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Diaspora
Greg Egan
SÓLO SÉ DE otro escritor capaz de hacer lo que hace Egan al principio de Diaspora. Y ese otro lleva un buen montón de años muerto. Egan comienza esta novela magistral con un cuento corto adaptado a la estructura de la obra, "Orphanogenesis". Una lectura realmente dura en la que se comenta como en una sociedad post-humana se genera espontáneamente un nuevo ciudadano a partir de un programa de psicogénesis. Durante varias páginas del relato este lector no acertaba a comprender qué era lo que estaba ocurriendo, hasta que vino en mi ayuda mi experiencia con los graduados de psicología de mi universidad y de repente me comprendo: está describiendo una analogía informática de la aparición de las redes neuronales en el cerebro humano usando el modelo de conectividad de Minsky. Entonces el sentido aparece repentinamente y lo que describe Egan es al mismo tiempo un proceso vulgar -todos lo hemos hecho cuando hemos crecido e incorporamos el "yo" como identificador personal- y glorioso- la primera mirada al mundo que termina construyendo el mismísimo mundo dentro de nuestras cabezas. No importa qué mundo sea, o, en el caso de Egan, que el personaje carezca de "cabeza" propiamente dicha, siendo un habitante, y una creación de un entorno virtual en el que es muy fácil caer en la trampa de los solipsismos más radicales. El otro escritor al que le he visto hacer algo parecido es James Joyce. En Portrait of the Artist as a Young Man, Joyce utiliza la técnica de flujo de consciencia para describir al principio de su obra autobiográfica como las diferentes impresiones se enlazaban entre sí cuando se enfrentaba a determinados estímulos (humedad, frío, blanco, lavabo...) y como reaparecían cada vez que ese mismo estímulo volvía a presentarse, mediante la iteración de los mismos elementos dando una descripción de la realidad mental del sujeto antes que una descripción objetiva de hechos. Joyce toma esta técnica de los freudianos y su asociación libre de ideas. Pero el modelo de redes neuronales es el descendiente lejano de esa misma idea, y por lo tanto Joyce como Egan comparten algo que los hermana pese a lo radicalmente distinto de sus literaturas: la incorporación de ideas sobre la naturaleza de la mente como parte de la obras que escriben. La diferencia es que en el caso de Joyce se convierte en una técnica que le permite explorar la literatura mientras que Egan lo convierte en la escritura misma de la novela. Y claro está, Egan puede ir mucho más allá que Joyce en ese sentido (aunque Joyce fue más allá que nadie en casi todos los demás sentidos). Y cuando creemos que este cuento ha terminado, Egan continua su exploración: una cosa es un conjunto de redes neuronales simuladas y otra cosa un ser consciente de sí mismo. Ése es uno de los grandes problemas de la neuropsicología actual, y el mérito de Egan está en tratar ese problema que ocupa libros enteros en una ficción de unas cuantas páginas. Y salir victorioso del intento. La conclusión de este magnífico cuento no es una repentina revelación, sino una aceptación. La autoconsciencia descrita por Egan ocurre entre página y página, tan repentinamente como debe ocurrirle a los bebés: de repente el mundo encaja en su sitio y sabes que el discurso de tus mayores no va dirigido al gato de la casa, a la silla o al televisor, sino a ti. Y esto es sólo el principio. Egan abandona la neuropsicología de simulación de inteligencias para moverse después hacia la astrofísica, hacia la exobiología, la física de partículas. Y más tarde presenta una cosmogonía que hace que casi todo lo que se haya visto en el género hasta ahora palidezca en comparación. El universo que Egan describe es un universo que se revela repentinamente hostil a la vida, incluso a la de los protegidos ciudadanos de las polis, los entornos en los cuales viven las inteligencias post-humanas que, involuntariamente y muy a su pesar, heredaran la Tierra: Un inexplicable suceso astronómico que afecta a dos estrellas de neutrones borra toda la vida sobre la faz de la Tierra, incluyendo a aquellos descendientes de los humanos que aún prefieren seguir encarnados en seres de carne y hueso. Entonces comienza la Diáspora: la expansión por la galaxia en busca de dos cosas 1) un lugar seguro donde vivir en un universo como mínimo indiferente ante la vida y la inteligencia y 2) una teoría física que explique el misterioso desastre