por Xavier Riesco Riquelme
Aunque no lo parezca, este no es exactamente un libro sobre viajes en el tiempo, sino un libro sobre finalidad.
Poul Anderson tiene que usar una excusa para dar sentido al universo de ficción de La patrulla del tiempo. Esa excusa es que al final de los tiempos los meta/post humanos descendientes de la humanidad se ven en la necesidad de regular la existencia del viaje en el tiempo y preservar la historia evolutiva que conduce hasta ellos. Parece poca cosa, pero el efecto sobre la narración es muy, muy profundo porque dota de un estatus especial a los personajes que aparecen visitando tiempos remotos o cercanos. Si esta obra la hubiese escrito el Walter M. Miller de Cántico por Leibowitz, estoy seguro (todo lo seguro que se puede estar sobre la incertidumbre) que en un momento dado al protagonista de uno de los relatos hubiera recibido el título de "mensajero" en griego.
O sea, "ángel".
Así, Anderson, que tiene otro punto de vista diferente al de Miller, cuenta una historia de la historia en la que acepta ecuánimemente la brutalidad, el caos y todo el fragor del devenir humano. Pone a personas que reaccionan como personas en entornos tales que esas reacciones pueden producir la catástrofe, catástrofe que sólo evita esa finalidad que, excusa o no, sirve para que Anderson construya sus fábulas. La patrulla del tiempo actúa como interfaz entre lo incognoscible del futuro lejano, esos danelianos que organizan la Patrulla como autoprotección y lo variado y al mismo tiempo similar de esa humanidad de muchos tiempos que Anderson explora en este conjunto de relatos. La finalidad de Anderson no es hablar sobre paradojas temporales ni sobre tecnologías del futuro ni héroes sacrificados. La finalidad de Anderson es hablar sobre gentes y sus contextos. Y si necesita una máquina del tiempo como excusa, es una de las mejores excusas que ha tenido nadie en la ciencia ficción.
La finalidad, es evidentemente, esos descendientes futuros de la humanidad. Y es lo único que preserva en realidad la historia tal y como la conocemos hasta ahora, porque todos los personajes de Anderson en esta obra, en un momento u otro, están tentados de modificar el curso de los acontecimientos de los que son testigos. ¿Por qué? Porque la historia es una historia de matanzas, sufrimientos, violaciones, genocidios y unos cuantos horrores más salpicados aquí y allá por un destello genuino de compasión, unos pocos momentos de tolerancia y algún que otro loco con algo de verdadera espiritualidad, cosas que están siempre amenazadas con la posibilidad de ahogarse y desaparecer en el mar caótico que es la historia de la especie humana. Ésa es la gracia del asunto en lo que concierne a los personajes de Anderson. Cualquiera de ellos ve que hay posibilidades mejores que las que hemos tenido, y siempre queda la tentación de intervenir en algo, aliviar un sufrimiento o no permitir una barbarie inminente. Pero los personajes están comprometidos con esta versión de la historia. Que no es la peor de las posible, seguramente, pero tampoco la mejor.
Miquel Barceló dice que esta edición de Anderson es para pagar la deuda permanente de cualquier colección de ciencia ficción con los clásicos. Y desde luego, este libro es "clásico" en más de un sentido. Lo más impresionante para un lector como yo, es que siendo una obra cuyo primer capítulo aparece hace casi cincuenta años, Anderson haya esquivado tan bien las trampas más evidentes que a veces aparecen en la literatura de género, en los "clásicos". Para empezar, Anderson hace que el siglo XX sea, posiblemente, el periodo menos importante de cuantos contiene su historia de la humanidad. Pese a sus guerras, políticas y desastres (tan sólo en la primera mitad de éste), cuando aparece tiene más bien la forma de un andén de tren, un sitio donde los personajes se apean, descansan un rato y luego continúan su viaje. Hay otros destinos más interesantes, aunque sean en el pasado. Lo segundo, como dijo otro lector de este libro, es la "ausencia de paternalismo". Cuando el personaje central del conjunto de historias, Manse Everard, viaja a Tiro, a la Germania bajo la ocupación romana o a la antigua Persia, no se encuentra con bárbaros ignorantes, nativos fácilmente manipulables o crédulos primitivos.
