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M E N E T E K E L Things that go bump in the night 02/08/2002 From ghoulies and ghosties Cosas que hacen ¡bum! en la noche. Aparte de padecer un problema de ansiedad bastante poco molón, hace un tiempo que siento exactamente como debían sentirse los escoceses de hace mucho para acuñar una oración tan singular, con un curioso tono humorístico, como esta que dice algo así como: De espectros y fantasmas Curioso, ¿no? En vez de pedir protección contra los poderosos, las enfermedades, el hambre y la falta de dinero, se dedicaban a pedir refuerzos divinos contra cosas que parecen bastante insustanciales a la luz del día pero que de repente cobran fuerza y vida propia cuando la luz se va. Supersticiones, dirán algunos. No estoy de acuerdo: esta gente sabía el verdadero significado de la práctica conocida como rezo: la protevción frente a lo imponderable, que del resto ya se encargaban ellos (con mayor o menor suerte). Bueno, y ¿qué es lo que me hace sentir así? Pues eso, cosas que hacen ¡bum! por la noche, aunque ocurran a pleno día y entonces es cuando uno descubre que las oraciones convencionales que apelan a la bondad del todopoderoso y todo lo demás no funcionan demasiado bien en el mundo moderno, así que empieza a ser preferible recurrir a otros medios que incluyan elementos no convencionales. Propongo una revisión de los libros de salmos para incluir todas esas cosas que actualmente son parte de la vida y con las que tenemos que lidiar todos y para las que no hay fórmula previa establecida de dirigirse al Hacedor de Todo lo Creado. Para empezar, cuando uno tiene un accidente de tráfico. Ejemplo: acabábamos de dejar a un amigo en el aeropuerto y volvíamos por la autopista. Al tomar una curva los ocupantes del coche (el conductor y dos paquetes entre los que me incluyo en todas las acepciones de la palabra) observamos a un tío vestido con un mono galáctico que llevaba algo parecido a un sable láser haciendo señas. Antes de que mi cerebro se pudiera hacer cargo de la situación (un empleado de ambulancia señalizando un accidente), algo nos hace ¡bum! por detrás y envía el vehículo de mi amigo dando una vuelta entera a estrellarse de lado contra la mediana de la autopista (lo cual nos permitió durante un segundo o dos tener una perfecta visión de unas cuantas luces a toda velocidad dirigiéndose a nosotros en trayectoria de colisión, para continuar con el símil galáctico). Baste decir que salimos del paso sin chocar con nada más (aunque tuvimos que volver atrás en nuestra rauda huida en busca del otro pasajero algo impedido por una todavía reciente fractura de pierna, y que incidentalmente es novia y todavía no me ha perdonado la súbita celeridad de mis propias piernas). Una vez situados todos los accidentados a un lado de la autopista (más estrecha que las de la península que si no todavía nos comemos otro coche) y una vez que repartí todo el chocolate que tenía encima (de comer) entre los asistentes al acto (generando una nueva leyenda urbana, la del tío que reparte chocolate en la curva de la carretera y desplazando sin remedio a la provocativa chica muerta al limbo de los justos), nos enteramos que el embestidor trasero que nos sacó de nuestra rutina era, de entre todas las posibilidades, un policía que acababa de salir de trabajar, lo que me da pie a la primera frase de mi oración ajustada a los tiempos que corren: De la policía en mi retaguardia, sálvame Señor. Lo cual se debe ajustar bastante a lo que debía pensar mi padre en sus años mozos y todavía tenía fuelle para correr delante de los grises, pero los tiempos cambian y las oraciones con ellos que es mi propósito de hoy. De hecho, mi abuelo podría haber rezado con bastante razón “De los submarinos alemanes sálvame señor” sino fuera porque es un vejete ateo y bastante poco dado a compromisos con los poderes espirituales del mundo. Lo cual me lleva directamente al segundo punto de este delirio. Mi padre ya pasó sus tiempos de agitación y peligrosidad politicosocial (me pregunto que habrán hecho con su expediente), pero va y se le ocurre la genial idea de montar una ONG de ayuda al tercer mundo con un colega. Así que van estos y envían a cuba un biorreactor para un programa de creación de nuevas variedades de arroz. Al menos ese programa parece que funcionó, porque mi padre comenta algo de vez en cuando sobre el fracaso una variedad de langostas con el mismo tamaño de cabeza y el doble de cuerpo. La biotecnología es una cosa maravillosa y no quiero siquiera plantear aquí las posibilidades de ese (fracasado o no) programa en concreto (pero la imagen de unos crustáceos cubanos gigantes llegando a las costas de Florida para pedir asilo no me deja en paz un solo momento). La cosa iba bien hasta que de repente, en plena psicosis de terrorismo mundial, el gobierno estadounidense empieza a dar la lata sobre el peligro de armamento bacteriológico y biológico en la mencionada isla americana (coincidiendo con la visita de Carter que tan mal sentó a la administración Bush). Así que cualquiera que se preocupe de rastrear la infraestructura de determinados programas e instituciones del estado cubano acabará llegando hasta mi domicilio paterno (donde incidentalmente resido), con la lógica y subsiguiente declaración a os ojos del altísimo: De que la CIA lea mi correo electrónico, sálvame Señor. No acaban aquí las cosas. Hace relativamente poco el balcón de mi casa se convirtió en televisor: escenas que uno espera ver en el noticiario de la tarde o en la CNN se desarrollaban