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Rafael Marín

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D I A   N O G A
No sólo de pan
29/01/2001

por Rafael Marín

Sea por hache o sea por bé, por pereza o por malicia, por estreñimiento o constreñimiento, por moda o por demora, la verdad es que si siempre ha sido difícil encontrar a gente a la que le gusten los tebeos (y todos tenemos casos de infancias más o menos aisladas y de lecturas cuasi-onanistas en su religiosidad iniciático-solitaria), de unos años a esta parte todavía más difícil viene a ser encontrar gente que comulgue con nuestros gustos en tebeos, gente que no vuelva la cara o te tache de majareta porque te gustan, un suponer, los mangas, o los superhéroes yanquis, o la línea clara, o los tebeos francobelgas, o los personajes españoles... El mundo de los cómics (y aquí viene al caso, obvio es, recalcar la pluralidad del término) empieza a estar llenos de salvadores de la patria que se fabrican su política pret-a-porter y que desprecian olímpicamente cualquier otra alternativa de hacer las cosas.

En la historia de la historieta vamos dando campanadas y creando compartimentos estancos. Difícilmente, si eres mangaka (¿o se dice otaku?) te entretendrás con un Blake y Mortimer. O viceversa. No estamos potenciando gusto por los cómics, sino gusto por nuestros gustos. Esto, me temo, arranca de la época en que las revistas (sí, las revistas, aquellas publicaciones llenas de chuminadas de ocho páginas con chistecito chorra y tías en bolas que ahora, desde algunos sectores del mercado (?) nacional se mira con nostalgia vayan ustedes a saber por qué). Si te gustaba Cairo, era anatema verte con un 1984. Si eras de Totem, se veía bien despreciar a Cimoc. Y por supuesto eran-eramos subnormales los que pese a la calidad de impresión de las nuevas publicaciones seguíamos empecinados en completar las colecciones Vértice.

Y hoy pasa tres cuartos de lo mismo: lees a Predicador pero desprecias a Spider-Man; te gusta Tess Tinieblas pero te aburren los mutantes con o sin Pacheco; la línea Laberinto no se puede comparar a la línea Vértigo. Y por supuesto todo lo que a mí no me guste es mierda.

Y el mundo del cómic, de los cómics, empezó hace tres años. Justo cuando yo desembarqué en la moda.

Craso error. Los cómics de ahora, por malos o buenos que sean, son consecuencia de una evolución (o involución). Y hay otros horizontes, otros mundos, otros creadores y otros buenos tebeos más allá de lo que leemos porque nos da la gana o porque no sabemos leer otra cosa.

No se trata de nostalgia. Es una cuestión de cultura. De rodaje. De hábitos de lectura. Incluso los fanzines informativos de ahora son simplemente una adaptación de las revistas de noticias americanas. Ya no hay mercado español, cierto. La aldea global nos ha comido, como las hamburguesas a la paella. Nos sabemos de corrido los nombres y apellidos de catorce autores japoneses en cadena o de los diecinueve últimos entintadores de tal título, pero ni siquiera sabemos que hubo (hay) un genio suelto llamado Carlos Giménez.

A lo que voy: Si nos gustan los tebeos, nos deberían de gustar TODO TIPO DE TEBEOS. O, redondeando la frase, nos deberían de gustar los tebeos buenos. O mejor todavía: Nos debería de gustar el medio. Prescindiendo de etiquetas. Prescindiendo de modas y mercados, de autores hot o de macrosagas megacrossoveadas.

El mundo es ancho y ajeno. No quisiera yo comer sopa todos los días. Ni pasarme las horas escuchando la misma música. No tengo predilección por rubias, pelirrojas o morenas: Me gustan las mujeres que me gustan.

Y lo mismo me pasa con los tebeos. Soy omnívoro. Como de todo. De todo... lo que me gusta.

No sólo de pan deberíamos vivir. Pienso yo.

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