que ha acabado con las civilizaciones biológicas en la Tierra; en competición directa con la otra civilización post-humana superviviente, los gleisners, también inteligencias artificiales de origen humano pero que prefieren correr en hardware robótico que interactúa con el medio -androides- antes que hacer como los puramente simulados ciudadanos de la Coalición de Polises. El peligro para los Ciudadanos es el de caer en las fantasías solipsistas a las que sus entornos simulados pueden conducirles fácilmente... el peligro para los gleisners es su ceguera para lo que está más allá de la simple ingeniería... magníficos constructores y capaces de planificación por largo tiempo, fracasan porque su mirada al universo está limitada por la carne que pretenden emular. Lo que encuentra la Coalición supera todas las expectativas. De los lectores y las de los personajes, embarcados un viaje de exploración y descubrimiento que haría que el cerebro de Spock le goteara por las puntiagudas orejas. Egan se inventa toda una descripción física del universo que es al mismo tiempo aterradora y maravillosa, llena de gloria y de desastre. La Coalición gana a los gleisners en descubrir la primera forma de vida alienígena, y aquí Egan canibaliza otro cuento corto ya publicado, "Wang´s Carpets". Es aquí donde verdaderamente se ve como funciona la novela: un descubrimiento lleva a otro, y las hipótesis se generan, se prueban y ganan o se descartan conforme la complejidad del universo de Egan se va expandiendo, ganando fuerza y sentido de la maravilla. En este caso la decepción de la Coalición ante la primera vida extraterrestre es evidente: un montón de alfombras de algas que parecen tan interesantes como un partido de golf a cámara lenta. Sin embargo, el estudio de las aparentemente aburridas alfombras revela complejidades que superan lo imaginable para las gentes de la Coalición. Y entonces se enfrentan a un curioso dilema: ¿se trata de un éxito o de un rotundo fracaso de la filosofía que les ha llevado hasta las estrellas? Pues la vida inteligente descubierta en Orpheus también es... Y luego, otra vez, vamos más allá. Uno de los personajes, en un momento dado, le pregunta a otro si pretende que sueñe en cinco dimensiones. Egan no concede siquiera el derecho a preguntar al lector. Se lo hace directamente, crea formas y sensaciones para un universo indescriptible que hacen que el lector efectivamente vea (o al menos sufra un fuerte dolor de cabeza intentando entenderlas) esas otras dimensiones extras que anidan en las pesadillas de los personajes, enfrentados a una gloria que transciende todo entendimiento (la de la Macrosfera) de los limitados simios que somos. Pero al trazar el mapa de las limitaciones, Egan también traza un mapa de las posibilidades que tenemos los simios pensantes (o sus descendientes altamente modificados que habitan en entornos modelados por ellos mismos): Casi infinitas. Egan mantiene el pulso de esta novela de descubrimiento y exploración usando una mirada stapledoniana -la subjetividad de los personajes frente a una historia del universo que está más allá de lo humano. En sus manos, Egan lleva a Stapledon a la potencia n. Y luego, otra vez, vamos más allá. El único defecto de Egan es que no se le dan bien los finales. Pero no creo que haya nadie que realmente disfrute con esta novela a quien le importe demasiado, el fin llegó algunas páginas atrás antes de que acabe la novela, y no hay nada que hacer, como le ocurre a los personajes, excepto volver la mirada adentro y empezar desde el principio... con las proposiciones más simples para llegar a las más complejas. Como esta novela. Esta es una novela de pura especulación, uno de los mejores ejemplos que el género tiene de lo que puede ofrecer cuando se libera de las limitaciones (sí, limitaciones) de las otras literaturas para explorar su propio camino, creando universos conceptuales impecablemente justificados. Si Joyce revitalizó la literatura mediante la exploración de técnicas que le permitieran describir lo subjetivo, Egan hace lo propio mediante la exploración de ideas que le permitan superar lo meramente subjetivo, que aunque presente, transciende. Egan posiblemente no inventa nada nuevo, pero afina de una forma temible y eficaz los instrumentos que le han sido dados para escribir. © Xavier Riesco Riquelme 2000 Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
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