El archivo de Nessus

RESEÑAS | ARTÍCULOS | COLUMNAS | REVISTAS | ENTREVISTAS

Rafael Marín

Maestro Jedi, Maestro Pokemon
21/01/2002

Sacarle punta a la vida
17/10/2001

La cultura del desprecio
30/07/2001

In the ghetto...
25/06/2001

¿Luke Futuro o Dani Skywalker?
02/05/2001

Presas del factor sorpresa
12/02/2001

No sólo de pan
29/01/2001

Enredados en la telaraña
15/01/2001

La alternancia de la visión
31/12/2000

Todas las columnas de Dia Noga

D I A   N O G A
Lo que El Señor de los Anillos se llevó
19/03/2001

por Rafael Marín

Los lectores no nos conformamos, en este tiempo de la imagen, con leer. También queremos ver y que otros vean lo que hemos leído, quizá porque una proyección en cine o televisión necesita menos esfuerzo que la soledad y la concentración de la lectura a solas, quizás porque los templos de nuestra sociedad, desterradas las iglesias y los teatros, son ya los cines y los videoclubes. En la literatura ha encontrado el cine siempre una inspiración ineludible, desde el momento en que dejó de ser una sucesión de fotografías repetidas a toda velocidad y se advirtió que podía utilizarse el joven medio para algo más que para reproducir trenes llegando a estaciones u obreros saliendo de las fábricas.

Ya se sabe el comentario: de libros malos se hacen buenas películas (y no hay más que recordar la lista de obras maestras del western que John Ford o cualquier director de los años cincuenta solían hacer a partir de novelitas del oeste sin mayor trascendencia artística, o cómo Alfred Hitchcock elevaba a igual categoría relatos de misterio que el tiempo habría olvidado sin su particular sesgo). También de libros buenos se hacen, ay, malas películas. A veces, raramente, se consigue que tanto el libro como la versión cinematográfica sean admirables, cada uno en su estilo, y en abundantes ocasiones sin que tengan nada que ver una versión con la otra (recuérdese El planeta de los simios, por ejemplo).

Si hay un precedente al estreno que todos los seguidores de un libro de culto están (estamos) esperando (y me refiero, claro, al lanzamiento de El Señor de los Anillos), quizá sea Lo que el viento se llevó. Recuérdese que la monumental obra de amor y guerra de Margaret Mitchell, un bestseller en Estados Unidos, provocó una avalancha de solicitudes para su traspaso a la pantalla, y las quinielas de los aficionados por el reparto ideal (Cooper, Flynn, Bette Davis, entre otros muchos) y hasta la picaresca provocada por algún aprovechado, dispuesto a pasarse por la piedra a toda muchachita incauta deseosa de encarnar a la casquivana Escarlata en unas más que sospechosas pruebas de cámara. Todo el mundo tenía la película ideal en la cabeza, con los actores ideales y hasta el acento y la voz ideal para la muchachita sureña. La producción costó una úlcera a David O Selznick, quien a ultimísima hora, como se sabe, se descolgó con la Escarlata O´Hara perfecta en la figura de la desconocida y bellísima Vivien Leigh. Los problemas no terminaron ahí, y las enciclopedias de cine están llenas de jugosas anécdotas sobre los tiras y aflojas del rodaje.

Todavía apenas han trascendido los problemas que pueda estar teniendo la filmación de The Lord of The Rings en nuestras antípodas. La productora ha aprendido de George Lucas a presentar con cuentagotas sus fotogramas, filtrando poco a poco cuanto se le antoja, para mantener la baba digo la llama en marcha a la espera del estreno.

Y yo no puedo por menos que mal pensar que el reto al que se enfrenta la película no va a saldarse con buen pie.

Me explico: para los lectores del libro, El Señor de los Anillos se ha convertido en un equivalente a la Biblia, el libro sagrado, el libro perfecto. Todos tenemos en la cabeza las imágenes, los personajes, la adaptación. Frodo y compañía se han convertido en iconos, en intocables. Cada uno de los lectores del libro, cada uno de los fans querrá una versión fidedigna de la historia, de pe a pa, con puntos, comas, personajes secundarios y canciones al pie de la letra.

Y cine y literatura son dos medios distintos. Una adaptación fiel, rigurosa, completa de la novela me temo que sólo pueda producir una película tediosa, aburrida, largamente perdida en el bosque de encuentros y desencuentros. Ya se intentó una vez, en la versión de dibujos animados de Ralph Bashki, y no se consiguió. Demasiados personajes, demasiados diálogos sin res dramatica, demasiadas pocas cosas que además no conducían a ninguna parte (y para colmo el sistema barato de dibujos animados sobre imagen real era bochornoso).

