por Xavier Riesco Riquelme
Éste es un libro que he tenido presente mentalmente durante años. La razón es simple: lo leí hace más de diez años, allá por la mitad de los ochenta, cuando tenía 13 o catorce años.
Y no entendí un carajo.
Pero algo en este libro se me quedó pegado en la memoria, un pequeño fantasma inquieto, y desde entonces no pude librarme de él. Por culpa de este libro, posiblemente, años más tarde me lanzaría a leer otras novelas de Straub, descubriendo con sorpresa un escritor que permanecería siempre bajo la sombra de otros escritores en los géneros dentro de los cuales escribía y sin embargo tenía una voz completamente propia y una escritura que construía un universo personal muy curioso. Tal y como manda la tradición del relato de (re)descubrimiento, estaba buscando otro libro de Straub que leí hace sólo un par de años, Fantasmas, con la esperanza de recuperar algo del placer de la primera lectura. Ese libro, estoy seguro, debería encontrarse a mano, lo tenía entre las pilas "asequibles" de libros. Lo busqué, lo busqué... y no apareció. En su lugar se presentó este otro. Así que, qué demonios, me lo empecé a leer de nuevo tratando de averiguar si de verdad este era el germen de mi pequeña admiración por Peter Straub. Y parece que así era.
La tierra de las sombras es un libro que hoy en día puede parecer ingenuo en algunos de sus aspectos, pero lo importante para mí, como lector es que Straub prefiguraba en esta ficción gran parte de los modos y estrategias narrativas que luego iban a ser comúnmente empleados en la fantasía posmoderna de finales de los ochenta y todos los noventa. Es casi imposible releer, desde la perspectiva actual, este libro sin sentir que en él estaba algo del primer Jonathan Carrol, un desconocido antepasado de la ficción de Neil Gaiman o una especie de contemporáneo menor de "La cámara sangrienta" de Angela Carter. La tierra de las sombras es una novela iniciática adolescente, con una visión oscura de los mundos mágicos y una escritura múltiple, usando tanto la voz de un narrador distanciado como la primera persona del observador implicado, una reconstrucción de la engañosa memoria y un pequeño juego sobre la simultaneidad temporal. Straub construye una historia que es reconstruida por un personaje a petición de otro y en la que, sin embargo, conviven momentos muy alejados entre sí en el tiempo y el espacio desde un principio, existen retazos de futuros ineludibles mezclados con un presente impreciso. Eso es lo curioso de este libro en muchos aspectos: tanto el pasado como el futuro son inamovibles, hechos consumados. Lo que está en discusión es el presente (que a su vez es un pasado reconstruido).
A grandes rasgos, este es la historia de dos chicos, Tom Flanagan y Del Nightingale, cuya ambición es la de ser magos. Los dos son compañeros de clase por primera vez en un colegio en el cual sus presencias serán un elemento perturbador. El libro se divide limpiamente en dos grandes mitades: el curso escolar de Del y Tom ese año en la escuela Carson y las vacaciones de ese mismo año de ambos chicos en compañía de Coleman Collins, tío de Del, mago y Rey de los Gatos en funciones. La simetría es otro de los pilares básicos del libro, ambos entornos (El colegio Carson y la mansión del mago) son en realidad partes de una misma estructura, La tierra de las sombras a la que hace referencia el título del libro, una realidad al mismo tiempo subyacente y completamente falsa (un truco de prestidigitación). Desde un principio queda claro cual es la naturaleza de la magia: sombras chinescas. Sólo que hace falta un viaje de iniciación para que los adolescentes protagonistas aprendan como es posible que las sombras insustanciales golpeen tan duramente. La simetría está presente también en ese viejo adagio de la magia: así como es arriba así es abajo. Por eso mismo, todos los sucesos que ocurren en la primera parte del libro tienen una contrapartida explícita en la segunda, es un juego fácil pero brillantemente llevado por Straub; la repetición del esquema sólo es patente cuando los personajes reflexionan sobre ella, cuando son capaces de reconstruir los sucesos anteriores sólo como sombras de lo presente, invirtiendo la causalidad y dando le ese aspecto "indeterminado" al presente implícito en la narración de Flanagan, que aunque cuanta las cosas desde su yo adulto, transmite esa imprecisión sobre los acontecimientos que relata y que sin embargo contienen momentos del futuro completamente claros y un pasado completamente inexorable en sus conclusiones.
Si es usted un lector al que le gusta, como a mí, la obra de Straub y no ha leído este libro, intente conseguirlo, vale la pena echarle un vistazo a esta obra (inencontrable ahora, me temo) de uno de los escritores con más talento que haya dado el género de "terror" (un género que el dignifica de una manera propia), un autor de fantasías oscuras complejas e interesantes y posiblemente uno de los escritores de novela policíaca (esa trilogía de Millhaven, donde lo único que permanecen son los nombres y el resto, incluyendo a los culpables, fluye como cera fundida) mas enrevesados y con menos prejuicios que hayan existido.
© Xavier Riesco Riquelme 2000
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.