Se encuentra con hombres.
Cómo él.
Tan inteligentes o tan sofisticados, a su manera cómo él mismo o sus compañeros. Hay reyes crueles y al mismo tiempo sabios, hay pilluelos de la calle ignorantes pero no tontos, que podrían fácilmente suplantar al Kim de Kipling en su propia novela y dar el pego. Hay hombres astutos con intenciones simples, y hombres simples que tienen intenciones retorcidas. Allá donde va Everard, los hombres son siempre hombres, tan dignos o indignos como en cualquier lugar. Y eso también cuenta para los componentes de la Patrulla del Tiempo, que pueden ser heroicos o estúpidos con la misma facilidad que los pertenecientes a las sociedades que vigilan o estudian. Anderson escribe con un respeto para las culturas que trata que escapa de la trampa primigenia del género, la tentación del centripetismo cultural, la colonización cultural por occidente, la visión de todo según los cánones de la sociedad del escritor. Anderson escribe con una especie de relativismo cultural que, sin embargo, no ahorra las peores partes de una u otra sociedad pero que da la justa medida de lo humana que es, en cuanto Anderson siempre, en todo momento, habla de hombres y mujeres, no de ciencias y futuros.
Manse Everard, el antes mencionado nexo común de todas las historias de esta saga, es un figura ambigua en la narración. Comienza siendo un personaje directo, llano, con el que podemos intimar. Pero a medida que el ciclo de cuentos se expande, Everard también se expande, haciéndose, curiosamente, más remoto, una especie de figura vigilante que a veces lamenta no poder intervenir y otras un personaje que interviene porque no hay otra opción. O que observa como la intervención de otros los lleva al fracaso, sin poder cambiar nada porque, literalmente, así está escrito. A veces activo, a veces pasivo. No es difícil ver en el nombre del personaje la propia descripción de su situación, Man of/for Ever. Everard es la forma en la que Anderson suspende esos juicios de valor que tanta aparición hacen en los "clásicos" del género. Ni siquiera el original, La máquina del tiempo de Wells, escapa a la intención del autor de hacer una lectura determinada, entre Darwin y Marx, de la historia humana. Pero Everard es un hombre inmutable, sigue siendo un hombre en todos los contextos, y por eso mismo Anderson escapa a la mayor parte de las tentaciones de juzgar o valorar. Anderson, a través de Manse, no emite juicios, sólo describe lo que a cree que fue… o pudo ser.
La primera historia de La patrulla del tiempo es posiblemente la más clásica de todas, con un formato de aventura y descubrimiento, con alguna que otra referencia intertextual obligada para sonrisa del lector. Anderson empieza o darle una forma más ambiciosa a este conjunto de historias en "El valor de un rey", donde comienzan a aparecer con más firmeza los rasgos que apunto antes, el amor por lo histórico, la suspensión de los juicios de valor y, sobre todo, comprensión de lo humano. Una historia sobre reyes de nombre Ciro y los extraños actos a los que obliga el deber, crueles pero justificables en sus contextos. "Las cascadas de Gibraltar" no es un cuento de contenido histórico, aunque está ambientado en, como dice Anderson, un "entorno" determinado. Es un cuento clásico que si juega con las paradojas temporales y con la idea clásica de viaje en el tiempo. En "La única partida en esta ciudad", Anderson abandona el terreno de lo histórico para adentrarse en lo probable. Toda una pequeña joya de cuento acerca de una historia secreta del mundo en miniatura. Y un duro (y divertido) mazazo a la imagen de que Everard y su compañero Sandoval tienen de sí mismos. Hace falta algo más que tecnología, percepción histórica y la posibilidad de jugar a ser Dios para hacer desistir a una banda mongola de invadir un continente. Y el continente no es Asia... En "Delenda Est", anderson abandona ahora el terreno de lo probable para explorar, desde un principio, lo alternativo históricamente. Y cómo volver a lo histórico por razón de esa finalidad que menciono antes. La trama es lo de menos, el placer reside en ver a Anderson imaginar libremente alternativas a la historia de nuestro mundo y aún así dotar a ese mundo de una fuerza interior, y de poblarlo y describirlo de tal manera que la restauración a la historia "verdadera" esté empañada por la perdida, necesaria, de ese otro mundo y sus gentes, tan reales y complejas como cualquier babilonio o neoyorquino. "Marfil y monas y pavos reales" vuelve al terreno de lo histórico; Anderson ofrece una corta pero intensa visión de la fenicia Tiro, aparte de contar una trama de aventuras que, en determinados momentos, recuerda al Kim de Kipling, pillastre ingenioso incluido. La gracia de la escritura de Anderson está en que el ingenuo Lama kiplinesco es reemplazado aquí por el supuestamente sofisticado viajero temporal Manse Everard... con prácticamente el mismo resultado. No es hasta casi el final de la historia cuando Everard toma las decisiones verdaderamente importantes.
