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Portada de En busca de Klingsor de Jorge Volpi
Valoración: 4 estrellas de 5

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve Barcelona. Abril 1999. 444 páginas.

En busca de Klingsor

Jorge Volpi

por Luis Fonseca

DIRÉ EN PRIMER lugar que con esta novela el mexicano Jorge Volpi resultó galardonado con el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral en su edición de 1999. La traigo aquí a colación porque me llamó la atención lo que uno de los miembros del jurado, Guillermo Cabrera Infante, opinó de ella: "... es una muestra ejemplar del arte que quiero llamar ciencia-fusión. Fusión de la ciencia con la historia, la política y la literatura para conformar eso que llamamos cultura". Dejando de lado el nuevo término y las ideas preconcebidas que Cabrera Infante pueda tener acerca de la ciencia ficción para que de tan vasto árbol desgaje una obra como ésta simplemente por parecerle buena, curiosas virtudes ha de tener una obra de esta guisa para resultar elegida por un jurado compuesto por personalidades tales como el propio Cabrera Infante, Luis Goytisolo o Pere Gimferrer.

Volviendo a la novela, ¿qué o quién es ese Klingsor que da nombre al título? Desde luego, nadie del universo trekie a pesar de tan sonoro nombre. Klingsor es, de hecho, un personaje literario enmarcado en la leyenda del Santo Grial. En su versión germánica, ejemplificada en el Perceval de Eschenbach y en la ópera Parsifal de Wagner, Klingsor es el antagonista perverso del rey Amfortas (este último correspondería, supongo, al rey Arturo en la transposición de esta historia al mito artúrico) con quien protagoniza un enconado y prolongado enfrentamiento; un enfrentamiento que durante muchos años se mantiene en punto muerto hasta que en un determinado momento se desequilibra al conseguir Klingsor doblegar la virtud de Amfortas. Con tales precedentes no es de extrañar que Klingsor sea también el nombre en clave de otro personaje siniestro, y quizá también de leyenda: una personalidad científica de primer nivel ("...familiarizado con la mecánica cuántica, la teoría de la relatividad, las partículas subatómicas, la fisión... //...y tan elusivo como los átomos..."), consejero de Hitler, y responsable de dotar, hacer y deshacer las estrategias científico-bélicas del Reich, entre ellas la bomba atómica alemana.

¿Y quién busca a Klingsor? Pues, Francis Bacon. No el filósofo natural del siglo XVII, desde luego, sino un homónimo suyo, físico teórico, al que algo más profundo que un lío de faldas le ha obligado a postergar una prometedora carrera en el Instituto de Investigaciones Avanzadas de Princeton al lado de Von Neuman y el propio Einstein. En ese embarazoso momento de su vida, la guerra actuará como campana salvadora, y Bacon "dejará de perseguir resultados científicos para perseguir seres humanos". Así, nuestro hombre formará parte del equipo encargado de poner a buen recaudo al Círculo del Uranio alemán (no tanto un ajuste de cuentas como para evitar que caigan en manos de los rusos), y, posteriormente, se encargará de seguir los pasos del fantasma de Klingsor. En su búsqueda va a estar asistido por Gustav Links, un matemático obsesionado por el problema del infinito de Cantor y repudiado por el anterior régimen por su complicidad en el histórico y fallido atentado contra el Fürher.

