnido alterego. Para rizar aún más el rizo, el Doctor Octopus llevaría a la inmortal Tía May al borde mismo del altar, y hasta el Buitre sería uno de los inquilinos de ésta cuando la casa familiar fuera reconvertida en asilo de ancianos.

La separación entre vida civil y vida superheroica, ya lo estamos viendo, nunca fue del todo clara. Pero en el equilibrio imposible entre una y otra estaba gran parte del atractivo del personaje.

El principio del fin quizá vino cuando decidieron que ya era hora de casarlo con Mary Jane Watson, la insulsa pelirroja que, según nos contaron, había sabido desde el principio que Peter era Spider-Man (aunque cueste creer cómo una cabeza loca como ella fue capaz de mantener el secreto en unos años sesenta-setenta donde entre discotecas y representaciones de Hair sin duda que se colocó más que la novia de Forrest Gump). Ese fue un primer movimiento en falso, en tanto que los superhéroes no están hechos para el matrimonio, porque la situación adolescente de su doble vida queda en un absoluto desequilibrio que supone una suspensión de la credibilidad demasiado grande, y si la cosa se complica con la llegada de los hijos, todo el juego se hace insostenible: ya volveremos al tema de los hijos de los superhéroes en algún futuro artículo. Para colmo de males, sin darse cuenta de que al casar a Peter se le alejaba de sus lectores naturales, los adolescentes, ninguno de los equipos creativos que llevaron las riendas de las historias desde entonces fue capaz de mostrar la relación de un matrimonio joven que fuera creíble: quizás eran solteros, quizás las presiones editoriales en ese aspecto fueran demasiado fuertes, quizás no supieran ya entonces adónde llevar ese matrimonio inverosímil, por mucho que se intentara que Mary Jane no cayera en el síndrome de la esposa del policía. El intento de dotar a la pareja de una hija hundió ya en la miseria más absoluta cualquier intento de credibilidad que hubiera podido pretenderse: el reflejo de la vida diaria y la crónica contemporánea que la serie había sido en los sesenta-setenta salta ya definitivamente por la borda cuando la hija es raptada por el malo de turno (un redivivo Norman Osborn sacado de la manga veinticinco años después de desaparecer del título) y acaba por ser finalmente considerada muerta a todos los efectos, en el reconocimiento más vergonzante de que nadie sabía qué hacer con un Spider-Man padre de familia.

El intento de matar a tía May, que ya le tocaba, se vino abajo cuando también ella resucitó, con la blanda excusa de que nunca había muerto (historia ya contada con anterioridad en el número 200 americano y de la que no quiso acordarse nadie), forzando ya la incredibilidad no sólo en la vida superheroica, sino en la cotidiana. Y el intento de devolver a la continuidad a los padres de Peter Parker (recuperando y ampliando uno de los mayores errores de Stan Lee como guionista, pues negando que Peter era un don nadie se atrevió en un anual a dotarlo de unos padres agentes secretos de Shield, toma castaña) acabaría por romper ya del todo la frágil línea que separaba las dos vidas del personaje.

La identidad secreta casi pasaría a ser de dominio común, dada la cantidad de enemigos que hoy día saben quién es en realidad el Hombre Araña. Un intento de atraer de nuevo al personaje a los gustos de los descerebrados que hoy leen tebeos forzó el regreso de un clon salido de una historia casi olvidada y que ocuparía la línea argumental de los diversos títulos del personaje durante dos años largos, y en un intento de hacer un Spider-Man más frío y arrogante, más de los tiempos que corren, más duro, se sacaron de la manga que el Spider-Man de los últimos años no era tal, sino el clon, y por tanto se procedió a reemplazar a uno por otro: sin duda, por el deseo de atraer a ese público que prefería a los fascistas con ametralladora y también para eliminar de la continuidad el matrimonio con Mary Jane, que no iba a ninguna parte. Por suerte, la reacción de los fans históricos del personaje (circunstancia que pareció coger desprevenida a la propia Marvel) hizo que se desdijera tal desaguisado, se eliminara rápidamente al clon (que se teñía de rubio, aagh, y se hacía pasar por primo de Peter Parker bajo el nombre de Ben Reilly) y se tratara de volver a las historias que habían hecho historia.

Dos años y pico más tarde, no se ha conseguido todavía. La reciente eliminación de Mary Jane sigue indicando que los guionistas de turno quieren volver a un Spider-Man más simple, sin los lazos adultos y sociales que atan las historias. La introducción de una prima de Gwen Stacy (ahora morena) parece presagiar un intento de volver otra vez a la casilla de salida.

Pero la serie no arranca. Se prepara una película y se espera que las ventas del personaje suban como la espuma. Y tras el éxito (relativo) de Kevin Smith en Daredevil, la opción Stracynski parece un intento de dejar en manos ajenas un producto de la casa, porque la casa no sabe qué hacer con el personaje a estas alturas.

El equilibrio entre el superhéroe y el estudiante ha acabado con la vida de ambos. Difícil será, con Stracynski o sin él, que las aguas vuelvan a su cauce y el personaje recupere el tirón que le fue característico. Habrá que esperar, claro. Por un amigo (y Peter lo es) se hace cualquier cosa. Pero, personalmente, no espero ya muchos milagros.

Y, antes de que algún gracioso dé la nota: No, yo tampoco sabría, a estas alturas, qué hacer con el personaje.

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