En una región australiana de minas de ópalo viven Pobby y Dingan, amigos imaginarios de Kellyanne Williamson. Su hermano, Ashmol, pronto descubrirá que quizá la línea que separa la realidad de la fantasía no es tan clara como él pensaba.
por María Castro
Creo que todos los que hemos leído en nuestra infancia somos conscientes de que por más que lo intentemos nunca volveremos a leer como entonces. Ningún libro, por maravilloso que sea, conseguirá abstraernos absolutamente de todo lo que nos rodea; ninguno espoleará nuestra curiosidad hasta el punto de dejarnos absorber por la trama sin tener en cuenta nada más; ninguno nos conducirá hasta mundos completamente inexplorados, descubriéndonos territorios vírgenes, todavía sin hollar. Los libros de nuestra infancia son mucho más que libros y por eso mismo se resisten a todo intento de racionalización: si necesitas justificar porque te encandilaba la cursi de Pollyanna, es que verdaderamente no te entregaste a ella como es debido en su momento. Por mucho entramado teórico que pretenda levantar en torno a ellos, los libros que me fascinaron de niña, lo hicieron, como para cualquier niño sería obvio, "porque sí".
¿Quién no guarda alguna relación de este tipo con algún libro?, una relación que se parece más a una amistad o un amor en el mundo real y que, por lo tanto, no puede explicarse basándose únicamente en criterios objetivos. Incluso existen libros que uno no se atreve a volver a tocar, por miedo a descubrir que ya no son lo que un día fueron, o, una posibilidad todavía mucho más terrible, que somos nosotros los que ya no estamos a la altura.
Como adultos, lo más cercano que tenemos a esa experiencia es el descubrimiento de un libro, de unos personajes, que consiguen incorporarse a nuestra existencia, tan reales o tan imaginados como la vida misma. Cuando esto sucede, cuando un libro o un personaje te acompaña mucho más allá de lo que dura la lectura, sabes que has encontrado una pepita de oro entre la arena.
Así que por mucho que se insista en los múltiples niveles de lectura que poseen algunos buenos libros para niños, yo nunca entenderé como alguien que esté en su sano juicio, quiere descubrir ningún nuevo nivel de lectura en los libros sagrados de su infancia. Yo personalmente no sé si odio más al imbécil del profesor que pese a mi resistencia, se empeñó en abrirme los ojos y explicarme con pelos y señales quienes eran verdaderamente los Reyes Magos, asombrado de que con ocho años todavía se pudiese ser tan estúpida, o a los esforzados desmitificadores que me asaltan periódicamente desde cualquier texto impreso para descubrirme al reprimido adorador de niñas que era en realidad mi querido Lewis Carroll y para indicarme todo lo que me pierdo cuando leo, procurando no interpretar, Alicia en el país de las maravillas. En ambos casos mataría, sin dudarlo, al mensajero.
Bueno, pues toda esta disquisición viene a cuento, porque muy de vez en cuando aparece en nuestra vida un libro que, a pesar de que se intuye que puede dar pie a interpretaciones de todo tipo, lo que a uno verdaderamente le apetece es quedarse simplemente con la sensación que nos deja la lectura. Este es el caso del libro que acabo de leer Pobby y Dingam. Su narrador y protagonista, Ashmol Williamson vive en un pequeño y desolado pueblo de Australia, donde todo gira en torno a las minas de ópalos. Su madre sueña con su Inglaterra natal, su padre con encontrar un ópalo que los haga "acojonantemente millonarios" y su hermana tiene dos amigos imaginarios, Pobby y Dingam, de los que Ashmol está absolutamente harto. Y no sólo porque su hermana se comporte como una pequeña trastornada hablando con ellos en cualquier momento y lugar, sino porque su propia madre les pone un plato en la mesa, los viejos del lugar los llaman por su nombre cuando saludan a la pequeña Kellyanne, los tenderos les regalan caramelos e incluso en una ocasión permitieron que Dingam se presentase al concurso de Miss Ópalo, consiguiendo quedar tercera ¡alguien al que nadie puede ver! Pero lo que a Ashmol le provoca ganas de vomitar es ver a su padre que hasta el momento había mantenido las distancias, comportándose como si Pobby y Dingam existiesen verdaderamente, despertándoles cuando despierta a Kellyanne, llevándolos en la camioneta...
Hasta que un día ambos desaparecen y Kellyanne convencida de que algo terrible les ha ocurrido, comienza a morirse literalmente de pena, al mismo tiempo que el padre de Ashmol es acusado del infame crimen de robar ópalos. Deberá ser Ashmol quien convenza a todo el pueblo para participar en la búsqueda de Pobby y Dingam, al tiempo que trata de limpiar el buen nombre de los Williamson y será Ashmol quien por fin deberá llevar la búsqueda hasta sus últimas consecuencias en un intento desesperado por salvar la vida de su hermana.
Probablemente se podrían escribir folios y folios con interpretaciones de esta pequeña novela, pero la verdad es que yo sospecho que todo se reduce a conectar o no conectar con Ashmol, o con él o contra él, así de simple. Intuyo que volveré muchas veces a releer esta historia, por el puro placer de reencontrarme con un amigo, al igual que procuro encontrarme periódicamente con el que ya considero su hermano mayor Holden Caulfield. Creo que ambos se van a entender de maravilla.
© María Castro 2001