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El Instante Aleph
Greg Egan En la isla artificial de Anarkia se celebra un congreso de física. En él, la investigadora Violet Mosala anunciará una Teoría del Todo que explicará el universo. Andrew Worth, periodista científico, se verá implicado en los planes de aquellos que no quieren que se anuncie tal teoría. Mientras tanto, el número de casos de una misteriosa enfermedad, Angustia, se incrementa por todo el mundo. La resurrección temporal de los muertos para prestar testimonio póstumo, autistas voluntarios en busca de un terreno social propio, humanos de bioquímica diferente, fauna intestinal de bioquímica diferente, depósitos de ruedas y metabolismo del caucho; sospecha de conspiraciones, matemática políticamente incorrecta, atentados en un congreso de física, brujas con escoba y bola de cristal políticamente correctas, historias de amor asexuales (y pese a ello muy reales: temor, miedo, desconfianza e inseguridad), ansiedad y conocimiento y enfermedad, el principio antrópico jodiendo al universo entero, el miedo a todo, la destrucción de todo, la teoría del todo, la creación de todo. Y algo más. Y luego dicen que la ciencia ficción necesita renovación. O es que no se lee bien a Greg Egan o es que algunos críticos, sencillamente, no están prestando atención. Se plantan allí donde sus cábalas les dan la razón y luego se niegan a seguir adelante. De todas formas, Greg Egan es un escritor terrible como el Dios bíblico e igual de exigente porque escribe con un arma que en realidad, pese a la naturaleza del género, se utiliza pocas veces en la ciencia ficción. Egan escribe desde ese terreno poco poblado en realidad que es el Conocimiento. Habla desde las matemáticas, la neurociencia, la bioquímica, la física, la antropología, la ingeniería y la informática para dar una visión más real del hecho del animal humano que la ofrecida por otras muchas obras con pretensiones de profundidad psicológica. Cuando Egan habla de psicología está hablando de la activación de neuronas, del disparo sináptico y de modelos conexionistas, de neuroimagen y sociología. Nos habla desde un terreno en el que la respuesta que consigue en un lector como yo se acerca irónicamente a una reacción como la que da el título original a esta obra: Distress. El conocimiento inquieta. Dejando a un lado el recurso literario para la construcción de personajes, Egan habla siempre de la reacción de una determinada especie de primates superiores frente al conocimiento de sí mismos y del mundo. Es probable que ningún lector tienda a identificarse con ninguno de los personajes de Egan per se, pero también es improbable que el lector no se encuentre reflejado, muy a su pesar, en las actitudes, obsesiones, miedos y esperanzas de los personajes que pueblan las novelas de Egan. Egan habla siempre de los seres humanos, y de su papel en un universo más extraño de lo que el resto de los mortales podemos imaginar. Desde esa descarnada idea, pertenezco a una escuela de pensamiento que opina que Egan es un magnífico escritor de terror, tal y como dice Pedro Jorge Romero en el prólogo. ¿Por qué? Porque Egan replantea continuamente la relación tradicional de los seres humanos con el universo físico en el que habitan, con sus cuerpos y sus mentes, la pesada carga de la historia de la especie, genética, ontogénesis y filogénesis y nuestra configuración neuronal y la predeterminada percepción del mundo: estamos tan determinados por el mundo físico que no nos damos cuenta de que somos, o podemos llega a ser, ese mundo físico. Y Egan nos demuestra que ese replanteamiento de las relaciones tradicionales, heredadas o impuestas o descubiertas o redescubiertas o simplemente creadas para satisfacer un impulso momentáneo, puede provocar muchas reacciones, pero la más común es siempre la misma: pánico. Y además, nos niega cualquier refugio en ninguna de las confortables mentiras que heredamos de nuestros ancestros: ataca frontalmente, directamente y sin ningún escrúpulo, en denunciando la idea del relativismo científico mientras introduce la subjetividad en la historia del universo. Al mismo tiempo que un magnífico creador de posibilidades, Egan es un escéptico