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L I B R O S   E X T R A N J E R O S
Marte blanco: Antarctica de Kim Stanley Robinson


por Pedro Jorge Romero

La Antártida está amenazada. El tratado que la protege ha expirado y la carrera por la renovación, o no, ha comenzado. Además, la naciones de la Tierra, faltas de recursos, han dirigido su mirada al continente blanco, deseosas de aprovechar sus recursos naturales. Y por si fuese poco, el cambio climático está alterando significativamente la capa de hielo que cubre el continente. Cuando comienza la novela presenciamos una extraña comitiva: un convoy de camiones automáticos, con un solo ser humano a bordo, cruza el continente. El convoy es atacado y uno de los camiones robados. ¿Quién, en medio de un continente helado, puede haberlo hecho? ¿Y por qué? ¿Qué relación hay con los problemas de la Antártida?

Sobre ese fondo, de intereses políticos y misterios, varios personajes defienden sus particular posición sobre la región (el Planeta Hielo, en la fructífera metáfora de Kim Stanley Robinson): ya sea la preservación para la investigación científica del continente; la defensa de las acciones terroristas como medio para evitar la destrucción de la Antártida; una batalla política que permita la renovación del tratado en mejores términos; la posibilidad de explotar los recursos del continente utilizando medios tecnológicos que garanticen el mínimo impacto ecológico; o, en uno de los elementos más interesantes de la novela, la posibilidad de convertirse en nativos de la Antártida.

Cualquier lector que haya leído la serie de Marte (esa magnífica recreación de la colonización de todo un planeta) sabrá inmediatamente que en Antarctica todas las posibilidades diferentes se discuten, comparan y examinan simultáneamente sin que su autor parezca tomar partido por ninguna en particular (algo deliberado, según ha contado en una reciente entrevista en Locus). Para eso tiene a sus personajes, magníficamente recreados como es habitual en él. Destacan cuatro: Val, la guía que lleva grupos por entre los paisajes helados y cuya visión idealista del continente contrasta con lo prosaico de su trabajo; X, el asistente general de campo, el humano solitario en el convoy que inicia la novela, insatisfecho con su papel en la Antártida (limitado a hacer la vida más fácil a los científicos) pero que no sabe cómo cambiar su situación; Wade, asesor de un senador muy preocupado por la ecología que lo envía al Polo Sur a informarse de primera mano, que se adentra en la diversas (sí, diversas) culturas del continente (el propio Kim Stanley Robinson pasó una semanas becado en la Antártida para escribir este libro, detalle que ciertamente tiene su importancia); y Ta Shu, un periodista chino, a través del cual conocemos la mayoría de la historia pasada del continente, que práctica el antiguo arte el feng shui lo que le da una especial sensibilidad para el paisaje. Todos ellos confluirán finalmente cuando llegue la hora de decidir el destino del continente. Cada uno de ellos aportará su parte para dotar a la Antártida de la complejidad que la cultura humana da al mundo.

En cierta forma, estamos ante un libro que comparte algo del espíritu con la serie de Marte. También aquí tenemos la preocupación constante por la política, la ecología, el destino del mundo, sin olvidar nunca, sin embargo, las odiseas personales de los protagonistas, que al final justifican o no la trama. En cierta forma, el título que he dado a esta columna es algo más que un chiste. Antarctica se lee en gran parte como la novela que Kim Stanley Robinson hubiese escrito sobre Marte si primero hubiese escrito la trilogía de Marte: los temas han quedado más perfilados, la narración fluye con mayor fuerza, el estilo es aun más preciso y depurado que en la trilogía. Antarctica representa la novela escrita por un autor que ha sabido evolucionar a partir de su anterior obra; y no es ése uno de sus menores placeres.

También, al igual que la serie de Marte, el libro parece en ocasiones no pertenecer a la ciencia ficción. La tecnología mostrada no es demasiado avanzada, y si no existe hoy está en proyecto. Pero la forma de mirar al paisaje, un mundo completamente cubierto de hielo, y las preocupaciones continuas sobre el futuro del planeta y el destino de la humanidad (visto siempre teniendo en cuenta el pasado) hunden sus raíces en la mejor tradición del género, en la que la reflexión sobre complejidad del mundo que nos rodea ocupa un lugar principal.

Uno de los aspectos más interesantes de Antarctica consiste en estar profundamente enraizada en la historia del continente, algo que en Marte no podía hacerse. A lo largo de sus páginas descubrimos aspectos de las expediciones que conquistaron el continente y que ayudaron a formar nuestras visiones del mismo. Es cómo si Kim Stanley Robinson hubiese cogido las primeras páginas de Marte rojo y las hubiese expandido para distribuirlas finalmente por entre toda la novela. Ese cuidado con la historia pasada, dota al libro de una profundidad de la que carecería en caso contrario. Porque, como dice uno de los personajes de Antarctica, lo que es verdad en la Antártida es verdad en el mundo: olvidar el pasado es siempre un error. En esos aspectos, Antarctica gana, con respecto a los libros de Marte, en que el elemento humano está mucho más presente, lo que destaca y magnifica la gran inhuma-nidad del paisaje.

Antarctica es la mejor novela de Kim Stanley Robinson. No es poco elogio para un autor que ya creó una obra maestra con la trilogía de Marte.

   

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