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Rafael Marín

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D I A   N O G A
In the ghetto...
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por Rafael Marín

En su llegada al tren de la orquesta femenina, rodeado de mujeres en desabillé, un alucinado Jack Lemmon comenta en Con faldas y a lo loco (película que siempre pone en peligro el número 1 en el ranking de mis gustos que ostenta Star Wars) que de niño tenía un sueño recurrente, donde se veía en una pastelería rodeado de todo tipo de bombones, dulces y caramelos, y se los comía hasta reventar...

Yo también tenía en mis tiempos un sueño recurrente por el estilo. Sólo que en vez de pasteles o chicas deliciosas (bueno, chicas deliciosas también han formado, para qué negarlo, parte de muchos sueños repetidos), en vez de todo eso, yo soñaba que encontraba una librería donde, de arriba a abajo, del suelo al techo, todo todo todo estaba llenito de tebeos. Mis sueños de chaval habían inventado la librería especializada.

Era una gozada. Soñar que en algún lugar del mundo estaba aquel Valhalla de papel con colores a cuadritos, colecciones completas que siempre podía pagar (en los sueños el dinero no se agota). Ediciones perfectas de Príncipe Valiente, Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Michel Tanguy, Barbarroja, y multitud de clásicos de los que uno no ha podido leer más que viñetas de adorno en los libros al uso: Barney Baxter, Red Ryder, Lance, Gordo... Un sueño que todavía recuerdo con enorme intensidad fue la vez que encontré todo el Spider-Man en bellísimos tomos celestes, al estilo Buru Lan, con papel satinado y unos colores que ya quisiera el Oliff ese (una vez más, debí de adelantarme a la nunca suficientemente llorada Marvel Masterworks).

El sueño se hizo realidad. Los primeros viajes a Londres. Entradas una y mil veces a Forbidden Planet, al Fantastic Store de Portobello, a la magnífica y casi ignorada librería que está justito enfrente del museo británico (Ouch). Era posible encontrar tebeos, respirar tebeos, completar tebeos. Gente que entraba y salía, tebeozombies como yo, y muchos títulos en los anaqueles...

Luego también se vio eso en España, a imagen y semejanza de lo que pasaba en los USA y en el mundo. Librerías especializadas, nada menos. Como El Corte Inglés, como Toys-r-us, pero en tebeos.

Pero poco a poco le fuimos viendo la pega. Había muchos tebeos, sí. Muchísimos. Pero aparte de que no se trataba de las ediciones mitológicas de mis sueños de imberbe, en todas las librerías se encontraba lo mismo. O sea, lo de la semana. Multiplicado por ene, con más espacio y en mogollón de copias, pero a fin de cuentas lo mismo que antes había en el kiosquillo de la esquina. Más visible, más llamativo, pero nada más que eso. Los tebeos de la semana. Los del mes, a lo sumo. Nada que te hicieran saltarte los ojos de las órbitas, ninguna edición extranjera que te hiciera querer asestarle una en los piños al librero. Nada que nos hiciera suspirar por tener más pelas (en la vida real, ay, el dinero sí se agota).

Las librerías especializadas no son lo que uno soñaba que eran. Un punto de encuentro entre gente razonable, almas gemelas con quienes departir sobre una afición. La posibilidad de completar poquito a poco colecciones por las que siempre suspiramos. El almacén-depósito de tebeos que, por lo demás, debían de estar en un pedestal, o en un museo.

Cierto, lo tenemos todo a la mano. Pero poquito más. Miles de títulos ordenados alfabéticamente, y público que entra y curiosea, y a veces compra. Pero no salimos del tebeo del mes, del mutante de la semana. Nos hemos vuelto endogámicos.

Los tebeos ya no se ven en otro sitio. Ya no adornan los kioscos, prendidos con alfileres de tender la ropa, al reclamo del niño ilusionado que pasea de la mano de sus padres un domingo, antes de la cervecita y la cocacola y las chocolatinas Milka. Para entrar en las librerías especializadas hay que ser ya un iniciado, hay que tener una clave de acceso que ríase usted de Internet, Sandra Bullock.

Estamos convenciendo de lo bonitos que son los tebeos a gente que ya lo sabe. No aumentamos de número. Las librerías especializadas, cómodas para las generaciones de ahora, pueden ser la cancela cerrada a cal y canto para las generaciones del futuro. Y hay que reconocer que el ganado que a veces pulula por ellas (servidor incluido) no hace muy aconsejable que el papá nostálgico lleve a su tierno retoño a comprar la Patrulla-X de la quincena... entre otras cosas porque la Patrulla-X de la quincena se parece a lo que él tiene en la memoria como el programa de Victoria Prego a la Transición de verdad (¿O es que nadie recuerda que fuimos/fueron improvisando y tuvimos la potra de que saliera como salió? Nah, mejor no meneallo).

Pues eso. Que muy bien. Que todo a la mano. Pero que siempre nos vemos los mismos. Que no nos conocen más allá de las calles donde están las librerías. Que los tebeos ya no son nada de nada en este país, y que la endogamia es así siempre: Pasa con lo sex-shops. O con los videoclubs especializados. O con las tiendas de supervivencia. O los todo a un euro.

Y ahora, para colmo, las librerías están tomadas por chavales y no tan chavales algo patéticos jugando a las cartas de colores o haciéndose roles masturbatoriles, con lo prietas que están las nenas que compran en Zara. Gente que no entiende de tebeos. Gente a la que les importa un carajo que Pacheco pinte o no los Fantastic Four o que Jim Lee mida menos que Pepe Carabias. Gente que ha convertido aquel sueño del paraíso comiquero en el equivalente años noventa al patio del colegio. Alcohólicos del Magik que implantan su particular versión de la Hora Feliz del viejo Sam en Cheers...

Odio ser un nostálgico. Pero empiezo a echar de menos comprar los tebeos en el kiosco de la esquina, que quizás es y ha sido siempre su sitio natural.

En Planeta-de Agostini, en Forum, la reciente edición en kiosco de la Patrulla-X, tras el éxito de la película, parece que han vuelto a ver el camino. Las ventas de esa edición, en palabras de Alejandro Virturtia, han sido agradablemente sorprendentes; tanto, que se prepara en el 2001 un nuevo relanzamiento de la Biblioteca Marvel y de los 4 Fantásticos para ese mercado que siempre ha estado ahí, que siempre obliga y seduce al peatón casual, y que por esa comodidad un poco tonta hemos dejado en exclusiva a revistas como Diez Minutos, Todo Vale o Gran Hermano...

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