ante los ojos de los habitantes de mi calle. ¿El motivo?. Una súbita tormenta que inundó literalmente la ciudad donde resido y que pasará a los anales por su intensidad, violencia y por haberse cobrado ocho muertos. Una aclaración necesaria es que la palabra microclima se inventó para describir la situación climatológica de las Islas Canarias, por lo que cuando digo la ciudad, es estrictamente casi el término municipal de Santa Cruz de Tenerife, ni más ni menos. De hecho hubo gente que no se enteró de lo que sucedía pese a las llamadas a móviles de familias, amigos, conocidos o mascotas domésticas porque estaban tomando el sol en la playa o bañándose unos cuantos kilómetros más allá donde brillaba el sol, abundaban los turistas y los precios eran, en general, mucho más caros. Mientras los que no salimos en domingo soportábamos una tormenta eléctrica, privaciones varias y riadas en las escaleras debido al ineficiente desagüe de las azoteas. Tal fue el pánico y malestar general (completamente comprensible) que alguna gente llamó a la radio preguntándose si no era una maldición para acabar con la ciudad, momento en el que se me pasó por la cabeza la idea de una antigua maldición guanche y que las momias del museo etnográfico se levantaran para partirle a la gente la cabeza con las piedras de moler gofio y/o amenazarlas con votar en masa a los partidos nacionalistas canarios. La causa del desastre está sin determinar y opiniones hay muchas, que si la gota fría, el cambio climático, no ir a misa los domingos o el futuro descenso a segunda del Tenerife F. C. Eso si, la idea de que esto se convierta en zona de monzones me lleva a imaginar un futuro no muy lejano en el cual todos paleamos mierda de búfalo en los arrozales a las faldas del Teide, no tenemos tolerancia a la lactosa y componemos haikus en vez de isas o folías (yo creo, sinceramente, que sería un avance teniendo en cuanta como es la música folklórica por aquí). Pero nada de eso me asustó de verdad, aunque fuera incómodo e incluso violento. Lo que realmente me causó impresión fueron las declaraciones de uno de nuestros políticos locales “Me da pena que en estos tiempos se pueda enviar un hombre a la luna y o se pueda prever esto”. Joder. Las matemáticas necesarias para pegarle un tiro en la cara al Hombre de la Luna se conocen desde los tiempos de Newton, más o menos unos trescientos años (bueno, reconozco que enviar a alguien y que llegue VIVO es un poco más complicado, pero que más da), mientras que la comprensión de sistemas caóticos como el clima está todavía en pañales porque, simplemente, se carece de las herramientas los suficientemente potentes como para crear modelos predictivos. Así que lo que realmente me sobresaltó (otro ¡bum! en la noche), es ver a un político opinar sobre tecnología y ciencia. Así que concluí con un estremecimiento: De las matemáticas de los políticos, sálvame Señor. Supongo que lo que pasa es que un político es alguien que puede ir por la vida con aprenderse una sola operación matemática, que suele ser la sustracción y no necesita saber nada más. En cambio a mí, empezar a colgar constructores en las farolas me parece una acción preventiva mucho más adecuada frente a catástrofes como esta. Sin embargo, aún hay más. El día puede convertirse en noche de repente y algo hacer ¡bum! desde la dirección más inesperada. El otro día tomándome un café tranquilamente con el abogado adicto a Harry Potter empieza a sorprenderme un discurso proveniente de la mesa de al lado. Intenté taparme los oídos pero no hubo manera. Más o menos era algo así: “Es que ya no hay valores y la gente no lucha por sus valores, y claro, por eso Europa está tan mal como los países nórdicos donde dejan casarse a los homosexuales y adoptar niños y no respetan la familia y por eso, como no hay valores se suicidan tanto. Si tu tuvieras un hermano con depresión y tu estuvieras casado y supieras que tu hermano te admira por estar casado y formar una familia, tendrías que seguir casado para dar ejemplo a tu hermano aunque tu matrimonio fuera una mierda, para dar ejemplo.” Ante tal ataque yo casi estaba dispuesto a empezar a luchar por mis valores como sabiamente me indicaban atacando al orador con un cenicero macizo y acallando tranquilamente la perorata en nombre de MIS valores, pero siguiendo el ejemplo de Voltaire dejé el asunto correr. Una opinión no merece una pelea (otra cosa son los hechos). Lo que verdaderamente me sobresaltó como una agresión protagonizada por las entidades sobrenaturales a las que alude la oración escocesa es que tantas gilipolleces (en mi opinión) provenían de un grupo de gente bastante más joven que yo. Y sigo opinando que debía haber un componente sobrenatural, puesto que aún me tropecé con el mismo grupo una o dos veces más a lo largo del día. Así que: De las juventudes progresistas, líbrame Señor.
Y ya para terminar con mis oraciones, comentaré mi último sobresalto. Esta vez en una sala de cine, un lugar que presupongo aislado de todo conflicto o desastre Ingenuo de mí. Cada vez me encontraba más incómodo mientras la proyección avanzaba. Escenas de amor empalagosas como dirigidas por James Ivory entripiado, con actores cuya actuación le da mal nombre al cartonpiedra. Peripecias más visuales que emocionantes. Y de postre, la Rana Gustavo contra el Conde Drácula en un duelo psicotrópico (bueno, esa parte me gustó por lo surrealista). Así que caí de rodillas y exclamé: Del Ataque de los Clones, sálvame Señor. © Xavier Riesco Riquelme 2002
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