Por el pasado, llorarás
Chester Himes
Muchnik Editores. Barcelona. 1999. Traducción: Antonio Padilla Esteban. 448 páginas. ISBN 8476693397.
Valoración: 4
Impreso de http://www.archivodenessus.com/rese/0269/

Un duro drama carcelario permite a Chester Himes escribir su particular descenso al infierno y reflexionar sobre la condición humana ante las circunstancias más duras. La excelente primera novela de este autor.

por Xavier Riesco Riquelme

- Quita tus jodidos sesos de mis cartas.

DURANTE CUATROCIENTOS AÑOS o así, nos hemos conformado con Dante.

Pero con la llegada del siglo XX, unos cuantos empezaron a considerar que quizá un solo Dante no bastaba. Había demasiados infiernos que visitar, demasiados Virgilios para hacer de guía y, en resumen, demasiadas Beatrices. Se veía venir de lejos, claro está, pero es que simplemente el último siglo tenía por un lado demasiado que ofrecer en materia de sufrimiento y de potenciales narradores por el otro como para que no aparecieran las obras correspondientes, le pesara a quien le pesara o en contra de la institución, poder o estado que fuera (Archipiélago Gulag, Catch 22, Matadero 5…).

Chester Himes consigue con esta novela ser miembro de pleno derecho del club de Dantes del siglo XX. Uno estaría tentado de calificarla con una expresión estúpida tal como "drama carcelario" o intentar encuadrarla dentro de cualquier corriente o género surgido en este siglo. Pero no. Un descenso ad inferos es un descenso ad inferos, por mucho que se intente ocultarlo detrás de una terminología o sugerir que es una revisión del concepto.

Es el caso de esta novela. Chester Himes admite en la magnífica introducción a cargo de Malvin van Peebles su estancia en una penitenciaría y su sufrimiento confeso en su autobiografía La cualidad del sufrimiento. Etiquetar, desde el punto de vista de los estudios literarios, esta novela atendiendo a patrones de identidad cultural se presta a error, error al que van Peebles se refiere sarcásticamente: el protagonista de la obra no refleja la dureza racista de América, ni el conflicto racial, ni la injusticia institucionalizada en contra de minorías… porque este protagonista, Jimmy Monroe, al contrario que el autor, es de raza blanca. No se trata, por tanto, de una novela sobre las vivencias de una persona de color en un sistema penitenciario alienante y sesgado. Es, como toda buena catábasis, completamente universal.

Si, ya sé que Dante era un florentino católico que se consideraba heredero de una cultura y una lengua clásica verdadera y que por tanto Europa (o Italia) era el centro del mundo y por eso mismo las alusiones, menciones y consideraciones están cultural, religiosa y políticamente (mira que tener que inventar un castigo para los traidores) sesgadas. ¿Y qué? Van Peebles compara a Himes con Brueghel el Viejo, diciendo que al igual que el pintor, Himes retrata las cosas que le rodean tal y como las ve, asegurando además que en la pintura de Brueghel los médicos pueden identificar dolencias de la época que en ese entonces no tenían nombre. Que se pueda hacer lo mismo con la escritura de Himes no significa que éste pretendiera nombrar la dolencia; más bien examinar los síntomas, ya que éstos los puede entender cualquiera.

El darle un nombre en latín a una enfermedad no ayuda demasiado si ésta no necesita explicación, si se admite como parte del orden natural de las cosas en el mundo. Pero examinar los síntomas sí es un ejercicio de universalidad, aunque se pueda recurrir a una expresión tan "culturalmente sesgada" como catábasis para describir el proceso. Es cierto es que Himes parece admitir, de acuerdo con van Peeble, que esta novela es producto de su experiencia, esos años de cárcel. Pero sigue siendo válido lo dicho antes: el que Himes no pretenda hacer crítica social no significa que no pretenda hacer crítica a la humanidad. Simplemente, las consideraciones sobre raza, sexo y religión se dejan en manos de los lectores y los exégetas, no de Himes.

Ésta es la historia de Jimmy Monroe, que ha sido condenado a veinte años de cárcel por un crimen que ha cometido (para demostrar, quizá, que no hay ese sesgo fácil sobre la parcialidad de las instituciones). Monroe debe superar dos cosas para poder sobrevivir a esa pena impuesta con bastante parcialidad: a) la penitenciaría donde debe cumplir sentencia y b) él mismo. Como cabe esperar, ésta es una historia bastante brutal; pero sin escándalo, sin provocación, sin recrearse en la maldad o en la bondad de los personajes, casi sin pretender juzgar.

