Las naves del tiempo
Stephen Baxter
Ediciones B. Colección Nova éxito nº 11. Barcelona. Noviembre 1996. Título original: The time ships (1995). Traducción: Pedro Jorge Romero. 434 páginas.  ISBN: 84-406-6788-4
Valoración: 4.5
Impreso de http://www.archivodenessus.com/rese/0114/

por Xavier Riesco Riquelme

Éste es uno de esos libros que se producen una vez en una década -de la misma forma que La máquina del tiempo de Wells fue único en su tiempo. Y esta referencia a Wells no es gratuita. Este libro es la continuación autorizada de la novela de Wells, cien años después. Y es precisamente este carácter único de ser un libro que intenta abarcar un salto de cien años el que hace de él una obra maestra. El viajero del tiempo de Wells se prepara para terminar aquello que dejó incompleto, para llevarse la sorpresa de que son sus puntos de vista, eminentemente victorianos, los que no van a sobrevivir a la experiencia. Como lo harían los nuestros si fuéramos el viajero y dentro de cien años -citando el extracto de la conferencia de Pedro Jorge Romero que aparece en la introducción de Miquel Barceló- se hubiera escrito este libro.
El primer problema que el viajero del tiempo tiene es que -desde la perspectiva moldeada por la física cuántica en la novela (y por toda la literatura de ciencia ficción de este siglo)- la historia no es lineal: no le es posible volver al punto de partida ni visitar dos veces la misma historia. El segundo problema es que el viajero del tiempo es una víctima de la mecánica clásica y debe aprender dos tipos de relatividad: la einsteniana y la cultural -los Morlocks que encuentra en su segundo salto al año 802.701 no son las entidades malvadas y subhumanas de La máquina del tiempo, e incluso éstos, al final son considerados de otra manera por el viajero (la vida no es blanco y negro, sino de un gris blancuzco, color Morlock). Y el tercer problema es el de lidiar con la naturaleza múltiple del universo, con las posibilidades y la mecánica cuántica que le bombardean -a veces literalmente, como en su expedición al Paleoceno- continuamente para ofrecerle perspectivas enormes con la que no se siente a gusto, con las que no puede sentirse a gusto siendo un hijo de la revolución industrial y de la reina Victoria. Y aún así, éste es el detalle humano y más inteligente de la obra, persevera en encontrar explicaciones, en adaptarse a las situaciones más extremas. Un ejemplo de como estas conclusiones, partiendo de un punto de vista completamente comprensible y llegando a una conclusión completamente errónea, es la frase sobre el espejo en la Luna: el viajero del tiempo cree comprender que es un sistema de señales para la Tierra, mientras el lector inteligente comprende que se trata de un enorme calentador. La situación no deja de tener gracia. Sin embargo no está del todo mal preparado. Darwin, aunque la evolución sea contingente, azarosa y exenta de todo significado, ofrece un mantra al viajero del tiempo:

"A juzgar por el pasado, podemos suponer con seguridad que ninguna especie viva transmitirá su forma inalterada al distante futuro..."

Este mantra -y algunas otras cosas, como extraños amigos- son lo que mantendrá al viajero del tiempo esencialmente cuerdo durante todo su periplo. Si en La máquina del tiempo el viajero visitaba el horrible futuro de la Tierra en lo que él cree que es el fin de los tiempos, aquí emprenderá expediciones en el sentido opuesto para asistir a asombrosas revelaciones.
En otro orden de cosas, la novela en su conjunto es un artefacto delicadamente balanceado -como la propia máquina de cuarzo y latón del viajero- que cierra no círculos sino espirales (que pueden pasar varias veces por la misma recta, si consideramos la historia como la multiplicidad de rectas divergentes de un mismo punto), escapando a las formas obvias de la literatura del viaje temporal. También se habla de paradojas, pero la solución es elegantemente brillante, considerando que las paradojas temporales no son tales si está implicado un "orden más alto" en el que la suma de historias permanece constante: dos viajeros del tiempo en la misma habitación mas las habitación vacía en la que tendría que estar uno de ellos para que no se produzca una paradoja sigue siendo una constante.
Pero quizás lo mejor de todo sea la novela como homenaje a Wells. Las situaciones, la temática, los nombres, las alusiones... todo está sacado de Wells o de su entorno, o hace referencia a situaciones previsibles dentro de la literatura de Wells. Y los cameos de personalidades son increíbles: la mención de un Orwell corresponsal de una guerra que nunca existió, un nuevo contexto para los versos de T. S. Elliot, el juego especulativo de Kurt Gödel que alcanza a llegar allí donde el viajero apenas puede. Y, por encima de todo, el capítulo final. Wells, en realidad, empieza la novela y la termina casi con su propia pluma y letra. Todo encaja en una de las novelas más inteligentes que he tenido ocasión de leer Y el estilo propio del señor Baxter es increíble. Cuando una situación parece que ha llegado a su límite, entonces aparece una nueva completamente inesperada que, sin convertir la novela en una sucesión de tours de force, hace que sí sea un calidoscopio de ideas.
Eso sí, no se le ocurra leerla sin haber leído La máquina del tiempo.

Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.