Dos veranos
Erik Orsenna
Tusquets Editores. Barcelona. 1999.
Valoración: 4
Impreso de http://www.archivodenessus.com/rese/0319/

Nabokov y su Ada o el ardor conquistan, a través de la figura de un traductor-corsario que quiere cambiar el tejado, a toda una isla incomunicada de la bretaña francesa. Una novela sobre el amor a la literatura y sobre el extraño y sutil influjo que otras lenguas, y la propia, ejercen sobre la vida.

por María Castro

En la incomunicada isla de la bretaña francesa donde Erik, el narrador, pasaba los veranos aparece un día para instalarse en busca de paz Gilles C, de profesión traductor- corsario: "¿Cuál es el trabajo del corsario? Cuando un barco extranjero le gusta, lo apresa. Arroja a la tripulación al mar y la sustituye por amigos. Después iza los colores nacionales a la cumbre del palo más alto. Esto hace el traductor. Captura un libro, cambia todo su lenguaje y lo bautiza como francés. ¿No ha pensado nunca que los libros eran barcos y las palabras sus tripulantes?".

Gran parte de las casas de la isla están ocupadas por grandes familias que crecen año tras año, convirtiendo la intimidad en un bien difícil de lograr. La familia de nuestro traductor está compuesta por cuarenta y siete gatos e innumerables palabras, independientes e indomables los unos y las otras.

Gilles es un hombre prudente y sensato por lo que traduce fundamentalmente a escritores muertos, cuya paciencia es tan infinita como el tiempo que tienen por delante. Sin embargo, y puesto que el tejado de su nueva casa necesita una urgente reparación, acepta el ofrecimiento de traducir a Vladimir Nabokov, que si bien está vivo, posee la inestimable ventaja de que espera el Nobel de un momento a otro, por lo que los editores parisinos adjuntan al manuscrito de su última novela, Ada o el ardor, dinero contante y sonante. El apacible Gilles no contaba sin embargo con la paranoica obsesión del escritor ruso por las traducciones de sus obras, pero sobre todo no contaba con la desmedida afición de Nabokov por las mariposas. Nada más comenzar a leer el manuscrito el traductor se da cuenta de que al adoptar el inglés como lengua literaria el autor ha conseguido unir sus dos grandes pasiones, la escritura y los lepidópteros, y así, ha conseguido imbuir a sus libros de la libertad, de la volubilidad de los mismos.

Pero, ¿cómo trasplantar al francés, tan exacto y riguroso, tanta ligereza, sometido además a las intensas presiones de autor y editor?: Con ayuda de una jardinera experta, la señora Saint-Exupéry, que consigue que todos aquellos que en la isla conocen algo de inglés colaboren en la traducción del manuscrito. Isleños y veraneantes se ponen a la labor, bajo la suspicaz mirada del párroco, que, furibundo, un buen día anuncia en misa que ese Nabokov al que todos se dedican en cuerpo y alma, acaba de ser condenado por el Papa por escribir sobre la seducción de una niña de doce años por parte de un degenerado cuarentón y que se preparen por tanto para la inevitable venganza divina.

Y efectivamente el influjo de la ardorosa e inasible Ada parece extenderse por toda la isla y en cada muchacha uno parece percibir la sensualidad de la excitante inglesa. Tan escurridiza se muestra que es necesario recurrir al señor Fernández, que como buen radioaficionado lanza una petición de ayuda a la ionosfera y así consigue tejer con la ayuda de todos los francófonos repartidos por el mundo una sutil red que a modo de cazamariposas logra por fin atrapar a Ada y hacerle un sitio dentro de la lengua francesa.

El amor a la literatura, a la propia lengua, a las otras lenguas. La posibilidad de un lenguaje universal y la imposible labor de los traductores por suplir la ausencia de dicho lenguaje. El apabullante avance del inglés, su flexibilidad, su influjo sobre las pequeñas lenguas llamadas a desaparecer, como las pequeñas islas. Nabokov y Borges, Antoine de Saint- Exupéry y Jean Cocteau... Todo esto y mucho más en esta pequeña novela que una vez leída uno no se atreve muy bien a clasificar. Podría inscribirse dentro de ese género abundante de literatura dentro de la literatura o literatura sobre la literatura que algunos críticos señalan como uno de los males que aqueja a la novela actual, que parece cerrar un círculo perfecto en el que se reproduce a sí misma y que a juicio de los mismos preconiza su desaparición. Es posible, pero para aquellos que, prescindiendo de agoreros, no tengan tan claros como deberían los límites entre vida y literatura, es más que probable que esta obra les proporcione algunos momentos la mar de placenteros, precisamente a causa de esa mezcla entre lectura, escritura y vida.

Parece que el autor, que obtuvo el premio Goncourt en el año 1988 con la novela La exposición colonial abordó esta obra como un pequeño divertimento, sin mayores aspiraciones. Al leerla parece evidente que consiguió su objetivo, es decir se divirtió escribiéndola y lo cierto es que consigue transmitir la diversión a los lectores y la verdad es que tal y como están las cosas, a mi me parece una razón más que suficiente para iniciar la lectura de un libro. Lectura pues para pasar un rato agradable e ir haciendo boca para ponerse a leer Ada o el ardor, en el caso de que todavía no se haya leído.