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Los subterráneos
Carlos F. Castrosín
por Mario Moreno Cortina H.G. Wells nunca perdonó a Oscar Wilde que éste intentara colgarle el apelativo de el Julio Verne inglés. Por más que ambos autores sean santos de nuestra devoción, no podemos evitar dar la razón al viejo Herbert. Bromas aparte, la novela que acabamos de cerrar no tiene nada que ver con las aventuras científicas de Verne. Su autor, que ha publicado ya Zooropa (La Calle de la Costa) y Brumose (editada por Alfredo Lara), ha reelaborado el material de su cuento "La que se arrastra con sus negras escamas" para regalarnos una obra en la que confluyen dos tradiciones fantásticas. Una, la que tiene sus orígenes en el folletín y la novela de aventuras decimonónica y se perpetúa en el siglo XX gracias a los Philip Nowlan y E.R. Bourroughs. Otra, menos cultivada pero de mayor empaque literario, cuyos máximos representantes son La narración de Arthur Gordon Pym y Tras las montañas de la locura, y cuya genealogía resulta más oscura. La novela arranca de una forma tan similar a Armagedon 2419 D.C. que cabe pensar si se trata de una casualidad: un ingeniero queda atrapado bajo un derrumbamiento durante las obras del túnel que unirá España y Marruecos. El hallazgo de unas inscripciones misteriosas y la lucha contra una horda de fósiles vivientes serán el preludio subterráneo de una aventura que no proporciona descanso alguno al lector, llena de tensión e imaginación a partes iguales. El escenario recuerda poderosamente a la Europa anterior a la Gran Guerra, la Europa de la guerra Franco-Prusiana, de Sedán y Crimea. Santiago Marchena, cuyo nombre deviene San Tiago por obra de una lógica no explícita, se ve envuelto en los manejos de una contienda de cuyos orígenes no se nos habla en absoluto, pero a cuyo desarrollo asistiremos muy de cerca. Éste es el arranque de la novela, que el lector avezado lee quizá con aprensión, a la espera de una historia insulsa al estilo Beau Geste con algunos toques fantásticos. Pero Castrosín quiere jugar con el lector y lo hace magistralmente, con la chulería de quien domina los resortes de la creación literaria. Poco a poco, el mundo en que se mueve San Tiago va revelando unos rasgos inquietantes que nos sugieren un vasto panorama cosmogónico. Los personajes principales del drama socio-político que se nos plantea van perdiendo su empaque, su relieve, y llega un momento en que todo cobra un aire como de teatro de autómatas del pasado siglo. Moviéndose en este escenario cuasi onírico, Marchena descubre pronto que no es el único que ha realizado el tránsito entre nuestro mundo y el otro. Al menos otros dos subterráneos han seguido el mismo camino y comparten con él una cierta similitud en el apellido. De la identidad de los otros dos no diremos nada por prudencia. Pero será en la aventura extraatmosférica cuando San Tiago -se me permitirá la licencia- pase el círculo polar antártico. Porque sucede en Los subterráneos a partir de esta escena una mutación similar a la que se opera en La narración de Arthur Gordon Pym: se da un salto hacia lo alucinatorio, lo poético y quizá lo alegórico. A partir de ahora ya no podremos abandonar la novela, tras contemplar los vastos mecanismos cósmicos que gobiernan el Otro Mundo, porque la intuición de que algún destino intangible pero ineludible domina los pasos del protagonista se convierte pronto en seguridad. De la misma forma que La narración de Arthur Gordon Pym termina con la visión de la gigantesca figura blanca erguida ante los navegantes en el confín del polo, Los subterráneos acaba con una escena no menos inquietante, en la que quizá debamos intuir la clave que nos permita echar luz sobre el resto de la obra. La relación entre nuestro mundo y ese otro mundo no se aclara, aunque nos queda el regusto de anhelos a medio confesar, de un cierto síndrome del edén acaso mal asumido. El orden ptolemáico del otro mundo, entrevisto por Marchena, y la hueste de ángeles mecánicos encargada de vigilar su correcto funcionamiento, nos hablan de un orden universal tangible, seguro, en el que quizá se dejó de creer hace mucho. La novela no es perfecta, desde luego, como no lo es ninguna, y lo cierto es que echamos en falta un lenguaje más potente, menos clásicamente descriptivo, que hubiera dotado a las escenas más esotéricas de una mayor calidad. También nos estorba un poco esa historia de amor platónico a lo Raoul Walsh, poco creíble, que quizá no es más que una deuda con la tradición aventurera que Castrosín adora. Pero Los subterráneos, tomada en su conjunto, es una gran novela de aventuras esotéricas, trabajada con mimo y estilo, que merece la pena leer con cuidado. Si Castrosín resiste la tentación de continuar las andanzas de San Tiago (lo que le desaconsejamos), pasará al Valhalla de la literatura fantástica española con sobrados méritos. © Mario Moreno Cortina 2000
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