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M E N E T E K E L Anarquía en Escandinavia 30/07/2001 Troche, retroche Hay un pequeño valle en el Norte donde los inviernos son muy fríos y los veranos cortos e intensos, en el que la Naturaleza de la Catástrofe está a flor de piel: terremotos, maremotos, choques cometarios, hambrunas, erupciones volcánicas, tormentas apocalípticas y diversas variantes del fin del mundo. Hay olas enormes, naufragios e inmensas bestias voraces capaces de tragarse entero a cualquiera. (Incluso si has estudiado trigonometría hasta que se te ha quedado tieso el bigote, como le ha ocurrido al primo de alguien.) Hasta aquí el catálogo de desgracias impersonales de la Naturaleza para con los personajes que habitan en ese valle, pero, sorprendentemente, otros enemigos naturales odiosos de la fauna nórdica los conforman, en este caso, pequeños burócratas, burgueses de miras cortas, guardas de parques y jardines, cuerpos policiales represores (de un solo miembro, pero suele bastar) y entomólogos monomaníacos (por citar algunas de las variantes “silvestres”). Todo esto es lo que uno puede encontrar en la exquisita obra infantil de Tove Jansson, escritora recientemente fallecida, el pasado mes de junio, y a la que me gustaría recordar en el espacio de esta columna porque me ha acompañado durante años y años sin pedir demasiado a cambio. Tove Jansson ha sido para mí una lectura fascinante desde que leí el primer libro de la familia Mumin (editados en España por Alfaguara y Noguer). Hija de la artista Signe Hammarsten Jansson y del escultor Viktor Jansson, los personajes de la autora conocen el éxito internacional a partir de las tiras de cómic publicadas en el Evening News de Londres en 1954, continuadas luego por su hermano aunque los libros datan de años atrás. Jansson compaginaba la escritura (simple y directa pero con un humor a su manera trasgresor e idiosincrásico) con la ilustración de su propio mundo de ficción de una manera que pocos autores han conseguido. Pero quizás sea el contenido de sus libros lo que más merezca la pena recordar, más que la forma en la que están escritos. Lo que Jansson comunicaba al joven lector era bastante extraño: sus libros, fantasías infantiles, son pequeños panfletos dedicados a una concepción limpia, transparente y cálida de la anarquía más absoluta como valor personal a reivindicar. Al menos, por parte de algunos de los personajes. Si a esto sumamos la descripción de entidades con depresiones kirkegaardianas tan propias de ese Norte, representada a la perfección por Almizclero, el filósofo catastrofista de “la llegada del cometa”: “A un filósofo no le preocupa demasiado vivir o morir, pero con este resfriado no se qué va a ser de mí”; o “La Gran Catástrofe no me preocupa demasiado, pero cierto modo no me gustaría irme con el estómago vacío”. También hay incurables melancólicos que descubren que su verdadera pasión es representar tragedia jacobina llena de asesinatos y muertes (y cuanto más incomprensibles, mejor), como la Aflicta (un nombre precioso, piense en él cuando vaya a tener una hija) de “Una noche de San Juan Bastante Loca”; seres que intentan encontrarle sentido a un mundo que no parece tenerlo, como Discrecio (lo mismo que lo anterior, para cuando vaya a tener un hijo); o simplemente la caída en el vacío existencial que supone el descubrir la pequeñez de la propia existencia a través de la mirada invertida de un telescopio (“El firmamento es negro, es terriblemente negro”), entonces uno comprende que los libros de Jansson son posiblemente de los más extraños que se han escrito para niños. Por supuesto, el desasosiego existencial de los personajes dura lo que dura el problema, y al final éste se resuelve de una manera u otra. Pero esto sólo ocurre con las catástrofes naturales. Eso sí, la idiosincrasia de los personajes impregna toda la narración. Cuando recuerdo al personaje de la Pequeña May esperando encontrar un Bribón para deshacerse de él mediante la trampilla del teatro y diciendo: “los bribones pequeños son los mejores porque se rompen antes”, o el diálogo del mismo personaje con Sniff (el anarquista que espera asestar un duro golpe a la Autoridad): - ¿Dónde está tu mamá? - Se la comieron. veo que el desasosiego no abandona del todo la escena aunque la crisis no sea inminente. La segunda variedad de catástrofes, la que me interesa, nace de la interacción social entre los que detenta el poder (autoadjudicado en la mayoría de los casos) y aquellos que no. Y el conflicto se resuelve, normalmente, de manera en un principio expeditiva (aunque no haya violencia “per se”). Para eso existen los Melindrosos (en la traducción de Leopoldo Rodríguez Regueira de Alfaguara) en los libros de Jansson, la personificación del poder: pequeño, tonto, a veces bienintencionado pero casi siempre mezquino. Y en casi todos los libros de Jansson que se ocupan de la familia Mumin presentan ese enfrentamiento contra la figura de autoridad, con sus galones, condecoraciones, medallas y uniformes. De hecho, forman una especie diferente, en una suerte de configuración darwiniana del mundo en el que las especies evolucionan de acuerdo a imperativos sociales antes que biológicos. El resto del mundo contra los anteriormente mencionados Jemúlenes y sus pequeñas, grises y estrechas vidas. Anarquía en Escandinavia, sí. Y si a eso le añadimos que hace ya cincuenta años de la aparición de los famosos personajes de Jansson, ilustrados por ella misma, considero que Jansson, ganadora del premio de literatura Hans Christian Andersen, debería ocupar un lugar destacado en la historia de la gente que ha escrito ficción para niños. Al menos la escribió de manera diferente. Poniendo el mundo patas arriba. Dándole la vuelta a las cosas. Inundando la casa familiar y haciendo que Papá tenga que bucear a por el café. Dándole responsabilidades a los que normalmente no la tienen. Y castigando a los que se otorgan a si mismos el derecho a juzgar (mediante una buena sacudida eléctrica que les haga brillar los botones del uniforme). © Xavier Riesco Riquelme 2001 |
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