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D I A   N O G A
Presas del factor sorpresa
12/02/2001

por Rafael Marín

Uno no sabe ser objetivo cuando se enfrenta a los gustos que luego derivan en peligrosa nostalgia. Supongo que cuando empezaba en esto del tebeo rebuscaba en los kioscos y librerías con la misma ansia paranoica con que los lectores de ahora desordenáis los cajones y exclamáis a voz en grito ante los pectorales de Deathblow o el peinado tan mono del cruce ese entre la Masa, Doc Savage, Lobezno y Bruce Willis que pueda ser (si no está ya pasado de moda) el Savage Dragon...

Pero los cómics tenían una cosa que no tienen ahora: la espera por comprar un tebeo conllevaba siempre, siempre, siempre, una inevitable sorpresa.

Un poner: ibas y comprabas el tebeo de Spider-Man del mes (o de la quincena, o del trimestre, con aquellos manazas de Vértice nunca se sabía), y te encontrabas qué sé yo, al pobre trepamuros amnésico perdido y aliado a la fuerza del Doctor Octopus, o con cuatro brazos de más y un vampiro colgado al cuello, o con una novia muerta en los brazos (eso sí que era un sofoco). Te comprabas una "novelita" de los Cuatro Fantásticos y de sopetón te resolvían una historia de presentación de los Inhumanos y te metían de cabeza en el apocalíptico juicio final de un tiarrón de Alfa Centauri llamado Galactus; o a la Cosa se le hinchaban todavía más las narices y dejaba plantados a los otros tres cuando el pelma de Reed les devolvía a todos los poderes perdidos tras la Batalla en el Edificio Baxter; o el Doctor Muerte le comía el coco a Estela Plateada y le robaba los poderes cósmicos y se daba un garbeo colosal en plan surfero por esos mundos...

Nunca se sabía qué iba a pasar. Comprar el tebeo era encontrarte con la sorpresa. Era la peripecia, la aventura, la ilusión, a veces el desencanto. Nunca te quedabas indiferente. Lo máximo a lo que podías jugar era a imaginar el desenlace de la historia, y a menudo te quedabas corto, quizás porque eras un adolescente, quizás porque todavía el medio era joven, igual que tú, y se podía experimentar y encontrar caminos novedosos. Por supuesto, uno no sabía quién era Jack Kirby, ni Stan Lee, ni Jim Steranko o John Buscema, ni falta que nos hacía. Sólo sabíamos que había dibujantes que gustaban y otros que no te hacían mucha gracia. Los tebeos se disfrutaban de primera mano, sin ser mediatizados por la publicidad ni las estrecheces o las fobias de "la crítica" (?)

Todo eso (y mucho más) se ha perdido hoy. Al comprar un comic-book sabes ya el esbozo más que general de la historia, porque lo has leído en Preview, en Mile High, en Advance o en aquí en Internet. Sabes quién guioniza, quién dibuja, quién no entregó los dibujos a partir de qué página, quién edita, quién colorea, quién emborrona... y sobre todo lo que va a pasar en esa serie dentro de dos números más, por aquello del adelanto de los pedidos sobre la salida real de los tebeos: las propias editoriales meten la pata y los spoilers por aquello de vender dos comic-books más: los lectores de Fantastic Four, por poner el ejemplo que más de cerca conozco, ya imaginan qué vamos a incluir dentro de cuatro números... porque la editorial filtra la noticia de lo que para nosotros debería ser una sorpresa.

Y ahí está el quid de la cuestión. Hemos cambiado la sorpresa de la lectura por la espera de la noticia. Gozamos más comentando lo que te anuncian que va a pasar que luego leyendo cómo pasa. Sabemos más de los entresijos del tebeo (cuánto cobra zutano, cómo plagia a mengano, adónde va a trabajar luego zulano) que del tebeo en sí. Es como el cine y la maldita ralea de los "making of". Cuando te explican cómo vuela Supermán, cómo hacen las explosiones de Terminator, a qué parte de la nada miran los exploradores del Parque Jurásico, están matando parte del engaño, de la fábula.

O lo que es lo mismo: Me muero de ganas de saber cómo hace Juan Tamarit los trucos de magia. Cómo David Copperfield hizo desaparecer la Estatua de la Libertad, o atravesó la Muralla China (o se ligó a la modelo alemana, si es que se la ligó y no fue otro truco de bambalinas). Pero por nada del mundo querría que me lo destripasen. Uno es más feliz en su santa ilusión. En su ignorancia. Vaya, que es mejor hacer el amor directamente que dejar que otro te ponga los dientes largos con sus proezas.

O sea que, en el mundo de los tebeos, a lo mejor sería más interesante que dejáramos de interesarnos tanto, a treinta, sesenta y noventa días por lo que va a pasar, y empezáramos a discutir más seriamente de cómo pasa lo que pasa.

Puede que entonces los tebeos ni siquiera fueran algo mejores, no lo sé. Pero seguro que disfrutaríamos más saboreando de primera mano las peripecias y avatares que nos enganchan, sin estar puestos en sobreaviso esperando la caída de una bomba que luego no explota ni nada.

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