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Xavier Riesco Riquelme

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M E N E   T E K E L
Papa Noel desencadenado o El Nuevo Polifemo
04/01/2002

por Xavier Riesco Riquelme

Noto que se acerca la Navidad en cuanto tengo la desgracia de que me dejen solo con los sobrinos de mi novia y enseguida entro en un extraño trance de azafata de Iberia y me pongo de pie en medio de la habitación mientras gesticulo convenientemente para acompañar mis explicaciones:

-Hay cuatro enchufes en esta habitación, dos a cada lado (gesto de las manos hacia las paredes) y la puerta del balcón del fondo se abre tirando de la manija hacia abajo. Para asomarse al balcón mismo sólo hay que escalar un poquitito y luego doblar el cuerpo hacia delante una vez conseguida la posición correcta para ver la Cabalgata de los Reyes Magos. Si, seguro que pasan a esta hora. Por si quieren refrescarse, el baño se encuentra al fondo del pasillo y para llenar la bañera hace falta usar el tapón (más gesto indicando como se usa un tapón), -y unos cuantos más acerca de cómo transporta el radiocassette grande, conectarlo a la red eléctrica ( “Dios bendiga a Endesa, ho,ho,ho,ho,ho”) y disfrutar del baño mientras se escuchas “El Baile del Gorila” a toda pastilla (presumiblemente por última vez, en lo que a mis intenciones respecta). Aparte de las comodidades anteriormente citadas, también disponemos de un horno de gas convenientemente situado a baja altura donde pueden jugar al escondite con sus padres (“Nadie miraría en el lugar donde se está cocinando el pavo, ¿verdad?”) y varios otros lugares donde permanecer fuera de la vista de cualquier adulto que merodee por la casa por tiempo prácticamente ilimitado.

Lamentablemente, la llegada de algún adulto bienintencionado siempre interrumpe mis disquisiciones didácticas sin que ninguna de las bestezuelas tenga tiempo de seguir mis consejos y convertirse en candidato a los Premios Darwin (modalidad infantil) o al menos en una brillante anécdota (dependiendo de la intensidad de corriente, claro) que contar una vez que haya conseguido zafarme de los animalitos anteriormente referidos. Eso, si, luego de salir de la casa me cuento exhaustivamente los miembros y apéndices para ver si he perdido alguno en el fragor del combate.

La llegada de la Navidad viene precedida por una extraña sensación por parte de los pelos mi nuca. No, no es una sensación de peligro dictada por un sexto sentido, sino algo más prosaico: cuando veo el primer gorro de Papa Noel, los pelos de mi nuca se erizan como advertencia de que jamás, jamás, jamás, caiga en la tentación de ponerme uno de esos o mi propio cuero cabelludo procederá a autoescalparse en el más puro estilo hellraiser-cherokee.

Por si nadie se ha dado cuenta, (como Connie Willis cuenta en el casi único cuento potable de ese volumen de cuentos de Navidad editado por la Factoría), la Navidad es un proceso de invasión alienígena, por lo menos en lo que respecta a los gorros esos: al principio ves unos cuantos dispersos, luego unos cuantos más numerosos conforme se acercan las fechas y cuando el ambiente es lo suficientemente favorable, se atreven ya a corretear en manada abiertamente sin ningún pudor, y a entonar horribles cánticos de alabanza al Señor del Invierno en cuanto coinciden más de cinco en una esquina.

Cada uno de ellos portadores de un parásito cuyo rasgo más descriptivo es esa bola colgante y convertido en los ojos de esa indescriptible figura que gobierna con mano de hierro (desde hace poco en este país, pero de rápida implantación) las festividades de invierno. El Ogro definitivo es Papa Noel (o Santa Claus, si lo prefieren, para más datos consulten La felicidad de los ogros de Daniel Pennac, y váyanse al infierno por su ignorancia si no se leen ese magnífico manual de autodefensa navideña), anulador de voluntades y sentidos del ridículo. Y lo peor de todo es que no hay forma de escapar de su constante vigilancia mientras está en el cenit de su poder, mires a donde mires, si sales a la calle te encontrarás a uno que te vigila. Desconfía, esa es la base de la supervivencia Navideña: cada extremo de esa cosa roja es un ojo borlado que pertenece al nuevo Polifemo de muchos ojos.

Así están las cosas, pero ¿Cómo defenderse?.

Bueno, voy a proponer unos cuantos métodos acordes con mi carácter y con el carácter de esta página. Normalmente procuro que la llegada de la navidad me coja con un libro de Clive Barker entre las manos, o una película vídeo de John Carpenter (por cierto, ¿sabe el Gobierno de la existencia funcionarios adictos a las pelis de Carpenter que trabajan solapadamente en las sombras como si fueran ciudadanos normales?, en caso negativo, aprovecho estas páginas para denunciar el daño físico y moral que de eso se desprende. De nada, Abraham.).

