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La vida en la cuerda floja
La humanidad y la crisis de la biodiversidad Niles Eldredge La biodiversidad es un tesoro. No sólo por lo que representa como variedad ecológica y biológica, sino también por lo fundamental que se manifiesta para la supervivencia futura de la propia humanidad. ¿Estamos destruyendo la biodiversidad del planeta? La respuesta de este libro es un sí rotundo. Pero quizá todavía podamos hacer algo. por Eduardo Gallego El empobrecimiento de la biodiversidad es un tema que, afortunadamente, hace correr ríos de tinta, desde soflamas ecologistas hasta sesudos tratados. Vaya, otro libro más, puede pensar el hastiado lector. Pues no. Éste es realmente bueno. El autor sabe de qué habla, el traductor también y el estilo es ameno. En suma, nos hallamos ante una obra de divulgación, en el sentido más noble de la palabra. Y divulgación es lo que hace falta para concienciar a la gente. El problema de la biodiversidad menguante es serio. Mejor dicho, resulta vital para nuestro futuro y el de nuestros hijos. Vayamos por partes. El autor, N. Eldredge, no es precisamente un advenedizo en el mundillo científico. Junto al archifamoso Stephen Jay Gould, propuso la teoría de los equilibrios puntuados, que trata de explicar los cambios en el ritmo evolutivo. Retengamos el dato: Eldredge es todo un experto en teoría de la evolución. Por otro lado, actualmente trabaja como conservador en el Museo Americano de Historia Natural. Dicha institución organizó en 1998 una exposición magnífica sobre la biodiversidad, y Eldredge fue el responsable científico. El libro es, realmente, otra forma de lograr que el tema llegue a un mayor número de personas interesadas. Y al igual que el museo, se basa en la claridad expositiva y la concienciación de que existe un problema bien gordo. Y no exagero. La diversidad de lo vivo está cayendo en picado. De hecho, ya se habla de que asistimos a la sexta gran extinción en la historia de la Tierra, causada no por un cataclismo geológico o el impacto de un asteroide, sino por la acción de una especie que presume de inteligente. ¿Es tan grave la merma de biodiversidad? ¿Puede medirse? ¿En qué nos afecta realmente? ¿Necesitamos tantos bichos diferentes a nuestro alrededor? ¿Podemos hacer algo para atajar el biodeterioro? ¿Merece la pena? Eldredge trata de responder a estas preguntas. Para ello adopta un enfoque ameno y didáctico. Va de lo particular a lo general, del micro al macrocosmos. Se centra en uno de los paraísos naturales que aún nos quedan, el delta del Okavango (Botswana). El autor lo conoce bien, y lo ama. Al describir la diversidad de hábitats y sus moradores, nos hacemos una idea de la complejidad de la biosfera y la delicadeza de las interrelaciones entre seres vivos. Asimismo, al narrar la historia del Okavango, vemos reflejada la nuestra propia. Buena parte de África era así cuando nuestros antepasados homínidos iniciaron la línea evolutiva que los condujo hasta el presente. Pero conforme los hechos que el autor relata se acercan a la época actual, asistimos al impacto de la ganadería, las amenazas que se ciernen sobre ese trozo de edén primordial. Su belleza se contrapone a su fragilidad. De este modo, Eldredge nos ha preparado el cuerpo para que entendamos lo que significa la biodiversidad, en sus dos aspectos esenciales: el evolutivo y el ecológico. Como he mencionado antes, Eldredge es biólogo evolutivo, y narra con maestría la historia de la vida, y cómo han evolucionado los principales grupos de organismos. Obviamente, en una obra de 277 páginas no puede entrar en pormenores, por lo que se centra sobre todo en los animales, más llamativos y familiares para el lector. En cualquier caso, el repaso al frondoso árbol de la vida hace que nos admiremos de la cantidad de proyectos distintos, de lo diminuto a los gigantesco, de millones de especies. Pero la biodiversidad no se mide sólo en número de especies diferentes. Hay otro aspecto esencial: la variedad de ecosistemas. Eldredge revisa el panorama ecosistémico en la Tierra de los polos al ecuador, de las profundidades marinas a las cumbres de las montañas. En suma, nos ilustra de maravilla sobre la complejidad de la biosfera. Y a continuación, pasa a explicar cómo la estamos matando. La lectura del apéndice I del libro, un listado de especies extinguidas, es sobrecogedor. Causa una honda congoja en cualquier persona mínimamente sensible, y nos hace lamentar todo lo que hemos perdido. O dejado perder, mejor dicho. En fin, no es misión de esta reseña entrar en detalles sobre el impacto de la agricultura en los ecosistemas naturales, y cómo las actividades humanas están dañando el planeta. Aparte de bosques quemados, playas arrasadas, caladeros pesqueros esquilmados y demás desastres familiares, las alarmas que avisan de peligros globales están empezando a saltar por doquier. Por qué las poblaciones de ranas están entrando en declive en todo el mundo, por ejemplo. Puede parecer algo pintoresco, pero reafirma que algo va mal. De nuevo, un examen del microcosmos conlleva inquietantes generalizaciones. Bien, ya hemos visto lo compleja que es la biosfera y cómo se va empobreciendo. ¿Se puede hacer algo para evitar esto último? Eldredge confiesa que a veces cree que la cosa no tiene solución, pero en ocasiones intuye algún rayo de esperanza. En el último capítulo propone unas cuantas soluciones, nada difíciles de entender. Son de sentido