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Rafael Marín

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D I A   N O G A
Sacarle punta a la vida
17/10/2001

por Rafael Marín

En ocasiones me habrán leído ustedes quejarme de lo poco, poquísimo que los autores de historieta reflejan sus propias vivencias en los tebeos que realizan. Escudados siempre en unos personajes míticos que por regla general tratan de ser en todo más grandes que la vida, el medio de la historieta ha eludido durante demasiado tiempo ese componente autobiográfico, esa inexcusable obligación que tiene la literatura de dejar constancia de nuestro paso por la vida. Quizá Harold Foster retratase su gusto por la pesca y los espacios abiertos en Prince Valiant, y otros autores los vaivenes de su ideología política, como Milton Caniff, pero no es hasta fecha muy tardía que los cómics usan el referente autobiográfico y lo explotan a fondo. Ahí está la obra de madurez de Carlos Giménez, con los míticos Paracuellos, Barrio o Los profesionales; la lucidísima reflexión, ya en la senectud, de un número uno como es Will Eisner con su Avenida Dropsie, Contrato con Dios, El soñador o Último día en Vietnam, o esa obra indispensable, homenaje a la historia mundial y a la historia familiar que es el Maus de Art Spiegelman, a la que tanto debe una película capital como es La lista de Schindler de Spielberg.

Por fortuna, este verano he descubierto otras dos obras maestras que reflejan no ya sólo una envidiable capacidad de observación del entorno, sino también una vena satírica que sólo puede proceder de la experiencia: se canta lo que se pierde, se satiriza lo que se conoce y se ama. Me refiero a las tiras de Zits y Baby Blues: tras leer la edición española de Norma Editorial, me puse teclas a internet y en seguida me hice con toda la producción recopilada en álbumes de ambas series. Una de las mejores inversiones de mi vida.

Zits (palabra que significa «espinillas») es obra de Jerry Scott a los guiones y de Jim Borgman a los dibujos, mientras que Baby Blues es obra de Rick Kirkman a los dibujos y de Jerry Scott a los guiones. Las dos series tienen en común algo más que el guionista, y casi parecen ser una prolongación una de otra: Baby Blues, iniciada en 1990, nos cuenta paso por paso las vicisitudes de un joven matrimonio, Darryl y Wanda, con su hijita recién nacida, Zoe. Zits, iniciada en 1997, nos narra la vida y peripecias del joven adolescente Jeremy y sus deseos de ser un músico de rock, sus vivencias en el instituto y su relación con sus angustiados padres. Zits casi podría ser Baby Blues adelantada quince años... de no ser porque Baby Blues, de manera muy inteligente, cuenta el día tras día de los personajes, y el ruidoso bebé que un día fuera Zoe ha ido creciendo con el paso de las tiras, hasta llegar a ser una niña con trenzas que ya tiene un hermanito, Ham, para desazón y cansancio de sus progenitores, sobre todo su madre.

Cierto que en el tema de las family strips existen referentes sobresalientes (Blondie es el caso más popular y el primero que acude a la mente), pero también es cierto que las tiras diarias suelen desarrollar un universo narrativo propio, al estilo de las sitcoms televisivas a las que tanto han influido (y Baby Blues ya es serie televisiva). En Baby Blues (de la cual hay recopilados ya 16 tomos), el lenguaje es moderno, la situación real, las alusiones a personajes televisivos, políticos o músicos son fidedignas. Hemos ido avanzando día a día con Darryl y Wanda en todos los pasos evolutivos desde su vida de padres ineptos... hasta su vida de padres ineptos con experiencia; el sentido de saga continuada casi emparenta esta strip con novelas-río como Príncipe Valiente: los chistes pueden leerse por separado, pero una lectura en orden de todos los álbumes (y en España se ha publicado solamente el tercero, quizás porque en USA los dos primeros están recopilados por una editorial diferente) comunica perfectamente esa sensación de paso del tiempo, del acumular de anécdotas cotidianas, absolutamente reales y al mismo tiempo absolutamente mordaces. Y sorprende la capacidad de Kirkman y Scott (Scott, el guionista, no tenía hijos cuando empezó a guionizar la tira) para tocar todos y cada uno de los temas, sin caer en la deformación satírica. Los que somos padres de hijos pequeños todavía (y mi esposa no lee cómics pero devora estas tiras) hemos visto un repaso a nuestra propia vida: a veces los chistes, que siempre provocan la carcajada, ni siquiera fuerzan la situación: reflejan tal cual unas vivencias que supongo universales: el cansancio de la madre, las discusiones por levantarse por la noche para atender al bebé, la frustración de Wanda por haber renunciado a su trabajo para cuidar de Zoe, la inutilidad de Darryl, los muchísimos regalos inútiles por Navidad, los problemas económicos, los ruidosos destrozos de la niña antes, durante y después de las comidas, los vecinos perfectos con la casa en completo orden, los primeros pasos de Zoe, los dodotis, los chupetes, los terrores nocturnos, los problemas de las canguros, los abuelos metomentodo, la llegada de un nuevo bebé que les vuelve a poner la vida patas arriba... Se nota que los autores han estudiado, recordado, anotado, punto por punto, sus propias vidas. Se nota que han vivido y han dado crónica de sus vivencias. De ahí ese trabajo tan sobresaliente, tan único, tan importante.

Zits, que se beneficia de esa experiencia de la otra serie, supone, lo decía antes, el adelanto sobre lo que Zoe y Ham tal vez sean algún día. Los padres de Jeremy son aquí secundarios, y el simpático y desastrado adolescente amplía las perspectivas de la casa como escenario: lo vemos en el instituto, asistiendo a los conciertos de su grupo de rock favorito, Gingivitis (¡formado, ay, por ex-dentistas como su propio padre!), su amor por la feucha de clase, su amistad con el chico hispano Hector y sus deseos de reparar la vieja furgoneta sin ruedas y hacerse a los caminos. Hay ilusión en esta serie, la de Jeremy, y nostalgia, la de los padres, por el niño que fue, por los jóvenes que fueron, y las alegrías y los temores de los padres se contradicen con las mentirijillas y la inconsciencia del adolescente, capaz de pasarse las noches contemplando las estrellas. Jeremy es Calvin sin Hobbs, un Calvin ya crecido que todavía no es consciente de lo terrible y angustiosa que puede ser la vida.

Porque de esto tratan estas dos obras maestras de la historieta. De la vida. Nos hemos pasado las dos últimas décadas buscando obras maestras del cómic en el hipertrofiado mundo de los comic-books... y resulta que las obras verdaderamente importantes, las que marcan época, las que dan fe de su momento y de su tiempo, estaban, están, en las tiras diarias y dominicales.

Bienvenidas sean Baby Blues y Zits. Hacía siglos que unos tebeos no me hacían pensar tanto, sentir tanto, recordar tanto. Hacía siglos que unos tebeos no recogían la experiencia de una saga cotidiana de la que todos formamos parte... pero que muy pocos pueden retratar con elegancia, finura y gracia.

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