Pero como hace tiempo que no se publican las obras de Barker y Carpenter parece que no pasa una buena racha –cuenta con toda mi admiración, que yo soy un depravado de conciencia tranquila y no oculto nada- habrá que ir a cosas más modernas como munición. Yo propondría comprar y leer (y regalar a todo incauto que pille usted, lector) From Hell de Alan Moore y Campbell. Si con eso no se cura uno de Navidades es que los cilios del parásito han llegado profundamente por debajo de su cuerpo calloso (hasta por lo menos las gónadas, diría yo) .

El único problema conocido es que después de unas cuantas lecturas el infortunado lector podría acabar vestido con levita y chistera intentando abrirle la garganta en los aparcamientos del local al desgraciado que hace de Papa Noel en unos grandes almacenes al grito de “¡Solo puede quedar un arquetipo patriarcal dominante!”. Aunque claro, a lo mejor por un casual pilla al verdadero y salva usted al mundo, lector (aunque no se…, dicen que el verdadero es muy bueno con el machete) del Tirano Rojo.

En segundo lugar, recomiendo leer, releer o (ya que ha hecho la película para los que no pasan de la página cien puedan enterarse de qué va) ir al cine para ver El señor de los anillos. Parece mentira, pero tenía que ser un católico romano reaccionario y medievalista como Tolkien el que hiciera la más certera descripción del Enemigo que me ocupa en su obra más conocida: A ver, ¿quién va regalando baratijas por ahí en la Tierra Media? ¿Quién vive en un país lejano y árido y tiene espías que le informan de todo lo que ocurre en el mundo? ¿Quién tiene talleres llenos de no-humanos bajitos con orejas puntiagudas que construyen cosas para Él? ¿Eh? Evidentemente, Sauron no es más que otra encarnación del Ogro de las Navidades, pero descrita por el venerable Tolkien tal y como es en vez de esa propaganda benévola y atontadora con la que nos bombardean constantemente. A Tolkien posiblemente le advirtió del peligro su educación clásica : “Timeo Danaos et dona ferentes” , con “T” de Tragicomix. Aunque el propio Tolkien participó activamente (posiblemente bajo amenaza de muerte) en la creación de la leyenda popular con sus Cartas de Papá Noel, eso no le exime de haber descrito perfectamente la naturaleza malvada que rodea todo el asunto.

Aparte de eso, el hecho de que la mayor parte de los Anillos los lleven hombres ataviados de negro y esa parte de “atarlos en las tinieblas (…) dominarlos (…) en la Tierra de Mordor donde crecen las Sombras” me suena a que Mordor es en realidad el nombre de un bar de ambiente Sado-Macho con amplios cuartos oscuros y Frodo una metáfora de los sueños pedófilos del Ogro (bajito y aniñado, hala, ustedes sabrán que hacen diciéndole a los niños que Papá Noel es su amigo). Pues ya saben, aunque parezca mentira, contra la invasión, El señor de los anillos, que nos da varios ejemplos de resistencia heroica contra los regalos indeseados y la conformidad generalizada.

Yo, por ejemplo, voy declarar que mi cuarto es Minas Tirith y que no me rendiré aunque me tiren las cabezas de mis familiares con gorros de Papá Noel cosidos a la piel.

Bueno, eso tampoco estaría tan mal, teniendo en cuenta como es mi familia, lo que me lleva al siguiente punto de este manual de autodefensa navideña: Maus, recientemente editado en un solo tomo en español y una obra maestra del cómic, aunque, eso si, debo añadir que “Soy algo con traducción páginas determinadas descontento la”, pero que se le va a hacer, parece que tuvieron problemas al sacarlo y la confusión entre “ser” y “estar” lleva a cosas tan graciosas como “Estamos Judíos”. Con Maus en la mano, uno entiende dos cosas: lo complicadas que son las relaciones familiares (la del narrador con su padre) y que posiblemente gran parte del inmerecido rencor que siempre han suscitado los judíos en Europa y otros sitios es que no celebran la Navidad, (a South Park me remito, como ejemplo) y por tanto había que castigarlos de forma especialmente cruel para compensar.

Maus sirve perfectamente como guía de supervivencia frente a las reuniones familiares navideñas (aunque en estas sí se coma… y mucho), al mismo tiempo complicadas y castigos terribles por crímenes de los que no tengo idea haber cometido, aunque supongo que en mi caso es castigo del tipo preventivo. Tan preventivo que hasta después de un par de semanas de pasadas las Navidades no hago nada, ni acciones malvadas ni de las otras, de puro agotamiento psicológico. Me dirán mis conocidos que lo que pasa es que NUNCA hago NADA, ni bueno ni malo ni siquiera regular, pero mi excusa es que vivo en constante terror del castigo que ya me han infligido, aunque estemos a 25 de Agosto (de solo pensar en lo que se avecina …).

Bueno, con esto termino, que ustedes pasen lo que queda de la forma menos horrorosa posible.

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