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D I A N O G A La cultura del desprecio 30/07/2001 por Rafael Marín Un grupo de imbéciles de mi ciudad celebró la noche de San Juan quemando en la playa una pila de libros de texto. Al parecer, es el segundo año consecutivo en que se repite tal hazaña y se teme que se convierta en tradición cada final de curso. Dejando al margen el precio desorbitado que suelen tener los libros, y sin hacer demagogia fácil sobre cuánta otra gente podría beneficiarse de ese tesoro incalculable si en vez de ofrecerlo al Baal de las llamas se les facilitara el acceso a la cultura que esos descerebrados abjuran por una noche de alcohol y cachondeo, el recuerdo ignorado por esos patanes de lo que ese acto significa llena de desazón a quienes nos dedicamos, por un lado, a la enseñanza y los que amamos -como a los amigos que son- a los libros. En la Alemania nazi se realizaban, como todos sabemos, akelarres semejantes. Luego vinieron la noche de los cristales rotos, la noche de los cuchillos largos y los campos de exterminio y el holocausto. Dicho de otra forma: se empieza quemando libros y se acaba linchando a quienes los escriben, persiguiendo a quienes los leen. Esos aprendices de Montag son, naturalmente sin saberlo, el epítome de lo que está pasando a nuestro alrededor. Confundimos un mero acto lúdico como pueda ser una barbacoa con un remedo de acto de fe. Una cervecería en Munich fue el punto de encuentro, aunque fallido, para que los correajes y las botas dieran su primer paso. El vacío existencialista de la juventud, propiciada por los medios de incomunicación de masas y el gran capital, capaces de encumbrar a la popularidad a verdaderos papafritas sin arte ni beneficio, tira del otro lado de la cuerda ya tensa de lo que significa la tradición y la renovación, la cultura y el respeto. La educación sigue siendo el gran fallo de nuestra democracia. Tenemos mejores autopistas, mejores electrodomésticos y alimentos, mejores ayudas sociales, más canales de televisión, ropa más cómoda, libros mejor editados (por más que os pese, torquemadas del tres al cuarto), pero no hemos sabido transmitir la llama que importa, la de la sabiduría en libertad, la de la devoción hacia la cultura, la del amor hacia lo que fue antes por amor hacia lo que vendrá luego. Se pretende, y se potencia, que el mundo naciera ayer, como si un invisible botón de reset hubiera eliminado de un plumazo autores, cantantes, dibujantes, actores, pensadores, deportistas, cuadros, películas, novelas, productos. A estas alturas de la película de nuestras vidas nos hemos instalado cómodamente en la cultura del desprecio. Y no deja de resultar curioso, en tanto que los elementos que definen este principio de milenio son, en su gran mayoría, apenas reciclaje de otros logros y otras estéticas, a las que se trasvasa desde el conocimiento sin escrúpulos de su rendimiento comercial, silenciando canallescamente cuánto se debe a otras fuentes y cuándo se es plagio. La imagen, ay, ha silenciado la reflexión de la palabra y hasta la reflexión que la misma imagen pudo hacer en su momento. El Gran Hermano televisivo ha rebajado y diluido el aviso mortífero del original orwelliano. A los concursantes de CI medio plano y a los espectadores en las mismas circunstancias les importa un bledo perder su intimidad y convertirse en títeres al capricho de un consejo de supuestos psicólogos y periodistas en la sombra, capaces de jugar, por alcanzar una cuota de mercado, con los sentimientos, la sexualidad o los ideales de esa media docena de personajillos anónimos que quizá nunca debieron dejar de serlo. La estética del videojuego y las explosiones en sensorround pueden más que los horrores reales de cualquier telediario, y el objetivo de hacer reflexionar y causar desazón en el espectador de alguna película reciente (como Salvar al soldado Ryan o, hace treinta años, Rollerball) siempre encuentra los aplausos entusiastas de más de uno y más de dos espectadores, rendidos a la masacre como liberación de sus bajos instintos, incapaces de advertir la señal de peligro que se nos plantea. Una película que tenga diez años es, para la nueva ola, una reliquia. Un actor o una actriz que no sean atractivos o se contoneen con siliconado descaro no son nadie. Por supuesto, de nada vale (lo compruebo diariamente año tras año) intentar explicar el por qué de los nombres simbólicos de los personajes, por qué una película del oeste se cuenta en plano general y un porno duro en primerísimo plano, cuándo la imagen nos cuenta describiendo o por qué una película descacharrante no tiene por qué ser un buen producto cinematográfico. Esa cultura del desprecio lo niega todo. El gusto irracional acaba con cualquier intento de reflexión. Y cuando se vuelve la vista atrás se hace desde el desconocimiento, tergiversando datos o aplicándolos al aquí y ahora sin el menor dominio de la perspectiva histórica. Se desprecia, en el campo del cómic, por ejemplo, a Stan Lee y Jack Kirby, al primero por su verborrea, al segundo por su estilo distorsionado, ignorando que los autores de hoy no habrían sido nada sin los moldes que rompieron estos dos autores. Se desprecia a Manuel Gago y El Guerrero del Antifaz (y el libro está todavía en las librerías) aplicándoles un análisis histórico y social que es imposible, en tanto que bosque y árbol eran, en el caso de este tebeo, indivisibles, todo y parte, sometedor y sojuzgado. Y no se quiere admitir que en ese camino que lleva hasta ahora todos somos y hemos sido baldosas. Antes que la silicona existió el cemento. Y los romanos ni siquiera lo necesitaron para levantar su imperio. © Rafael Marín 2001 |
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