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Xavier Riesco Riquelme

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M E N E   T E K E L
Body Politics
25/9/2000

por Xavier Riesco Riquelme

El cuerpo humano, como muchas otras cosas, está colonizado culturalmente. La oreja, el pabellón auditivo, por ejemplo, admite ciertas modificaciones socialmente admitidas en el caso de la mujer, pero no tan extendidas en el caso del varón: la perforación del lóbulo es una práctica común en casi todo el mundo, cuyos valores estéticos varían según grupos, así como varían, pero dentro de lo aceptado, los objetos que se cuelgan de esas perforaciones. Pero al mismo tiempo que una cultura delimita lo aceptable en la modificación estética del cuerpo, también produce, limita y acota el otro territorio, el de lo perverso. Así tenemos la historia de la perforación practicada en el pene por los ingleses victorianos para mantenerlo, sin formar bulto, sujeto a la pierna y de esa manera poder usar pantalones ajustados sin herir, al pasear por la calle, la sensibilidad de las damas. Ésta es una modificación a medio camino entre lo admisible y lo perverso. Lo perverso en la modificación queda más claramente expuesto cuando nos remitimos a la historia de las antiguamente llamadas"desviaciones" sexuales. La propia palabra desviación indica que se trata de apartarse de la norma, y de este modo la norma acepta implícitamente la categoría de "alteridad" de ese territorio y lo define y limita sin salirse del suyo propio. En las sociedades europeas, la norma hasta hace relativamente poco era que lo aceptable era lo visible, en concreto el pabellón auditivo y casi nada más. Lo perverso era lo que no se mostraba públicamente, la perforación de genitales, pezones y otras partes, afín al fetichismo de vestir exteriormente dentro de la norma e interiormente, la capa más interna, de una forma que desafía la norma para satisfacción del trasgresor.

Por eso mismo me hace gracia la expansión de la moda del piercing desde el ghetto de lo perverso y lo extranjero hasta la exhibición pública. La forma actual del piercing toma parte de esos territorios del Otro, como son la desviación de la norma y los elementos transculturales, que empiezan a permear Occidente: la escarificación tribal y valores estéticos tomados de otras normas culturales. Lo que me hace gracia, concretamente, es que en el proceso de validación de la nueva norma por parte de la siempre dispuesta a experimentar juventud, se descubren territorios que escapan a ésta. Cuando observé que el camarero de la pizzería a la que solía ir a comer llevaba siempre una tirita en a ceja, le pregunté si tenía un piercing. La respuesta fue, evidentemente, que sí, pero que no lo llevaba en el trabajo por la exigencia profesional de dar una cierta imagen ante los clientes, de gusto conservador en su mayoría, me imagino. La ceja no es una parte que cumpla con la norma tradicional de ocultabilidad en el caso de lo perverso, o que esté sancionada públicamente como le pasa al lóbulo de la oreja. La ceja es una zona casi completamente neutra. No posee ni siquiera las características -transmitidas culturalmente- eróticas del lóbulo. Pero al recibir una perforación y una minúscula argolla de metal se convierte automáticamente en territorio en disputa, que no casa con ninguna de las categorías previas y por ello causa inquietud.

Uno de los pocos méritos que la literatura tiene por sí misma es la de ser un piercing en la ceja.

La ambición de muchos escritores ha sido siempre la conquista de un territorio nuevo, aunque pocos lo consigan. Pero los que lo hacen tienen ganado su nombre en el Olimpo de las Letras. Los modernistas ingleses de la primera mitad del siglo XX, por poner un ejemplo, lo intentaron con gran ímpetu. Y es por eso que Virginia Wolf nunca desaparece del todo de las estanterías en las librerías. Idéntica razón por la cual James Joyce subió a los altares aunque los críticos consideraran su obra "gratuitamente blasfema" y "obscena".

Más o menos como un piercing.

La ciencia ficción es al mismo tiempo un género totalmente radical y profundamente conservador en cuanto a su relación con el cuerpo. Los clásicos, la escuela de Asimov y Clarcke, por ejemplo, no necesitaban una posición al respecto porque sus textos eran de por sí el producto de la tradición escéptica occidental, y no era necesario tomar partido porque esa tradición no trataba con los imponderables de la relación entre el cuerpo y la mente, sólo de los productos de la mente. Pero en una tradición cercana a ésa, Frederick Pohl explora el territorio del cuerpo en Homo Plus y redefine lo humano, a partir de ahí el terreno del cuerpo empieza a tener su importancia en el género. Phillip Jose Farmer explora muchas más posibilidades con su prosa y se gana la reputación de "haber escandalizado a la América puritana" (vaya pedazo de tópico) por atreverse a hacer dentro del género lo que muchos otros ya habían hecho fuera de éste. Desde este punto, la exploración de lo humano y lo posthumano es uno de los ejes centrales del género, una vez que desaparece la antigua necesidad de crear fábulas con la imagen del Otro (extraterrestres, mutantes, mujeres y demás) y la escritura puede tomar la dirección de lo que se creía conocido.