De una manera curiosa, Himes escribe novela moderna partiendo de las bases sentadas en el siglo XIX, realismo y naturalismo, para, como dice van Peebles en la introducción, adelantarse a su tiempo al compaginar de un modo único, en aquel entonces, la novela policíaca con un extraño lirismo que no solía encontrarse en ese tipo de narrativa detectivesca. En este caso, la introspección psicológica del personaje es el fundamento de la narración. Los hechos no tendrían sentido si Monroe no tuviera la necesidad de explicarse a sí mismo, aunque la mayor parte del tiempo no le sea posible. Monroe es un personaje que tiene un alto sentido de la introspección, aunque esa característica no evita que se comporte como se comporta: cruel en ocasiones, suicida en otras y apático en la mayoría de los casos.

El comportamiento de Monroe como personaje esta evidentemente influenciado por el naturalismo y las teorías de condicionamiento social del siglo XIX. La conciencia de Monroe (su percepción a priori y a posteriori del mundo que le rodea) es más o menos libre, pero su conducta está predeterminada por factores de los que tanto el narrador, el lector y el personaje son conscientes cuando se paran a pensar sobre ellos. Sin embargo, el margen para la reflexión es escaso, debido a que en el mundo descrito por Himes la reflexión no es apreciada y la acción es una respuesta instantánea de corte casi conductista: un estímulo produce una acción refleja sin voluntad consciente. Pero no hay que asustarse. No se trata de una novela sobre fisiología animal. Es una novela sobre el animal humano, que es diferente.

Monroe tiene varios Virgilios. De hecho todos los presos que le rodean son Virgilio, ya que Monroe extrae lentamente de la observación de la Comedia Humana (volviendo al naturalismo francés de Zola) lo que Dante pretendía aprender de su guía en la otra Comedia. Monroe cuenta, en todo el tiempo que pasa encerrado, con varios guías, un solo amigo y, en realidad, ningún mentor. El que Monroe desarrolle una conciencia y percepción de "preso" no es un mecanismo que dependa de la enseñanza, sino de la reacción al entorno. Siguiendo con el símil dantesco, hay en la novela varias escenas de descenso al infierno, que Monroe percibe, cuando las experimenta, como manifestaciones de la naturaleza del mundo en el que vive, aunque no pueda atreverse a entenderlas. La más física es un incendio, así que continuar con el símil es casi demasiado fácil. Otra es de naturaleza puramente psicológica, fruto del universo alienante y reducido en el que Monroe está inmerso, cuando parece que abandona toda pretensión de humanidad y control, y está dispuesto a matar o a que lo maten.

La parte más extraña de este libro, aunque revela el valor de esta obra, no sólo en su momento de publicación sino como parte de esa descripción casi universal del hombre, es la que concierne a Beatriz. Sí, Monroe busca algo en el infierno al que ha descendido, aunque no lo sepa, y es por eso que en muchas ocasiones debe justificarse a sí mismo muy cuidadosamente, aunque se esté escondiendo detrás de una excusa falsa para todos menos para él. En el ambiente hipermasculino que describe Himes en este libro, los personajes adoptan actitudes emocionales, afectivas y sexuales que no tendrían en otra situación.

Monroe, como otros, es un personaje que se las ve con la homofobia impuesta (por cultura, educación e incluso en la misma cultura carcelaria) y una homofilia que le rodea, empujándole a él y a otros a adoptar roles en los cuales no se atreverían a pensar como propios en la vida extramuros. Es aquí donde Himes habla al mismo tiempo de un aspecto básico de la naturaleza humana y de cómo esa misma naturaleza es empujada, torcida, retorcida o revelada en circunstancias que, en este caso, escapan al control de los personajes.

Para información del lector, Monroe vive tres historias de amor. Todas ellas están relacionadas con la naturaleza de los sucesos que rodean la vida presidiaria de Monroe o están subordinadas a esos sucesos. Una cárcel es un magnífico sitio para el estudio del comportamiento humano, en tanto que sólo somos primates, porque representa un entorno controlado, de recursos limitados y de imposiciones arbitrarias. Himes no sólo presenta una lectura de ese contexto, el del animal humano y lo que hace o no hace cuando está sometido a esas presiones, sino que también lo dignifica en figura de Monroe, permitiéndole hablar por sí mismo. Y no sólo permitiéndole defenderse o explicarse, sino, en la mayor proeza de este libro, al permitir Himes que Monroe se engañe a sí mismo.

Le permite ser humano, vamos.

Lo que no es, precisamente, algo de lo que estar especialmente orgulloso en muchas ocasiones, pero es de las pocas cosas que le quedan a Monroe. No estoy hablando en términos de esa supuesta "humanidad" diferenciada de la bestia, no estoy hablando de una ética, moral o comportamiento social. De lo que estoy hablando es de que Monroe es un personaje que podemos comprender, entender en su contexto y aún así ser universal porque todos sus defectos, autoengaños y patéticos intentos de justificación son también los del lector.

Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.