Cada lector, cada fan, tiene una imagen de Frodo, de Legolas, de Gandalf o de Gollum. Dirigida ya tal vez para siempre por la abundante (y repetitiva) iconografía de pasteles gélidos que acompaña a toda edición del libro desde hace años (y recuérdese, por favor, que Tolkien estaba en contra de las ilustraciones en los libros). Todo eso debe pesar como una losa sobre el equipo de producción... o no, porque ya se está viendo el deseo de contentar a todo el mundo (a todos los lectores-compradores en potencia de la película) acercándose en lo posible a esa estética que se ha ido imponiendo como perteneciente al libro, sin tener por fuerza por qué serlo.

Los rumores (e Internet se convierte en el patio de vecinos instantáneo más grande del mundo) ya han hecho correr ríos de píxeles por la no inclusión de algún personaje muy secundario, lo que ha obligado a rehacer el guión e incluirlo, faltaba más, no vaya a ser que un tal Federiquito Mackenzie, que vive en Portland, Ohio Sur, alce su voz contra la peli y no vaya a verla. Y así ad infinitum. Sucedió lo mismo con Star Trek: Aquel país desconocido, si ustedes recuerdan: la traidora vulcaniana tenía que haber sido originalmente la teniente Saavik. Los fans entraron a saco, declararon su amor profundo por la vulcaniana y hubo que inventar ex profeso para la nueva película otra vulcaniana sin lazos de amor entre los seguidores de la serie.

No quisiera que me tilden ustedes ahora de agorero, pero desde La amenaza fantasma ya sabemos que un buen trailer y una buena foto fija no tienen por qué asegurar una buena película. Ya pasó lo mismo con los superhéroes en el cine: Batman o Supermán daban bien posando inmóviles ante las cámaras. Otra cosa era verlos moverse, hablar, saltar y enfrentarse a los villanos.

La iconografía quieta que se nos va mostrando de la película es, digámoslo ya, cautivadora. El esfuerzo de adaptar el mamotrético libro en otras tantas películas encomiable. La labor del director está todavía por ver, teniendo en cuenta que no es en modo alguno Francis Ford Coppola ni David Lynch.

Y nos sigue quedando el gran problema de la estructura. ¿Se pueden sintetizar los tres libros tal cual en tres películas? ¿Estarán los espectadores no rendidos de antemano a la historia en condiciones de ver dos horas y pico de una primera entrega donde un puñado de enanos, dos o tres hobbits descalzos, un elfo y un caballero con mala catadura andan y andan y andan por un bosque? ¿Querrán esperar seis meses a ver qué les sucede? ¿Otros seis para ver dónde termina la historia?

Adaptar significa recortar, significa también encontrar otra forma de contar la historia para el nuevo medio al que se dirige. Con un libro tan desorbitante, tan gigantesco como El Señor de los Anillos se corre el riesgo de deformarlo... o de ser tan papista que acabe convirtiéndose en una bola intragable en dos horas de imágenes. Los fans, está claro, no quieren una adaptación ligera, sino lo más literal y lo más fiel posible. Y, desde ya, eso significa hacer una mala película.

Ya lo dijo el gran guionista William Goldman: las películas son estructura. Y, nos guste o no, filmar plano a plano las muchas páginas del libro no son una estructura cinematográfica.

Claro que no podemos asegurar ni el éxito ni el fracaso de la cinta, todavía. Porque la otra gran ley del mundo del cine, lo dice el mismo Goldman, es que en la industria nadie sabe nada, y es imposible predecir si una película va a ser buena o no, si va a tener éxito de taquilla y crítica o si va a ser un fiasco.

Tendremos que esperaremos a Navidad para ver en qué queda la cosa.

Boletín de informaciónSUSCRÍBASE A NUESTRO BOLETÍN

NOVEDADES EN LA PÁGINA
El señor Mee de Andrew Crumey
Grupo abeliano de Cid Cabido
El técnico de sonido de Marcel Beyer
Dioses menores de Terry Pratchett
Baudolino de Umberto Eco
Estrella doble de Robert Heinlein
Drácula desencadenado de Brian W. Aldiss
La estación de la calle Perdido de China Miéville

PRINCIPAL | RESEÑAS | RECOMENDADOS | ARTÍCULOS | COLUMNAS | REVISTAS | ENTREVISTAS