El problema es que actualmente la ciencia ficción sigue teniendo esas características que tenía en un principio, tan radicalmente liberal y tan férreamente conservadora.

Tomemos por un lado a Greg Egan. Por mucho que Egan hable de inteligencias que existen en universos puramente simulados, por muy incorpóreos que sean los personajes de Ciudad permutación o los ciudadanos de las Polis de Diaspora, Egan habla siempre del cuerpo como totalidad, es decir, toma parte activa a favor de la teoría emergentista (la consciencia es una propiedad emergente de ciertos sistemas) y defiende que nuestro cuerpo, nuestro cerebro, somos nosotros y nada (o casi nada) más. La posición de Egan le permite explorar el cuerpo aunque lo esté eliminando de sus contextos, como le ocurre a ese personaje de Diaspora que se somete a experiencias de fisicalidad como catarsis. Egan habla en muchas de sus obras de la relación entre las formas y las inteligencias, de la variedad genotípica y fenotípica humana y adónde podemos llegar cuando (y sí) dispongamos de la tecnología suficiente y de la ética acorde con ella. Egan plantea dilemas biológicos y éticos que escapan al limitado horizonte de la especulación cercana, pero no por ello son menos interesantes. Desde luego, la ciencia ficción no predice, no da respuestas y tampoco debería pretenderlo. Ése es el papel de las ciencias y la ética, no de la literatura per se. Pero aún así, Egan escribe sobre esas relaciones de la misma forma que cualquiera puede, hoy en día, observar en la televisión. El impacto de la tecnología y por qué preocupa tanto la redefinición de lo humano en el caso, por ejemplo, de las tecnologías de clonación de mamíferos: se asume como fundamental lo embrionariamente humano, lo marginalmente humano, lo socialmente humano y lo indispensablemente humano. Egan no admite definición en esos términos porque su discurso nace de la aniquilación de esas mismas creencias en una naturaleza humana fundamental.

Tomemos por otro lado a Robert J. Sawyer. En El experimento terminal Sawyer entra en el terreno eganesco de la posibilidad de la simulación pura de la inteligencia, pero condiciona esa posibilidad a la previa de una tecnología que demuestra la existencia del alma. Sólo cuando el Hombre recibe la confirmación de su naturaleza íntimamente diferente a la animal, cuando observa el núcleo irreductible de lo humano que reside en el alma y es por tanto inaprensible, es cuando el Hombre se atreve a simular su propia consciencia en la máquina. El argumento no puede ser más conservador: lo humano existe, no es reducible, separado del cuerpo aunque lo "habite" y es transcendente. Todo el diálogo filosófico y científico de gran parte del siglo XX es axiomáticamente desechado en esta narración. Pero lo que podría ser solamente una visión sesgada por parte de un lector como yo de las necesidades narrativas que supuestamente hacen que El experimento terminal funcione, se ven confirmadas en otra obra de Sawyer. Arrancando desde esa preocupación actual acerca de lo humano, Sawyer habla de genética en Cambio de esquemas y de cómo percibe determinada gente esos cambios y sus posibilidades. Hasta aquí Sawyer se comporta científicamente en su narración. Sin embargo, al final de ésta, la mano de Dios aparece y existe una prueba de intencionalidad en el diseño de lo humano. Aunque aquí Sawyer no recurre al alma sino a lo puramente físico, el ADN, vuelve a decir lo mismo: lo humano es diferente de todo lo otro y sigue siendo irreducible. Por ende, esa novela se acerca a esa posición profundamente conservadora de la que hablo antes. Aunque Sawyer no lo plantee así, el discurso escondido es muy claro: la inviolabilidad del cuerpo porque éste es transcendente. Hay más ejemplos como el de Sawyer. Y también, afortunadamente hay más contraejemplos como el de Egan.

Este pequeño ensayo toma su nombre de un relato de Clive Barker, Barker es un escritor que inyectó algo de vida un género eternamente moribundo como es el del terror al tomar en consideración un cierto número de cosas, entre ellas el cuerpo. En el relato de Barker, las partes del cuerpo exigen autonomía, que se les preste la atención que reclaman y reniegan de la simbiosis orgánica que es lo humano, lo físicamente humano, lo reduciblemente humano. La ciencia ficción parece que funciona igual como género, como un cuerpo en el que sus partes estuvieran en constante tensión y reclamaran derechos propios. Lo cual es bueno, porque permite muchas voces individuales, esos órganos rebeldes de Barker, frente a la tiranía de lo completo, el cuerpo como unidad. Sin embargo, y volviendo a la apreciación que hago en un principio acerca de cómo se contemplan las partes del cuerpo y cual es la política de estas como entidades, Sawyer es un pendiente en la oreja mientras que Egan es un piercing en la ceja.

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