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Xavier Riesco Riquelme

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M E N E   T E K E L
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por Xavier Riesco Riquelme

No. Esto va a tratar de ningún acto de magia zoomórfica o de alteración de la percepción como la que Robert Anton Wilson proponía, en Las máscaras de los Illuminati, que Aleister Crowley había realizado sobre algún lechuguino inglés. Este relato se mueve más bien por los derroteros de la crónica social, aunque claro, bien podría ser que Voldemort no fuera más que un trasunto para niños de la famosa Bestia y yo no éste más que perdiendo el tiempo haciéndome el gracioso cuando podría sumarme al coro de voces que denuncian la impudicia de estas historias criptosatánicas, vulgares y contrarias a toda moral. No sé por qué, pero me parece que ninguna de las razones anteriores es un argumento en contra, sino en todo caso, a favor. Pero claro, yo soy, humildemente, una escoria depravada como demuestra la siguiente historia.

Para empezar, me temo que soy un parásito social de tomo y lomo. La mayor parte de mis amigos ya son Señores Ingenieros, Psicólogos, Abogados, licenciados en Biología, Física, Historia e incluso, Dios no quiera que haya muchos más, en Filosofía. Todas ellas profesiones dignas de respeto y cuyo estatus y responsabilidad social envidio. Yo no puedo aspirar a la respetabilidad, así que mis metas y objetivos son de un calado más modesto, me temo. Mi familia observa a mis amigos y sus nuevos niveles de ingresos económicos mientras que yo continúo siendo una onerosa carga para la economía familiar y deduce de ello que estoy llamado a completar la clase inferior de la sociedad en la que me ha tocado vivir junto a proxenetas, criminales y operadoras de teléfonos móviles. La mencionada disparidad, por supuesto, no me impide relacionarme con mis amigos excepto cuando el restaurante es de más de tres tenedores, ocasiones en las cuales suelo mendigar el importe de la consumición entre las mesas de los alrededores y con la esperanza (vana) de que mis amigos no se den cuenta. En fin, así son las cosas.

Lo que me preocupa es lo siguiente. Mis amigos suelen aguantar mis desvaríos sobre libros (que he leído, estoy leyendo, leeré o, si estoy hablando con el licenciado en Filosofía, no tendré intención de leer jamás) con más o menos tolerancia. Así que me sorprendió un poco, después del revuelo mediático sobre la aparición del último libro de Harry Potter en español, intervención de Saramago y artículo en El País, cuando uno de mis amigos me dispara a bocajarro la pregunta: “Oye, ¿están bien de verdad los libros esos?”. A lo que, para no contradecirme, no fuera que alguien se enterara y acabara con la poca reputación que me queda, tuve que responder: “Pues sí, si quieres te dejo uno”. Así fue como mi ejemplar de Harry Potter y la piedra filosofal fue a parar a las manos de un abogado hijo de abogado. Casi simultáneamente, el Señor Ingeniero Agrícola me dice (día más o día menos): “Oye, te he hecho caso y me he comprado el primero de la serie esa”.

Los resultados los tuve a la semana. Cuando volví a encontrarme con el probo abogado defensor de causas justas previo pago, le pregunté qué tal le había parecido. Aquí comienza la parte rara. Juro que el honrado miembro de la clase de los leguleyos miró a un lado y a otro antes de agarrarme del brazo y preguntarme secamente: “¿Tienes el segundo?”. Exactamente la misma clase de mirada que había visto tantas veces en la tele en los telefilmes americanos y de tarde en tarde en el rostro de algún drogadicto especialmente tonto. Cuando le dije que sí, también le indiqué que me llamara para quedar un día y dárselo. Lo que viene a continuación entra dentro del terreno de lo fantástico según Turguéniev (¿o era Todorov?). Porque el Abogado en cuestión me llamó de verdad. ¿Cuánta gente conoce usted, lector, a la que un abogado le haya dicho “te llamo” y lo haya hecho en verdad, sin que de por medio haya dinero que darle al abogado? En mi limitado campo social, creo que el número era cercano, decimal arriba, decimal abajo, a cero. Hasta que, claro está, tomase la forma de un número entero y primo de una manera tan brusca que debería haberme dado cuanta de que algo raro pasaba.

La segunda parte es cuando vuelve a entrar en escena el Señor Ingeniero Avícola (¿o era Agrícola?). Pregunta de rigor. “¿Qué tal con el libro?”. “Bien. ¿Sabes donde conseguir el segundo?, porque está agotado en todas partes. Ayer fui a mirar en cinco librerías.” Entonces empecé a darme cuanta de que algo raro pasaba, porque no estabamos en Navidad, y según la perspectiva que la vida me ha concedido nadie (excepto algún caso clínico como el del responsable de esta página), repito, nadie, visita cinco librerías buscando un libro en particular a menos que sea Navidad o el cumpleaños del JEFE (con cuatro mayúsculas para que no se confunda con un simple Jefe o con un mísero jefe). Los síntomas eran los mismos: impaciencia, nerviosismo, poco interés en lo que sucedía alrededor y los incipientes signos de algún tipo de monomanía. Cuando volví a ver al Señor Ingeniero Agrícola, ya estaba más calmado, se había comprado los dos siguientes libros de golpe (y repito que no era Navidad) para no tener que esperar.

Estaba enganchado, eso quedaba claro. Y el Señor Abogado también Y la culpa, en parte era mía. Ya pueden discutir sobre los efectos nocivos en la juventud que mientras las autoridades competentes no se preocupen, este tipo de adicción puede golpear no sólo a los niños, sino a miembros capaces y productivos de nuestra sociedad, distorsionando su sentido de la realidad con fantasías escapistas y modificando tan radicalmente sus hábitos que ahora se enteran de las noticias por el periódico en vez de por la tele, atentando así contra las bases mismas de la estructura social y subvirtiendo el orden establecido. Una persona de mejores atributos morales que yo habría tomado medidas enérgicas y habría denunciado públicamente este terrible riesgo para la salud pública de niños y mayores. Lamentablemente, ya que reconozco mi baja estofa y catadura, creo que disfruto con el espectáculo.

Pero no acaba aquí la cosa. Lejos de estar contento con la degradación observada en los mencionados miembros productivos de la sociedad, buscaba nuevos horizontes de maldad. La ocasión se me presentó cuando un conocido mío, que da clases en un prestigiosos colegio de pago, me comentó que los niños a su cargo, entre otras cosas, querían ejecutar actividades relacionadas con la lectura de los libros de Harry Potter. Se enteró de que yo había escrito varias reseñas de los mencionados libros y las quería para dárselas a sus alumnos. A lo cual gustosamente accedí. Creo que así di forma a los peores temores de mi familia acerca de mi futuro profesional. No sólo había escrito sobre esos libros, sino que además distribuía tales escritos entre el alumnado de un colegio por mediación de un supuesto educador. Vamos, que estaba vendiendo droga a la puerta de la escuela, como siempre habían previsto que terminaría.

Eso sí, uno tiene un límite de depravación, y al menos yo no vendo móviles a los niños.

En cuanto al Abogado, he quedado con el mañana. Comprarse el libro no lo comprará, porque iría contra todos los principios morales instalados durante los años de duro aprendizaje de las leyes, pero el almuerzo de mañana le va a salir caro…

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