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Portada de La isla de los ciegos al color de Oliver Sacks
Valoración: 4 estrellas de 5

Edit. Anagrama. Colección Argumentos. 1999. ISBN: 843390583X.

La isla de los ciegos al color

Oliver Sacks

por María Castro

Oliver Sacks es un neurólogo curioso y apasionado, un médico humano y compasivo y un divulgador nato. Es también un viajero intrépido, en el más amplio sentido del término, al que no le asusta transitar por extraños caminos, ni trazar nuevas rutas. Todos sus libros, y este no es una excepción, son una reflexión acerca de la condición humana, nos enfrentan por igual a nuestra fragilidad y a nuestra fortaleza : Es posible que seamos una máquina compleja y perfecta, asombrosa en sus capacidades, pero, por lo mismo, basta un pequeño fallo, una ligera desconexión, para privarnos de aquello que tendemos a considerar la esencia misma de nuestra humanidad.

En La isla de los ciegos al color se narran tres viajes a diferentes islas de Micronesia que el autor emprende con la actitud de un neuroantropólogo y con un bagaje científico y cultural que comparte con nosotros, sus lectores, para nuestro deleite. Las expediciones tienen como finalidad estudiar dos extrañas afecciones neurológicas, la acromatopsia ,o incapacidad para ver los colores y el lytico-bodig , un trastorno neurodegenerativo progresivo y mortal en la mayor parte de los casos. La narración, como siempre ocurre con Sacks, va mucho más allá de la simple descripción de ambas enfermedades y de sus repercusiones personales y sociales; nos introduce en la geología, la botánica, la historia de las islas, por las que Sacks se confiesa fascinado, y que siempre han inspirado en el hombre sentimientos contradictorios (paraísos mágicos y exuberantes e infiernos aterradores y solitarios a un tiempo) y que tan importante papel han jugado en la imaginación de artistas de toda índole, en la vida de navegantes y aventureros y en la historia de los descubrimientos científicos.

En la primera parte del libro, dedicado a las islas de Pingelap y Pohnpei , un equipo de médicos se disponen a estudiar la acromatopsia, ceguera total y congénita al color, enfermedad con una mínima incidencia en la población en general pero que afecta a un porcentaje de población singularmente elevado en estas islas, al confluir los factores de herencia y aislamiento. Para Sacks y su equipo es la situación ideal para comprobar como se asimila culturalmente una deficiencia física que afecta a un número elevado de miembros de la comunidad. Como ocurría en su libro Veo una voz, dedicado al mundo de las personas sordas, el neurólogo pone de relieve la increíble capacidad del ser humano para transformar en cultura cualquier rasgo específico y diferenciador, aún aquellos que pueden suponer una limitación a priori. En Pingelap, la acromatopsia ha pasado a jugar un papel en los ritos y tradiciones nativas e incluso en sus mitos fundacionales; causa problemas e indudablemente limita a las personas que la padecen, pero también les abre posibilidades insospechadas, les descubre un nuevo mundo de texturas y matices que las personas con una visión "normal" no pueden experimentar. Como ocurre con muchas personas sordas los acromatópsicos se debaten entre su lucha contra la enfermedad y el orgullo que les causa su propia singularidad y peculiar visión del mundo.

No es casual que Sacks comience su narración con una referencia al relato de H.G.Wells, "El país de los ciegos", donde se cuenta como un viajero perdido llega a un valle aislado en el que sus habitantes no sólo son ciegos, sino que han perdido incluso cualquier noción de visión; el frustrado aventurero comprueba como sus aspiraciones iniciales de dominio sobre los nativos se ven frustradas por la superioridad de éstos en un mundo construido a su medida. En definitiva, lo que Wells y Sacks consiguen transmitir es la necesidad de abrir nuestra mente y comprobar los prejuicios que nuestros esquemas mentales de capacidad e incapacidad provocan.

En su segundo viaje, esta vez a la isla de Guam, Sacks relata la lucha médica por descubrir los orígenes de una extraña enfermedad endémica, el lytico-bodig. Debido a la relación de ésta con otro tipo de trastornos neurológicos y a la posibilidad de estudiar su desarrollo en un entorno tan reducido y aislado, la investigación se presenta como una oportunidad inmejorable para realizar descubrimientos que supongan importantes avances médicos en el tratamiento de dichas enfermedades. Sin embargo, tras años de investigación, no se llega a ninguna conclusión definitiva, ni sobre los orígenes, ni sobre la naturaleza de tan extraña dolencia, que presenta una asombrosa variedad de síntomas y manifestaciones y que tiende a desaparecer totalmente en las nuevas generaciones. Entre las distintas teorías que se manejan para explicar el origen de la misma están la genética, la viral y la que postula que puede ser causada por exceso o defecto de algún mineral. Sin embargo la hipótesis que durante más tiempo se consideró como la más probable es la de un envenenamiento producido por las semillas de las cicas, que a pesar de resultar altamente venenosas, son un alimento apreciadísimo por los nativos. Es una hipótesis fascinante porque pone de relieve no sólo la atracción que ejercen los alimentos potencialmente tóxicos e incluso mortales en culturas muy diferentes, sino también la frágil dependencia del hombre de su entorno: aquello que puede salvar a una población del hambre puede ser también la causa de su muerte. Ninguna de las hipótesis ha podido ser demostrada, por lo que el enigma se mantiene, aunque todo hace pensar en una complejísima interacción entre genética y ambiente.

Precisamente para ver de cerca un bosque de cicas emprende Sacks la última de las visitas narradas, de hecho, su viaje a Rota responde más a un interés botánico que a un interés médico. A lo largo de todo el libro, el neurólogo ha puesto de manifiesto su afición por la botánica y su pasión por las cicas, auténticas supervivientes vegetales de un pasado grandioso y ya extinto en su mayor parte. Las cicas son, al mismo tiempo, un organismo primitivo y un ejemplo de capacidad de adaptación y supervivencia, un recuerdo vivo de un pasado remoto en el que el hombre todavía no jugaba ningún papel y este último capítulo, en el que se nos incita a pensar en tiempo geológico, en el que se nos incita a desechar el falso concepto de progreso evolutivo es el broche ideal para un libro que nos obliga a relativizar nuestros esquemas culturales, a desechar ideas preconcebidas y a plantearnos si, al cabo, somos algo más que el producto de constantes reacciones químicas.

Este libro es, al fin, una más de las invitaciones de Oliver Sacks a contemplar la exploración de nuestra mente, tal y como asistimos a la exploración del universo: sobrecogidos, maravillados y cargados de preguntas sin respuestas. Mientras tanto, podemos seguir disfrutando con aquellos que poseen la virtud de sembrar la duda.

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