convencido, y no se para en nada al denunciar la falsedad de pensamiento para-, a-, post- y pre- científico. Puede que el universo no funcione de la forma que Egan propone, después de todo es especulación y ficción, pero observa cuidadosamente la reacción de otras áreas del conocimiento humano, disciplinas que dirían algunos, y previene al lector contra los argumentos infalsables, acientíficos y contra los modelos del mundo que se derivan de éstos. Egan hace en sus novelas más epistemología y filosofía de la ciencia de la que muchos filósofos en ese campo harán en su vida. No está mal para ser sólo un escritor de ciencia ficción. Volviendo a Distress: Egan consigue inquietar al lector de la misma forma que otros muchos escritores han conseguido inquietar a sus lectores independientemente del género tratado: contando la verdad (hasta donde él la conoce) y luego yendo más lejos. Ésa es la premisa básica de las tres grandes obras de Egan: Ciudad Permutación, Diáspora y Distress (El Instante Aleph). En todas ellas (y en Cuarentena) la presencia del observador es él único elemento necesario para que exista la idea de cada novela. Para que luego hablen los filósofos de metafísica: de la misma manera que para que un libro exista más que autor tiene que haber lector, el universo en las "cosmologías subjetivas" de Egan responde a la presencia de un observador interno. ¿No es un bonito paralelismo? El Instante Aleph narra la historia de un periodista científico -Andrew Worth-, la de una Premio Nobel de física -Violet Mosala-, y de la Teoría Del Todo. Sí, hay más cosas como secuestros, atentados, reivindicaciones absolutamente estúpidas por parte de grupos que se sienten amenazados por la ciencia, rivalidades profesionales, tecnoanarquismo y biotecnología. Puede parecer curioso, pero Egan es un escritor que casi siempre implica al lector profundamente en sus textos. Desde luego no es un escritor didáctico ni siquiera tiene un estilo popular, pero aquel que empieza a leer a Egan casi siempre queda atrapado por la fuerza de su prosa, que no radica ni en el estilo ni en las ideas ni en los artificios -aunque todo eso ayuda. Radica en el misterio. Siempre. Cualquier novela de Egan, incluyendo ésta, es la crónica de un misterio que se desvela mediante la aplicación del método científico. Casi de la misma manera que una historia de detectives racionalistas. Así, en el fondo, El Instante Aleph es una narración de corte policíaco: hay un culpable y un móvil. Así que hay que descubrir ambos. Y lo mismo le pasa al Universo entero. Así que si Andrew Worth investiga, queriendo o no, por qué un congreso de física se convierte en un asunto tan problemático, Violet Mosala está investigando para descubrir quién es el culpable del universo. La respuesta a ambas investigaciones es la misma. Y no, no es Dios (eso se le deja para Robert J. Sawyer). La respuesta es la misma que para la metafísica del libro antes mencionada y se halla presente en esa misteriosa enfermedad cuyo desarrollo corre paralelo al avance de la trama en la novela. Y también tiene un poco de intertextualidad. El Aleph de Egan y el Aleph de Borges comparten similitud en sus respectivas estructuras profundas. Pero, eso sí, si la justificación del Aleph de Borges era Borges, ¿por qué la del Aleph de Egan no iba a ser Egan? De hecho Egan va más lejos que Borges al implicar al lector en la aparición del Aleph, y más que al lector mismo, a todo lo humano. Y eso que escribe desde la ciencia dura más desapasionada en su relación con los componentes de la especie. O eso es lo que en general pretenden decir algunos humanistas acerca de la ciencia. Bueno, parece que a Egan ese terreno le basta y le sobra para hacer lo que quiere. Con la profundidad que quiere y de una manera tan completa, exacta y profunda como cualquier otro autor. La única pega que le pongo, en realidad y volviendo al tema de la narrativa policíaca, es que traducir Distress por "El Instante Aleph" me parece como si hubiesen traducido "Asesinato en el Orient Express" por "Todos Eran Culpables". Pero bueno... © Xavier Riesco Riquelme 2001 Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
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