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Xavier Riesco Riquelme

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M E N E   T E K E L
Si una noche de invierno un lector
12/03/2001

por Xavier Riesco Riquelme

Los escritores escriben y los lectores leen. Así es está configurado el mundo. Pero es obvio que las clases de seres humanos anteriormente expuestas no son excluyentes con un “or” booleano, ni mucho menos. A los escritores se les supone lectores y a los lectores se les concede la propiedad de poder pasar al otro grupo por diversos medios (en realidad un solo medio, pero con múltiples expresiones). Aún así, es evidente que la categoría “escritor” define una meritocracia, un grupo al que se le concede un estatus especial dentro de las sociedades que los contemplan; aunque no necesariamente tienen que ser coetáneos el escritor y la sociedad que lo reivindica para concederle el galardón. Si no, basta con pensar un momento y enseguida encontraremos algún ejemplo de escritor que no se comió una rosca en vida y hoy está en el Olimpo. J. Kennedy Toole, por poner un ejemplo.

Sin embargo la desigualdad entre ambos grupos es obvia. ¿Cuántos escritores reconocidos puede uno recordar en un instante? Fácilmente, más de veinte, treinta o cuarenta, incluso cincuenta. Ahora dígame el nombre de un lector famoso. No de un crítico que produce material a partir de lo que lee. Ni de un escritor que se sabe que leía mucho. Quiero el nombre de un lector, sólo lector que sea famoso sólo por ser un lector.

Alguno debe haber, por supuesto, pero aunque encontrara un nombre o una decena, los lectores seguirían estando en franca desventaja sobre el número de escritores que podríamos citar de carrerilla. Lo cual demuestra que la meritocracia de las letras es además una aristocracia: un grupo reducido de gente a la que se le confiere un privilegio especial que los diferencia del resto de los mortales. Pero que también requiere del resto de esos mortales para que les sea conferido ese privilegio; si no de todos, por lo menos de unos cuantos dispuestos a colaborar.

Como cualquier aristocracia necesita de clases inmediatamente inferiores para distinguirse. Así que es por eso que uno puede hallar estatuas dedicadas a escritores de todo tipo en cualquier parte del mundo, calles dedicadas o placas conmemorativas. Valle-Inclán. Galdós. Machado. Rostros públicos que todo el mundo tiene ocasión de ver algunas vez en bronce y otros metales. Y nadie recuerda a los lectores, los sufridos proletarios del reino de las letras a menos que consigan traspasar la barrera de clases y entonces reciban el espaldarazo que los confirme caballeros del orden establecido, o de algún modo se les asocie con la figura de un mentor letrado. Pero la mayoría desaparecen en el olvido sin que nadie, excepto algún escritor, los recuerde. Tal y como los labriegos mueren y el terrateniente de turno dice alguna cosa agradable del finado de cara a la familia en compensación por los muchos años de servicio.

Así que, como siempre, sobran estatuas de la clase alta pero pocos reconocen al proletariado su paciente labor en las factorías. Sin embargo, es seguro que podemos encontrar lectores famosos. O si no son exactamente lectores, por lo menos receptores de historias, la otra parte del acto lingüístico que tradicionalmente han sido infravalorados por el emisor, despreciados e incluso negados.

El primer gran ejemplo que se me ocurre es el de Leonor de Aquitania (1122-1204). Quizás no fuera “exactamente” una lectora, pero es innegable que ocupaba el lugar del receptor, y simplemente por recibir, ayudó a crear la literatura del amor cortés mediante el empuje que dio a la literatura de los trovadores provenzales en Francia y luego a la cortesana en Inglaterra. Por supuesto, su papel es complejo: posición social, el ser descendiente precisamente del primero de los grandes trovadores, el mecenazgo y los mores medievales. Pero en el fondo sigue siendo una lectora famosa precisamente por el acto de leer, así que no debería importarnos demasiado todo lo demás y deberíamos reivindicar su figura por lo que es: la de un lector que rugió.

El otro caso que me viene a la memoria es muy similar y al mismo tiempo muy diferente. Un 4 de Julio de 1862 un profesor de matemáticas inglés llamado Charles Lutwidge Dodgson empezó a contar una historia a las hijas de un amigo. Especialmente a una de ellas, claro. Y todo el mundo sabe la historia que este introvertido diácono y matemático empezó a contar ese 4 de Julio a Alice Liddle. El caso es exactamente el mismo que el anterior, la obra literaria aparece no por la sola voluntad del creador de la misma, sino por la presencia de un lector, receptor, oyente, excepcional para ese creador. Así que todos los que hemos leído Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo deberíamos estarle agradecidos tanto a Carroll por crear la historia como a la señorita Liddle por haber sido un receptor de texto lo suficientemente interesante como para motivar al famoso bachelor inglés; aunque a la niña no le gustaran especialmente los libros sin dibujos, como menciona el propio Carroll. Así que también de le debemos estar agradecidos a la señorita Liddle por las ilustraciones de Alicia: las primeras autógrafas de Dodgson y luego las de Tenniel que las inmortalizarían.

Por tanto, buscando siempre se puede rescatar a un lector como individuo significativo en el marasmo de la literatura. Los críticos no cuentan como lectores, por supuesto, ya que los críticos no son más que escritores frustrados, como bien expresó Henry James (y el sabría de qué hablaba, ya que tiene todo un volumen dedicado a su teoría crítica). Lo importante sigue siendo no perder de vista al lector. Simplemente, a veces es más importancia que el autor.

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