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White Mars
Or, the Mind Set Free. A 21st Century Utopia Brian W. Aldiss y Roger Penrose
Uno es un gigante indiscutible de la ciencia ficción. El otro es un matemático de renombre. Ambos son británicos. Los dos han realizado grandes aportaciones a sus campos respectivos. Uno ha añadido a su literatura un sano escepticismo. El otro ha creado herramientas matemáticas fundamentales para comprender la física moderna. Uno ha concebido obras literarias de difícil clasificación. El otro se empeña en tambalear los cimientos de la inteligencia artificial afirmando que una verdadera explicación de la conciencia humana debe espera a una teoría cuántica de la gravedad. ¿Qué podría salir de una colaboración entre ellos? Pues no mucho, la verdad. Ante todo una obra desconcertante. Ya el título, White Mars, indica que es algún tipo de respuesta a la serie de Marte de Kim Stanley Robinson (y varias referencias internas apuntan en esa dirección). ¿Se trata de una parodia? ¿De un varapalo? ¿De un complicado chiste a costa del ingenuo americano? Pero el subtítulo, Una utopía para el siglo XXI, da a entender, a menos que sea parte del chiste, que la cosa va en serio. Pero si es un chiste, no tiene gracia. Si va en serio, es triste. Porque indicaría una grado tan absoluto de conservadurismo por parte de Aldiss (al que asumo responsable del grueso de la novela, y a Penrose responsable de la justificación "científica") difícil de reconciliar con la imagen habitual que se tiene de ese autor. La trama es bien simple. Una estación en Marte, que básicamente está ahí para ser de apoyo a unos complicados experimentos de física de altas energías que aspiran a encontrar el siguiente nivel de realidad más allá del, inexistente en la obra, bosón de Higgs. Por diversos problemas, la estación queda aislada y sus habitantes, con el liderazgo moral de Tom Jeffreys, deciden construir una sociedad utópica. Y aquí exactamente empiezan los problemas. Si hay quien se quejó del nivel de discusión política en la serie de Marte, quedará absolutamente anonadado por el nivel de cháchara en esta novela. Los personajes prácticamente no hacen otra cosa más que hablar (y secuestrarse los unos a los otros de vez en cuando, uno asume que sobre todo para aliviar el tedio), discutiendo interminablemente la forma de la sociedad ideal e intentado construirla por decreto. Y precisamente ése es el problema de la mayor parte de las utopías, y la razón por la que la mayoría de ellas sean tan poco interesantes. El autor decide de antemano cuál es la sociedad ideal y después la describe. Los más perspicaces, y Aldiss ciertamente lo es, comprenden que los seres humanos no se ajustan exactamente al perfil ideal del habitante de una utopía y proceden a cambiar al animal humano antes de crear su sociedad ideal. Ya sea por medio de un drástico proceso de reeducación (como en los sueños comunistas), por medio del uso de las drogas (como en Un mundo feliz) o simplemente trascendiendo la carne tal y como la conocemos (como al final de Paz interminable, aunque en ese caso, el autor pone en duda lo deseable de tal estado), el aspirante a arquitecto de utopías debe primero deshacerse, de una forma u otra, de los molestos seres humanos. Y por desgracia, eso es exactamente lo que sucede aquí. No se trata de una utopía hecha con seres humanos, porque después de interminables discusiones en las que cada uno expone su particular intuición sobre el mundo ideal, se descubre la solución tecnológica: si se emiten ondas con cierta frecuencia, la gente tiende a portase bien. Y ya puestos, lo mejor es que la humanidad entre en simbiosis con una especie extraterrestre (cuyo origen no voy a revelar, pero que enviará hasta al lector más voluntarioso a la estratosfera de la incredulidad) lo que le permitirá expandirse por el sistema solar. Ciertamente una utopía de ciencia ficción, pero no estoy seguro de que sea una utopía del siglo XXI. No hay tampoco ninguna sensación de lugar. La novela supuestamente transcurre en Marte, pero por lo que se describe en ella y cambiando unos pocos detalles, bien podría estar situada la acción en una remota isla del Pacífico. Por otra parte, la aportación de Penrose parece consistir en llevar hasta el absurdo su particular teoría sobre la conciencia humana, que cuando la expresa en libros serios de divulgación merece el estudio cuidadoso pero que en esta novela roza el ridículo. Por todo esto, me resisto a creer que esta novela sea una respuesta en serio a la serie de Marte. En términos de utopía no va mucho más allá de Tomás Moro. El propio Kim Stanley Robinson lo hizo mejor en Antártida. Si algo caracteriza a las utopías de este autor (tanto en el último volumen de la serie de las tres Californias, como en la serie de Marte) es su carácter dinámico; lo cual hacen que sean más interesantes que el patético esfuerzo de Aldiss y Penrose. El ser humano no está hecho para vivir en una utopía estática, y por tanto, la sociedad ideal debe ser por necesidad inestable y estar sujeta a continua revisión. Otro ejemplo que me viene inmediatamente a la mente es La isla de Aldous Huxley (novela, por cierto, en la que también se hablaba mucho). Por suerte, Brian Aldiss y Roger Penrose han realizado grandes aportaciones a sus respectivos campos. Sea White Mars una broma o no, lo único seguro es que sus autores no serán recordados por esta novela. © Pedro Jorge Romero 2000 Pedro Jorge Romero (Arrecife, 1967) es licenciado en física, pero realmente se dedica a traducir, a la programación web y a escribir ocasionalmente. Ediciones B ha publicado recientemente su primera novela, El otoño de las estrellas, escrita en colaboración con Miquel Barceló.
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