A principios del siglo XXI un grupo de perros "monstruosos" desembarca en Nueva York. Perros que caminan sobre sus patas traseras, tienen manos mecánicas y sintetizadores de voz que les permiten hablar. Y además van vestidos a la moda prusiana del siglo XIX. Si esto no basta para calificarlos de monstruosos, ¿qué lo es? Sin embargo esta no es una novela de choque cultural o de adaptación a otras especies inteligentes. Es una fábula, algo así como ciento cincuenta criaturas de Frankenstein haciendo Rebelión en la granja. La novela está estructurada de forma que el narrador principal -Cleo Pira, una urbanita del próximo siglo- nos narra de una forma detallada los últimos días de una raza que no debió de llegar a existir. Junto a esta voz principal encontramos fragmentos de diario del genio que inspiró la creación de los Überhund -un chalado prusiano del siglo XIX que consiguió crear una comunidad entera dedicada a la visión de su vida, sólo para tener éxito casi doscientos años después- y las própias voces de los perros, especialmente la de Ludwig Von Sacher, el único historiador de su especie, y particularmente la obra de teatro escrita por un dramaturgo canino que se encuentra en el centro del libro donde se narra de una forma bastante shakespeariana la rebelión de los perros monstruosos contra sus amos. El resto de la historia tiene una estructura que parece sacada de Poe, de esas familias -como en la Caída de la casa Usher- de estirpes condenadas a desaparecer en sufrimiento y decadencia, enfermas no de males físicos sino espirituales. De hecho, siguiendo con la estructura gótica de La casa Usher, el final de los perros monstruosos transcurre en el ambiente opresivo de un castillo construido como una copia el Neuschwanstein del Rey Ludwig II de Baviera, un homenaje a la locura y a la muerte disfrazado de cuento de hadas. Desde un principio, se deja claro que los perros monstruosos no pueden existir. La ciencia que los creó es imposible, un delirio de hace doscientos años que de repente encuentra encarnación física para pasear a plena luz del día. Los perros son anacronismos, como lo demuestra su aceptación de la moda y el lenguaje de una nación europea que ya ni siquiera existe como tal. El impulso que los creo pertenece al pasado, y sin ese impulso, los perros están condenados a la extinción. ¿O no?
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.