Una India llena de misterio y magia donde una conspiración se desarrolla desde hace más de cien años en busca de un secreto que podría cambiar la vida humana. Amitav Ghosh recibió el entusiasta reconocimiento de la crítica con esta novela.
por Luis Fonseca
En Nueva York, entrado el siglo XXI, el analista Antar debe ayudar al sistema inteligente AVA en uno de sus bucles de perfeccionamiento mientras realiza unos de sus periódicos e insólitos inventarios.
El sistema ha puesto su atención en los restos de una acreditación aparecida en Calcuta, la acreditación de L. Murugan, un colega de Antar en un trabajo previo, desaparecido muchos años atrás. Murugan, Morgan para los amigos, era un excéntrico personaje que se había convertido en un experto autodidacta sobre el poeta, novelista y científico Ronald Ross, que fue, a su vez, quien identificó al mosquito anófeles como el vector de infección de la malaria. Sus extensivas investigaciones sobre Ross, habían llevado a Murugan a confesar a Antar en la única ocasión en la que ambos se vieron las caras, que tras el descubrimiento de Ross había habido una mano oculta con trascendentales y particulares motivaciones.
Las pesquisas de Murugan en torno a este punto le llevaron a remover cielo y tierra para ser destinado a Calcuta, lugar donde Ross hiciera su descubrimiento, donde iba a acabar desapareciendo sin dejar rastro. La suerte de Murugan y las claves de su desaparición alientan esta novela que se desarrolla con una triple voz narrativa: la historia inmediata de Antar que se desarrolla en unas pocas horas, la de Murugan en Calcuta que tiene lugar en dos días, y los cien años a los que hay que remontarse para asistir, en los días de Ross, a los prolegómenos de todo el asunto.
El cromosoma Calcuta es un libro ambicioso con vocación de bestseller con valor añadido, su pulso de thriller científico es trepidante y su prosa particularmente esmerada. Se trata de una ficción en la que tienen cabida la ciencia real y la imaginada, algo de metafísica y sucesos puramente fantásticos.
Buena parte de su atractivo se basa en la reconstrucción de la historia médica de la malaria y su posible parahistoria secreta en un ambiente de dicotomías donde se dan cita lo prosaico y lo trascendental, el oscurantismo y el cientifismo. Y, cómo no, el lugar donde se desarrolla la verdadera acción no es otro que la India ambigua, la India de Kipling de toda la vida y la de Simmons en La canción de Kali, la India oculta que se pega como una sombra a la racional arrogancia de sus colonizadores y de los herederos de éstos.
A lo largo de las páginas de la novela, mientras el curso de los acontecimientos tiene lugar de forma ambivalente entre lo racional y lo irracional, descubriremos que las interferencias sufridas por Ross en su trabajo se deben a una supuesta sociedad secreta que se remonta a un arcano culto gnóstico, cuyo objetivo, en el que la malaria juega un papel instrumental, es el de la transmigración de almas (versión telúrica de la clonación, de ahí el título de la novela). En el desarrollo de ese objetivo, el conocimiento resulta primordial para la trama paracientífica, el conocimiento entendido como la llave física para poder cambiar la esencia misma de las cosas (conocimiento=mutación, Heisenberg llevado a sus últimas consecuencias). Esta elección hace elevar las apuestas, al mover el autor las motivaciones últimas de la conspiración paracientífica al terreno de lo intangible y cuasifilosófico (con el poco deseado efecto secundario de hacer correr a la novela el riesgo de no estar a su propia altura).
En cuanto al ritmo, éste es magnífico durante toda la novela: va in crescendo durante su primera parte (ya sembrada de pistas) como en la subida inicial de una montaña rusa, para después, como en una montaña rusa también, alternar aceleraciones con remansos y giros insospechados. Mi único pero es que si bien la novela es brillante y absorbente y sabe conjurar del lector la atención que se merece, deja a éste un poco perplejo en cuanto a la involucración de Antar en el desenlace pseudo-circular (o pseudo-espiral) que se adivina, un final abierto a especulaciones y discusiones.
No deja de resultar extraño que después de los abundantes guiños con las que el autor recompensa al lector atento para que éste vaya adentrándose en la trama (hombres con una mano de sólo cuatro dedos hábiles y nombres que empiezan con L, linternas ferroviarias y demás), aquel no le proporcione las claves para comprender del todo en qué momento el cúmulo de casualidades que parecen arrastrar a Antar hacia el desenlace se convierten, finalmente, en causalidades. A no ser que, como se dice en más de una ocasión en el libro, no sea lícito explicar todos los extremos de una información al sujeto de la misma sino que éste debe realizar por su cuenta el último acto genuino de comprensión. Le quedan a uno ganas de releer la novela (lo cual por su construcción no dejará de ser un placer) para ver en cuál de sus múltiples recovecos se le ha pasado por alto alguna información trascendente.
© Luis Fonseca 2001