El mejor pianista del mundo no ha bajado nunca del barco en el que fue encontrado, sobre el piano dentro de una caja de cartón. Ésa es la extraordinaria premisa de esta extraordinaria novela de Alessandro Baricco.
por María Castro
Yo tiendo a imaginarme el proceso de creación literaria de dos maneras, en la primera, el escritor tiene en la cabeza lo que considera una gran historia y su trabajo consiste en ir dándole forma poco a poco hasta levantar todo un edificio en torno a ella. En la segunda el autor tiene el tono, el ritmo de la historia y, con un levísimo hilo argumental va tejiendo la trama. La obra con la que Alessandro Baricco se dio a conocer en nuestro país, Seda, pertenecería a esta segunda categoría, en la que con apenas una anécdota, un comerciante que viaja a Japón en busca de gusanos de seda, el escritor creó una bellísima obra, hipnótica y circular, que como en un vaivén va arrastrando al lector hacia delante y hacia atrás, para llevarlo de nuevo al punto de partida.
Por su parte, el libro que ahora nos ocupa, Novecento, sería el ejemplo perfecto de creación en torno a una idea. Puedo imaginarme al autor tomándose un café o dando un paseo por el puerto cuando, repentinamente, surge la historia en su cabeza, como una revelación. La historia es tan conmovedora por sí misma que el trabajo del escritor se reduce a buscar las palabras justas para darle vida, sin sofocarla. Es más que posible que esto no haya sucedido así y que nunca suceda de tal forma, ya que la sencillez suele ser el resultado de una cuidada elaboración y por eso precisamente es por lo que nos seduce.
La forma que encontró Baricco para dar vida a su historia fue un monólogo teatral (que dicho sea de paso Giusepe Tornatore adaptó magníficamente para el cine) y el argumento es el que sigue:
A bordo del trasatlántico Virginian, que hace la ruta entre Europa y América, recién estrenado el siglo XX, aparece sobre el piano de cola del salón de baile de primera clase una caja de cartón con un niño de pocos días en su interior. No es la primera vez que ocurre, pero esta vez quien la encuentra es uno de los maquinistas del barco, Dany Boodman, quien al leer la tarjeta que acompaña a la caja, donde pone T.D. Limone, comprende que T. D. significa, ni más ni menos que Thanks Danny, así que se hace cargo del niño, al que pondrá su nombre, añadiéndole como homenaje el nombre del año que inaugura el nuevo siglo. El niño se llamará así Dany Boodman T. D. Lemon Novecento y se convertirá en el más grande pianista de todos los tiempos, capaz de crear, sin necesidad de partitura, las notas más increíbles y las melodías más asombrosas, que sólo existen por el breve espacio en el que él las ejecuta al piano. Son piezas asombrosas, que nadie sabe muy bien como definir y, "si no sabes lo que es, entonces es Jazz".
La fama del extraño pianista se extiende de tal forma, que se dice que hay personas que compran el pasaje tan sólo para oírle tocar e incluso Jelly Roll Morton, que se presenta a sí mismo como el inventor del jazz, se siente impulsado a desafiarle a un duelo de piano y, puesto que Novecento sólo puede tocar si tiene el océano bajo su silla, se ve obligado a subir al barco, donde según la leyenda tiene lugar el singular combate.
A pesar de que Novecento nunca ha bajado del barco en el que nació, sabe como huele una calle de Londres o como es la luz que se contempla al atardecer desde un puente de París y es capaz de describir con precisión lugares a los que sólo ha viajado con su imaginación, ya que el mundo entero entra y sale de su barco en cada travesía, aunque él nunca haya puesto un pie en tierra.
Tan sólo en una ocasión el pianista tratará de bajar del barco en el que ha transcurrido toda su vida. Engalanado como corresponde a un instante trascendental comienza a bajar, poco a poco, la escalerilla que separa su mundo de áquel que conoce únicamente a través de los rostros y los relatos de los que tratando de hacer realidad su sueño de una tierra nueva han inspirado su música. Cuando está a punto de pisar tierra firme, da media vuelta y, sin pronunciar palabra, regresa al barco, renunciando a su propio sueño para siempre. Ha tenido tan solo un atisbo del mundo y éste le ha parecido tan inmenso que se siente incapaz de manejarlo.
Siempre existe un momento, en el que se da un paso decisivo, ese paso, pequeño o grande, nos aleja para siempre del mundo de las certezas. La mayoría de nosotros lo damos de forma inconsciente, sin comprender del todo su trascendencia, pero imaginemos por un momento que como para Dany Boddman T. D. Lemon Novecento, este gesto se concreta y precisa: con un solo paso el mundo deja de desfilar ante nosotros y somos nosotros quienes con nuestras elecciones decidimos por donde debe discurrir el desfile... ¿Cuántos descenderíamos por la escalerilla y daríamos ese paso final?
© María Castro 2001
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