Y cuando ya nos habíamos divertido, asombrado y entretenido con el juego de Anderson, este va y escribe algo como "El pesar de Odín el Godo". Anderson comienza a escribir sobre la historia in media res con un indudable tono sombrío y con resonancias estilísticas de las literaturas germánicas a las que hace referencia esta obra, posiblemente la mejor de todo el libro. Esta es la historia de un hombre y sus descendientes, y de cómo se ve obligado a traicionarlos. Y también de porqué Odín es un dios torvo. No se puede decir mucho de esta novela corta excepto que es una pieza que debería, en mi opinión, ser clásica del género. Anderson une por un lado la pura labor de investigación y por otro la tragedia personal; el mito y la antropología provocan la caída del observador, porque tal y como menciona el remoto y casi alienígena Everad, hay cosas contra las que la tecnología y el conocimiento no pueden luchar. En este caso, un poderoso arquetipo y la historia es una historia casi faústica de perdida de la capacidad de elección. El protagonista de esta narración, como viajero temporal, puede elegir para sí lo que no pueden elegir aquellos que estudia, y sin embargo es él el que acabará no pudiendo elegir.
En el mismo tono de la anterior se desarrolla "Estrella del mar". Es también una historia sobre el mito y su fuerza que permite a Anderson, como ocurre en la anterior, un lenguaje más poético que el que tenía en un principio esta saga, pero un lenguaje necesario para entender la estrecha relación entre historia y mito que siempre ha acompañado a las sociedades humanas. Anderson aprovecha una anécdota de Tácito para construir un drama poderoso y cargado de significado. Curiosamente, es la misma anécdota que, en un contexto muy diferente, aprovecha Lindsey Davis para su serie de Marco Didio Falco. El trasfondo para esta historia es inmejorable: la Roma de Vespasiano y la Germania rebelde y toda la gente atrapada en el conflicto entre ambas. Y es un conflicto que al que Anderson dota de naturaleza personal para al menos una de las partes implicadas al principio y al final. Anderson juega con el mito consiguiendo una belleza inolvidable en esta historia de diosas, guerras y necesidades políticas.
La última historia de la serie no sigue los derroteros de las anteriores novelas cortas, y vuelve a presentar una historia más centrada en la aventura y con una sana dosis de ese relativismo cultural que permea toda la saga. Una banda de aventureros y piratas temporales comete un grave error cuando baja la guardia ante… un conquistador español de la hueste de Pizarro. El susodicho conquistador consigue una máquina del tiempo, información y un plan para el Glorioso Imperio Español. El tratamiento de Anderson de la conquista de América por parte de los españoles es al mismo tiempo riguroso e imparcial. Desde luego, puede que no fueran los mejores amos para un continente, pero desde luego tampoco eran los peores posibles… incluyendo a, por lo menos, una cultura indígena.
Es cierto, es un clásico. O por lo menos debería serlo.
Y si no lo es, revisemos la Historia para que lo sea.
© Xavier Riesco Riquelme 2000
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.