común, vamos. La primera, no cerrar los ojos ante la gravedad de las consecuencias de nuestros actos. Hay sectores políticos que opinan que un bichejo más o menos importa bien poco para el bienestar humano. Sí, sí... Desde el punto de vista del número de especies, véase el Apéndice II para comprobar de cuántas dependemos, e intuir lo que podemos estar perdiendo con cada extinción. En cuanto a la importancia de mantener los ecosistemas, el ciclo de los elementos químicos más importantes, o la concentración de gases en la atmósfera, dependen de comunidades de microorganismos. El agua potable depende de la cobertura vegetal, en muchos casos. Y así, ad infinitum. Tenemos un problema, desde luego. La biosfera es una maquinaria bien engrasada. Si seguimos arrojando porquería en su seno y sustrayendo piezas, tal vez, a pesar de los sistemas redundantes de seguridad, algún día deje de funcionar adecuadamente y... Seguidamente, hay que controlar de algún modo el incremento de la población humana. Los recursos naturales tienen un límite, y podemos aguardar a que el número de habitantes se estabilice a lo bruto, mediante hambrunas, epidemias o guerras, o bien tratar de empezar a arreglarlo. En los países más desarrollados, la población parece estar autorregulándose. En otros no, pero hay una estrategia sencilla para empezar a lograrlo: proporcionar educación a las mujeres, así como la posibilidad de que ellas se integren en la economía local. Cuando esto se ha hecho, la natalidad ha caído. El acceso a la cultura y la perspectiva de una vida mejor valen más que las imposiciones. Además, hay que recapacitar sobre el concepto de sostenibilidad o, como dice el autor, recuperar el sentido de la mesura. Cómo no, estamos obligados a aprender de la experiencia que tenemos en conservación de espacios naturales. Se han cometido muchos errores, pero también aciertos. Y lo principal: encontrar el equilibrio entre el bienestar de las poblaciones humanas y la conservación de ecosistemas y especies. Hay una diferencia crucial entre los ecosistemas de las zonas templadas y los de las tropicales. En los primeros, abundan más las especies generalistas, con amplia distribución, por lo que son más resistentes a las extinciones. En cambio, en los segundos la biodiversidad es mucho mayor, pero abundan los endemismos, es decir, las especies típicas de lugares concretos. En una selva tropical, la tala de unas hectáreas de selva puede suponer la desaparición de cientos de especies. Lo trágico es que, actualmente, las poblaciones humanas con mayor tasa de crecimiento residen cerca de los trópicos, rodeadas de ecosistemas frágiles. Y la gente es pobre. Tiene que destruir su patrimonio natural en aras de la propia supervivencia, sin ser consciente de que así hipoteca su propio futuro. Moralmente, los países desarrollados no tienen derecho a pedir que no quemen los bosques para convertirlos en tierras cultivables. De algo hay que vivir, se supone, aunque sólo sea a medio plazo. La única forma de parar la destrucción es inyectar dinero en los países más desfavorecidos, convencer a sus habitantes de que les resultará más ventajoso mantener los ecosistemas naturales que convertirlos en carbón. El ecoturismo (a pesar de la tendencia de los turistas de comportarse como elefantes en una cacharrería) está contribuyendo a salvar parte del patrimonio natural. Resulta más rentable vaciar los bolsillos de los visitantes que roturar un terreno, por ejemplo. En cualquier caso, se trata de un principio esperanzador. Eldredge cierra el libro con un consejo final: necesitamos desarrollar una voluntad y un programa político que compaginen desarrollo con conservación. Debemos planificar a largo plazo, plantear qué futuro deseamos, enfrentarnos a los problemas sin demorar las soluciones, pensar globalmente y actuar localmente (para asegurar el bienestar de las poblaciones implicadas). Debemos encontrar el equilibrio, o perecer. Y aún podemos hacerlo, aunque cada vez nos quede menos tiempo. Los primeros pasos se están dando, a pesar de múltiples zancadillas. Ojalá ya no sea tarde. Por cierto, unas palabras acerca del traductor. En ocasiones, éste no tiene ni idea de los temas biológicos que está leyendo, lo que conduce bien a memorables meteduras de pata, bien a la conversión del texto en algo ininteligible. Por fortuna, aquí no se da el caso. Joandomènec Ros es un veterano traductor de obras científicas y, además, ejerce como catedrático en de Ecología en la Universidad de Barcelona. Se nota que entiende del tema; no se resiste a introducir notas aclaratorias a pie de página en cuanto tiene oportunidad. Puedo dar fe de que es un buen ecólogo: lo tuve como profesor en la Universidad de Murcia, y aún recuerdo su empeño en enseñarnos las interrelaciones entre seres vivos y ambiente (y el nuestro en no dormirnos en clase). Agradezcamos que a un buen autor se haya unido un traductor que no le va a la zaga, rara avis. Por si no se habían dado cuenta, aconsejo vivamente la lectura de este libro. © Eduardo Gallego 2001 Eduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962). Es doctor en Biología y profesor titular de la Universidad de Almería. Aparte de su amor a la Ciencia, también es un buen aficionado a la ciencia ficción. Fue presidente de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción y, además, escribe a dúo con Guillem Sánchez. Más datos en: http://www.ual.es/~egallego.
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