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O P I N I Ó N
Harry Potter y la caverna de Saramago
12/03/2001

por Pedro Jorge Romero

Leo con asombro en la página web de El mundo como Saramago opina sobre el fenómeno de Harry Potter. Comienza admitiendo que no ha leído los libros para luego afirmar que, según lo que le han contado, esos libros "no son muy diferentes de un anterior tipo de libros de éxito, como El señor de los Anillos". A continuación, relaciona la serie de Harry Potter con un deseo de contacto con lo sobrenatural y achaca a ese detalle su éxito, para acabar nombrando las sectas religiosas.

Dejando de lado las posibles interpretaciones periodísticas (después de todo, son comentarios extraídos a su vez de una entrevista periodística) no dejan de ser declaraciones interesantes. Esperaba que un extraordinario escritor, que ha dedicado su carrera a mostrar aspectos incómodos de la realidad y a luchar contra las diversas cegueras de nuestra sociedad, defensor valiente de más de una causa perdida y voz necesaria en la conciencia de nuestro tiempo, se mostrase más cauto al hablar de lo que no conoce.

Percibir la realidad tal y como es no se le ha concedido a ningún ser humano (a menos, claro, que creamos a los místicos) pero de ser posible, sería la visión real del mundo, el grado cero. En verdad, como mucho, sólo podemos percibir los objetos del mundo, las sombras de los arquetipos sobre las paredes de la caverna platónica. Nos alejamos con ello un grado de la realidad. Percibir el mundo basándose en lo que otros nos dicen nos aleja más de la realidad. Nos separa, digamos, dos grados.

Es curiosa esa visión que puede tener un intelectual del atractivo de esos libros. No se piensa, por ejemplo, que el éxito de la serie de Harry Potter se deba a que son libros entretenidos y apasionantes, muy cuidados literariamente, que se dirigen a su audiencia sin paternalismos y que se muestran respetuosos con sus lectores al no ocultarles la realidad del mundo (de hecho, el último volumen, Harry Potter y el cáliz de fuego, no vacila en introducirse en territorios claramente bélicos, creando una atmósfera paranoica que deja al lector en un estado de absoluto desasosiego). Un mundo que no es exclusivamente deprimente, triste y amargo como lo pinta Saramago, sino donde hay un poco de todo, traiciones y pesares, pero también alegrías y triunfos.

No puedo dejar de pensar que Saramago se ha limitado a ponerse unas anteojeras para encerrarse en una caverna más profunda que la de las sombras platónica. No es el único, y ese refugio parece ejercer un irresistible atractivo sobre muchos intelectuales.

El éxito es siempre sospechoso. Si el pueblo llano empieza a leer con avidez un tipo de libros en particular, eso implica automáticamente que hay algo malo en ellos. No se juzga la obra en concreto. Ese elitismo parece ejercer un esfuerzo irresistible sobre el intelectual, temeroso quizá de pies sucios invadan el espacio que hasta hace poco les pertenecía en exclusiva. No se acercan al objeto para verlo de cerca, sino que huyen veloces a contemplar las sombras de las sombras.

Y a pesar de eso, quizá porque esperaba más sentido de un periódico que ha demostrado en más de una ocasión su compromiso con la cultura, me sorprendí al leer la edición del domingo 11 de marzo de El País y encontrarme un texto titulado "Harry el limpio" que resume perfectamente ese tipo de pensamiento. Se trata de una crónica sobre la presentación del cuarto libro en Barcelona y uno esperaría que tal hecho no presentase ningún problema.

Pero, aparentemente, Harry Potter es malvado. ¿Son malos libros y los niños no deberían leerlos por eso? No, "Potter son historias bien construidas, con tramas bien construidas, que han cambiado completamente los hábitos editoriales y de recepción en la literatura infantil", se nos dice. Entonces, ¿por qué? Porque los niños desean leerlos. Son libros sospechosos precisamente porque tienen éxito. O mejor, si tienen éxito y los niños quieren leerlos, será que tienen algo malo y habrá que buscarlo. Y los culpables son los chicos por leerlos, los padres por permitirlo y los demás adultos por no impedirlo.

Más aún, si los libros de Harry Potter tienen muchos lectores, quizá leer en el fondo no sea tan bueno. Porque claro, si con libertad para leer leen Harry Potter, a lo mejor leer no era cosa tan buena. E hilando con pulso firme se llega a la conclusión: "Potter quizás ejemplifica el valor de la cultura por aquí abajo. Es decir, es positivo, como la cultura se ha decidido que sea siempre positiva, que sea un valor en sí mismo y que no conlleva polémicas. Leer es bueno y los papás están muy contentos porque sus hijos leen". Y para que quede claro, se lanza el peor insulto que se les puede ocurrir, en los últimos dos años, a los intelectuales en la estela de Saramago: globalización.

Globalización, convertida ahora en palabra sucia, torna automáticamente en sospechoso cualquier producto. No se juzga por ejemplo, si tal o cual aspecto de la globalización es bueno o malo, sino que se mete todo junto en el saco del automatismo censurador, lo que ahorra la necesidad de la reflexión. Y si encima se le puede acusar de políticamente correcto, ya hemos conseguido combinar los dos grandes fantasmas que recorren Europa. Suena un poco a aquella época en la que bastaba tildar de comunista para convertir en malvado.

Lo malo, claro, no está en que se critiquen los libros de Harry Potter (que como todo texto público están sujetos a crítica y si a alguien no le gustan tiene toda la libertad para decirlo), sino que se dejen de juzgar las obras en sí, y que, para poder desconfiar de ella, se llegue incluso a desconfiar de la lectura. ¿Por qué ese elitismo? ¿Por qué buenas novelas no pueden ser éxitos de ventas? ¿Por qué es Harry Potter un ejemplo malvado de globalización y no lo eran las novelas de Guillermo o las historias de Enid Blyton?

Y sin embargo, los libros de Harry Potter se siguen vendiendo, ajenos a lo que digan desde la caverna. Y muchos que reconocen sus valores, por diversas razones. En mi caso particular, he leído los cuatro libros y me parecen novelas magníficas, que cada vez se apartan más del mundo infantil y se acercan más a problemas adultos. Son libros que no se leen con facilidad y que exigen concentración por parte del lector, y más de un lector que no esté acostumbrado a leer. Fui profesor, y sé lo que leían mis alumnos de 15 años, conozco sus problemas para comprender incluso el texto escrito más simple y por esa razón me parece milagroso que un chico o una chica pueda leerse el mamotreto de 640 páginas que es Harry Potter y el cáliz de fuego y disfrutarlo. No es fácil iniciar a la lectura, y menos con tochos de semejante tamaño. Los libros de Harry Potter lo han conseguido, y es mérito de una autora que ha sabido conectar con sus lectores; una habilidad que ya hubiese querido para sí este ex-profesor.

Por suerte, hay mucha gente que lo ve así. Volviendo a El mundo, tenemos el texto de Manuel Hidalgo. Evaluando con objetividad el fenómeno, concluye que el éxito de Rowling está en conectar con sus lectores, en haber descubierto la voz adecuada para dirigirse a ellos. Y también reconoce que si los libros de Harry Potter fomentan la lectura, y aunque ese fuese su único mérito, bienvenidos sean. Y lejos de llegar a desconfiar de la lectura, termina con una frase sensata: "Para papás desesperados porque sus hijos pequeños no leen, un consejo: Harry Potter".

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