La
Antártida está amenazada. El tratado que la protege ha expirado
y la carrera por la renovación, o no, ha comenzado. Además,
la naciones de la Tierra, faltas de recursos, han dirigido su mirada al
continente blanco, deseosas de aprovechar sus recursos naturales. Y por si
fuese poco, el cambio climático está alterando significativamente
la capa de hielo que cubre el continente. Cuando comienza la novela presenciamos
una extraña comitiva: un convoy de camiones automáticos, con
un solo ser humano a bordo, cruza el continente. El convoy es atacado y uno
de los camiones robados. ¿Quién, en medio de un continente helado,
puede haberlo hecho? ¿Y por qué? ¿Qué relación
hay con los problemas de la Antártida?
Sobre ese fondo, de intereses políticos y misterios,
varios personajes defienden sus particular posición sobre la región
(el Planeta Hielo, en la fructífera metáfora de Kim Stanley
Robinson): ya sea la preservación para la investigación
científica del continente; la defensa de las acciones terroristas
como medio para evitar la destrucción de la Antártida; una
batalla política que permita la renovación del tratado en mejores
términos; la posibilidad de explotar los recursos del continente
utilizando medios tecnológicos que garanticen el mínimo impacto
ecológico; o, en uno de los elementos más interesantes de la
novela, la posibilidad de convertirse en nativos de la Antártida.
Cualquier lector que haya leído la serie de
Marte (esa magnífica recreación de la colonización de
todo un planeta) sabrá inmediatamente que en Antarctica todas
las posibilidades diferentes se discuten, comparan y examinan
simultáneamente sin que su autor parezca tomar partido por ninguna
en particular (algo deliberado, según ha contado en una reciente
entrevista en Locus). Para eso tiene a sus personajes, magníficamente
recreados como es habitual en él. Destacan cuatro: Val, la guía
que lleva grupos por entre los paisajes helados y cuya visión idealista
del continente contrasta con lo prosaico de su trabajo; X, el asistente general
de campo, el humano solitario en el convoy que inicia la novela, insatisfecho
con su papel en la Antártida (limitado a hacer la vida más
fácil a los científicos) pero que no sabe cómo cambiar
su situación; Wade, asesor de un senador muy preocupado por la
ecología que lo envía al Polo Sur a informarse de primera mano,
que se adentra en la diversas (sí, diversas) culturas del continente
(el propio Kim Stanley Robinson pasó una semanas becado en la
Antártida para escribir este libro, detalle que ciertamente tiene
su importancia); y Ta Shu, un periodista chino, a través del cual
conocemos la mayoría de la historia pasada del continente, que
práctica el antiguo arte el feng shui lo que le da una especial
sensibilidad para el paisaje. Todos ellos confluirán finalmente cuando
llegue la hora de decidir el destino del continente. Cada uno de ellos
aportará su parte para dotar a la Antártida de la complejidad
que la cultura humana da al mundo.
En cierta forma, estamos ante un libro que comparte
algo del espíritu con la serie de Marte. También aquí
tenemos la preocupación constante por la política, la
ecología, el destino del mundo, sin olvidar nunca, sin embargo, las
odiseas personales de los protagonistas, que al final justifican o no la
trama. En cierta forma, el título que he dado a esta columna es algo
más que un chiste. Antarctica se lee en gran parte como la
novela que Kim Stanley Robinson hubiese escrito sobre Marte si primero hubiese
escrito la trilogía de Marte: los temas han quedado más perfilados,
la narración fluye con mayor fuerza, el estilo es aun más preciso
y depurado que en la trilogía. Antarctica representa la novela
escrita por un autor que ha sabido evolucionar a partir de su anterior obra;
y no es ése uno de sus menores placeres.
También, al igual que la serie de Marte, el
libro parece en ocasiones no pertenecer a la ciencia ficción. La
tecnología mostrada no es demasiado avanzada, y si no existe hoy
está en proyecto. Pero la forma de mirar al paisaje, un mundo
completamente cubierto de hielo, y las preocupaciones continuas sobre el
futuro del planeta y el destino de la humanidad (visto siempre teniendo en
cuenta el pasado) hunden sus raíces en la mejor tradición del
género, en la que la reflexión sobre complejidad del mundo
que nos rodea ocupa un lugar principal.
Uno de los aspectos más interesantes de
Antarctica consiste en estar profundamente enraizada en la historia
del continente, algo que en Marte no podía hacerse. A lo largo de
sus páginas descubrimos aspectos de las expediciones que conquistaron
el continente y que ayudaron a formar nuestras visiones del mismo. Es cómo
si Kim Stanley Robinson hubiese cogido las primeras páginas de Marte
rojo y las hubiese expandido para distribuirlas finalmente por entre
toda la novela. Ese cuidado con la historia pasada, dota al libro de una
profundidad de la que carecería en caso contrario. Porque, como dice
uno de los personajes de Antarctica, lo que es verdad en la
Antártida es verdad en el mundo: olvidar el pasado es siempre un error.
En esos aspectos, Antarctica gana, con respecto a los libros de
Marte, en que el elemento humano está mucho más presente, lo
que destaca y magnifica la gran inhuma-nidad del paisaje.
Antarctica es la mejor novela de Kim Stanley
Robinson. No es poco elogio para un autor que ya creó una obra maestra
con la trilogía de Marte.