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Portada de El reich de hielo de William Dietrich
Valoración: 2 estrellas de 5

Grijalbo Mondadori. 443 páginas. ISBN: 8425333113.

El reich de hielo

William Dietrich

Una aventura de exploración antártica, con tierras ignotas, nazis dispuestos a conquistar el mundo y héroe carismático. Pero aún así, el resultado del cóctel podía haber sido mucho mejor, como ya ha demostrado más de un maestro de la narrativa aventurera.

por Mario Moreno Cortina

Hay un momento en la historia que ha dado pie a más historias de aventuras que ningún otro. Se trata de todo el período que comprende el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. La ideología tecnófila y positivista imperante y la existencia aún de amplios territorios vírgenes formaban un ambiente adecuado para que los Viajes extraordinarios de Verne, El mundo perdido de Doyle, las novelas de Tarzán, y un millar de obras semejantes obtuvieran un éxito fabuloso.

Aquellas novelas se desarrollaban en el límite de la civilización, en aquellas áreas del planeta que aparecían en los mapas, que tenían un nombre, pero que aún despertaban en el gran público fantásticas visiones, ya que el conocimiento que se tenía de las mismas era lo suficientemente nebuloso e incompleto para ello. Las selvas amazónica y africana, el Himalaya y los polos eran los escenarios más frecuentes para encontrar civilizaciones perdidas, invasiones extraterrestres secretas o expediciones perdidas.

Hemos dicho los polos, pero de los dos es el antártico el que más ha cautivado a escritores y lectores. Podemos recordar La Narración de Arthur Gordon Pym, En las montañas de la locura o El enigma de otro mundo como ejemplos prestigiosos. El aficionado español erudito citará también 40000 Kilómetros a bordo del aeroplano Fantasma, del Coronel Ignotus y Misterio en la Antártida, de Larry Winters.

Sin embargo, parece que la Antártida dejó de ser hace tiempo territorio de monstruos antediluvianos, platillos volantes al acecho y demás fantasías populares, con la excepción quizá de la versión de John Carpenter del relato de Campbell. ¿Demasiados reportajes del National Geographic? Es posible. Ahora la terra ignota no está en nuestro mundo, y ni siquiera en la luna. Está en Marte, y hacia allá miran nuestros escritores.

Por eso me sorprendió mucho cuando encontré casualmente esta novela (jamás miro la estantería de best sellers, y sí, es un prejuicio estúpido). Una novela escrita por alguien llamado William Dietrich, de quien desgraciadamente no sé dar mejor noticia, en 1998.

El inevitable (y necesario) resumen de la contraportada logró lo que no logra nunca, esto es, interesarme. Allí se nos cuenta que la acción transcurre en 1938. Un barco enviado por el gobierno nazi a la Antártida descubre una isla que no está en los mapas, la Isla Átropos. En una bahía formada por la explosión de un volcán, los expedicionarios encuentran los restos de un ballenero noruego, el Bergen. Toda la tripulación ha perecido, víctima de una extraña plaga.

Es posible que al lector culto al uso tal resumen le provoque el suficiente espanto como para abandonar la novela a toda prisa. A un servidor le dio pie para tirar de tarjeta y llevarse la novela a casa.

En un principio, toma buen rumbo. Sólo me molestó la inclusión de un episodio preliminar totalmente descolgado de la acción principal, que pretende ser trepidante y que sólo consigue ser cinematográfico. En realidad sirve para presentar a Owen Hart, un piloto norteamericano que ya ha estado en la Antártida en el pasado, en una expedición con resultados nefastos. Seguramente, al autor le parecía demasiado fuerte vender a los americanos una novela cuyos protagonistas fueran todos nazis (y firmando con apellido Dietrich para más inri).

Los nazis contratarán a Hart para la expedición por su experiencia en la Antártida. La forma en que Dietrich incluye al piloto americano en la expedición resulta muy poco creíble, pero en una novela de aventuras hay cosas que se pasan por alto en detrimento de otras.

Es loable la rapidez con que el autor despacha la pintura de la Alemania prebélica, y sospechosa la ambigüedad con que trata sus conquistas industriales y económicas. Sin embargo, rápidamente nos vemos embarcados en el Schwabenland rumbo al polo sur y lo olvidamos todo.

Dietrich, como es lógico y de esperar, aprovecha el viaje para presentar al lector a los tripulantes del buque. El enlace político, Jürgen Drexler (para que nos entendamos, el malo), es un nazi de opereta, recortado en cartón piedra. Todo lo que esperamos encontrar en Jürgen Drexler, Dietrich nos lo sirve en bandeja (que conste que esto no tiene porque ser necesariamente una crítica). El resto de los personajes tienen nombres como Greta, Fritz y Hans y son perfectamente cabezones, rubios y sombríos, el tipo de nazi que el lector norteamericano medio (del que Barnum dijo en una ocasión que jamás se perdía un solo dólar subestimando su inteligencia) espera encontrar en una novela sobre nazis.