Bacon y Links, como una suerte de Sherlock Holmes y Dr. Watson, comparten la voz narrativa de la novela de una forma un tanto extraña: Links es el narrador que nos cuenta la historia a modo de flashback pero hay tramos de la misma que parecen escritos en una quasi-primera persona por el propio Bacon, y algunos más por Heisenberg, otro de los actores principales de la obra, éste histórico, por cierto. A medida que avance en su investigación, quizá interesadamente dirigida por Links, Bacon no sólo va a porfiar por sacar a la luz la relación entre la ciencia y el mal, o a cuestionar la pretendida amoralidad de aquella, sino que además va a añadir complejidad en sus relaciones con las mujeres, algo que finalmente lo abocará a la traición. Volviendo al aspecto histórico-científico de la novela, uno de los más conseguidos, la trama está plagada por toda suerte de investigadores reales además del mencionado Heisenberg (Von Neuman, Gödel, Einstein, Stark, Schrödinger, Bohr, Wien, Plank...), muchos de ellos alemanes, algunos nazis y otros no, la mayoría de ellos premios Nobel, y prácticamente todos enmarañados de una u otra forma en la telaraña que entre ciencia y nazismo se tejió en la Alemania de la IIGM. Especialmente interesante es el capítulo en el que se expone como las ambiciones científicas y componendas académicas por parte de unos y ciertas dosis de victimismo por parte de otros, contribuyeron para que en el incierto terreno en el que la mecánica cuántica y la relatividad había colocado a la física, los iniciales reparos 'estéticos' a ciertas teorías acabaran convirtiéndose en antisemitismo y empezase a hablarse, incluso antes de que Hitler llegara al poder, de una 'ciencia degenerada' y se tildara a determinados físicos arios de 'judíos blancos'. Magnífica también la narración de la génesis de los programas atómicos de ambos bandos, y del relato del último experimento desesperado de los alemanes en una cueva de la Selva Negra. Clarificadoras, a su vez, resultan las ideas de Schrödinger, presentado como némesis de Heisenberg y latin lover de la ciencia. En su intervención, pone críticamente de manifiesto el Dr. Jekyll y el Mr. Hyde que hay en el interior de cada científico, y expone cómo éstos tienden a enajenarse de cualquier consideración extracientífica para preservar su buena conciencia aduciendo que el mundo es relativo. Sin un posicionamiento moral se colocan en una situación delicada y peligrosa pues, como hombres, son siempre deudores del momento político que viven, aunque sea por pasiva y a su pesar. En esta tesitura, un hongo atómico, viene a decir Schrödinger, no es más que la prueba de que una teoría funciona.

Es esta una novela, en definitiva, que seguramente apreciarán aquellos lectores con formación científica, pero que no dejarán de disfrutar aquellos que no la tengan, pues aunque en ella se tocan bastantes paradigmas científicos no se llega a profundizar en ninguno de ellos. Especialmente remarcable es el esfuerzo en ilustrar el final de las certidumbres que tanto en los campos de las matemáticas como de la física tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX. En efecto, en esta novela de bien trabado suspense los objetivos del autor (con formación de derecho y filología, no esencialmente científica, por tanto) parecen ser más bien filosófico-éticos, esto es, accesibles a todos los públicos. Seguramente, tanto por ello como por su peculiar estructura narrativa, otro miembro del jurado ha emparentado a esta novela con El nombre de la rosa. No hay más que echar una ojeada a su peculiar índice científico-literario (Leyes del movimiento criminal, leyes del movimiento narrativo, corolarios, disquisiciones..) Y es que hay algo más que historia de la ciencia en este libro. De hecho, hay tantas cosas que en algunos momentos se fuerza el cuello narrativo de la novela: hay metaliteratura, tríos amorosos, teoría de juegos, hay paralelismos de la trama con la historia del Parsifal, mucha humanidad... y, sobre todo, una excelente prosa. En cuanto a la trama de suspense, su labor es de argamasa narrativa. Acabará como cualquier lector avispado puede prever. Así que haremos bien en no obsesionarnos demasiado con ella. Ya se sabe que cuando se persigue a un fantasma lo más probable es atrapar aire y alguna que otra sábana. Sobre todo cuando el fantasma pertenece a la caja B de la Historia y los personajes son reales.

PS1: La verdad es que con tanto nombre propio no puede decirse en esta ocasión aquello de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Volpi asigna posiciones y opiniones concretas a científicos concretos, por lo que es de esperar que todo ello esté bien fundamentado. Hacia algo así parece apuntar la nota final que cierra el libro en la que se explicita el material empleado para su elaboración y en la que destacan varias biografías de científicos. Está bien que así sea pues es muy posible que la imagen que el lector se haga de algunos de ellos sea desmitificadora y deje una huella bastante indeleble.

PS2: Uno de esos nombres propios, aunque citado de pasada, es el de David Hilbert, prestigioso matemático alemán que en el II Congreso Internacional de Matemáticas (París, 1900) enumeró los 23 problemas cuya resolución, pendiente por entonces, culminaría el edificio matemático. En honor a su discurso centenario, por cierto, el presente año 2000 fue declarado en 1992 como Año Internacional de las Matemáticas. Algunos de esos problemas se han demostrado imposibles ( y de ello se hace mención en la novela), otros se consideran en la actualidad mal planteados y algunos otros se han resuelto. A modo de anécdota, uno de estos últimos es el de teselado o del friso: averiguar cuantas combinaciones de formas simples pueden idearse para cubrir un plano. Se llegó a demostrar que sólo existen 17 de estas combinaciones, y apunto como doble curiosidad que todas ellas se encuentran presentes en el artesonado de la Alhambra, y que Escher, conocido por sus 'representaciones imposibles' mostró de forma inconsciente en sus grabados buena parte de esas soluciones. (El País, 28 Nov 1999).

Su opinión:
El libro es una excelente... - Victor

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