Greta, una espectacular bióloga pelirroja cuya presencia se hace incomprensible en un barco alemán de 1938, tiene una relación sentimental con Drexler un tanto extraña. Desde luego, se enamorará del piloto norteamericano, lo que dará lugar a un triángulo amoroso en la más pura tradición del Hollywood de los años 40 y 50.

Con la llegada al polo sur, hay un encontronazo con un ballenero noruego que deriva en enfrentamiento violento. El Schwabenland queda dañado y debe recalar lo antes posible. Aquí es cuando se produce el descubrimiento de Isla Átropos.

En ese momento de la lectura es cuando uno cree que va a comenzar una historia que derivará de sorpresa en sorpresa hasta la Sorpresa Final. En el momento en el que el Bergen es descubierto, sabemos que una enfermedad desconocida con síntomas similares a la gripe se ha llevado a los noruegos. Estamos en el primer tercio de la novela, y nos preguntamos que fantásticas aventuras y que tremendas revelaciones nos tendrá reservadas William Dietrich.

Y ahí es donde se encuentra realmente el punto en el que la historia fracasa. Dietrich no nos añade más a la historia. Ahí queda todo. Lo que resta da toda la impresión de ser paja para dar al libro un grosor comercial.

Pero continuemos. Drexler sueña con usar aquella bacteria, que puede acabar con un ser humano en 24 horas, como arma biológica al servicio del Reich. El barco es reparado y vuelve a Alemania abandonando a Hart y un marinero llamado Fritz en Isla Átropos.

Fritz muere y Hart es rescatado por los balleneros noruegos. En unas pocas páginas se nos cuenta como se enrola en los servicios de inteligencia de la RAF al inicio de la II Guerra Mundial, mientras busca desesperadamente la forma de ponerse en contacto con Greta. La forma en que al final penetra en la Alemania cercada de 1944 parece sacada de las viejas películas de propaganda de la época.

Greta se ha casado con Drexler y, desde luego, su matrimonio es un infierno, de forma que cuando Hart le ofrece la fuga a América, ella se lanza en sus brazos.

Desgraciadamente, Drexler lo descubre todo y les embarca en una nueva misión a Isla Átropos. Nos enteramos de que la investigación sobre la bacteria quedó olvidada por el curso de la guerra, y en su hora final, Alemania espera encontrar en ella el arma definitiva. Para ello se fleta un submarino de última generación, capaz de romper el bloqueo y llegar al continente antártico.

Si la primera arribada a la isla se salvaba por la expectativa de un misterio no desvelado, esta tan sólo nos depara carreras, tiros y monólogos fanáticos de Drexler. Llegados a este momento, todos sabemos en qué va a acabar todo, y tan sólo por el rubor de dejar la novela a medias nos dejamos arrastrar hasta la última página, donde asistimos a un happy end enteramente sacado de la manga.

Pasando por alto la prosa pedestre, los personajes planos y los giros previsibles, que no tienen porque ser un problema en una obra de aventuras (Burroughs tenía esos tres problemas, y era un gran escritor) Dietrich hubiera podido escribir una novela muy entretenida de haber reservado algo para el final, o haber tenido el valor de escribir una novela corta. Sin embargo, se deja llevar por la política de economía de ideas tan cara a los escritores americanos de best sellers. Me gustaría recomendarle la lectura de la obra de nuestro Larry Winters, Misterio en la Antártida, para mostrarle lo que puede hacer un escritor a sueldo con el viejo continente helado.

Queda como mérito indiscutible de El Reich de hielo el recuperar la aventura antártica, olvidada hace muchas décadas por la literatura y el cine. Es evidente que Dietrich tiene en la cabeza modelos más antiguos y prestigiosos, pero siente algún tipo de vergüenza en dejarse llevar por la imaginación de sus antecesores. El resultado es algo que hubiera podido ser y no fue.

No creo que Dietrich sea un mal escritor, quizá un escritor del montón, pero no malo. Es posible que de haber escrito sin la presión de la industria editorial norteamericana habría escrito una novela más interesante.

Sólo que me queda añadir que, contra todo pronóstico, El Reich de hielo se basa en un hecho real. En 1938, un barco alemán llamado Schwanbenland fue enviado a la Antártida, y descubrió y puso nombre a algunas tierras hasta entonces no catalogadas. Lo demás, incluyendo los nombres de los integrantes de la expedición, es literatura.

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