Distracción
Bruce Sterling
La factoría de ideas. Madrid. Abril 2001. Título original: Distraction (1998). Traducción: Domingo Santos. 400 páginas. ISBN: 84-8421-280-7.
Valoración: 4
Impreso de http://www.archivodenessus.com/rese/0327/

Bruce Sterling mira al mundo del futuro y a los Estados Unidos en particular y lo que ve es una hilarante sucesión de hechos caóticos, estupideces varias y nuevas posibilidades. Una hilarante narración sobre el mañana cercano.

por Xavier Riesco Riquelme

A Bruce Sterling lo presentan siempre como adalid, creador y teórico del ciberpunk. Como si tal hecho tuviera alguna relevancia o explicara algo. Sterling es, ante todo, un escritor competente, y por tanto la etiqueta es lo de menos. En este caso, Sterling echa una mirada al futuro (otra) y se ríe del presente aprovechándose de los resquicios que deja la Historia, como conjunto de sucesos cronológicamente ordenados que no como conjunto de sucesos con sentido, y de las corrientes de pensamiento económico y político de la segunda mitad del siglo XX hasta ahora, y nos presenta el susodicho futuro con una ironía magistral.

El sistema de trabajo tradicional pasó por una crisis en Estados Unidos y no la superó: la gente ya no tiene trabajos fijos, a menos que trabaje para el gobierno, desde que los chinos se cargaron a través de Internet el sistema de propiedad intelectual. El resto hace lo que puede, y así expertos en economía terminan de modistos y cosas por el estilo. La gente decente desconfía de la minoría Anglo porque saben de sus tendencias innatas a la estafa, la violencia y la corrupción. Comunidades alternativas regresan al nomadismo biotecnológico porque simplemente es preferible a esperar que aparezca un trabajo estable o el subsidio social. El ejército de los Estados Unidos monta bloqueos de carretera monitorizados por redes informáticas para proceder a una salvaje venta forzosa de café y bollería para poder recaudar fondos. Cuando la gente juega a las cartas y apuesta fuerte, juega en euros. En cuanto a los que trabajan para el gobierno, todo iría bien si alguien tuviera alguna idea de que demonios se supone que hace un gobierno.

¿Gobernar?

Ojalá fuera tan fácil.

En los Estados Unidos del futuro, el gobierno, lo más que hace es crear comités para estudiar que hace el gobierno. Lo cual no significa que la política no tenga ninguna importancia, ni mucho menos: Sterling opina que la política en EE UU es inseparable del show bussines y por tanto siempre tendrá un lugar en los corazoncitos de la gente y en los telediarios… especialmente si hay senadores que se vuelven locos después de una huelga de hambre, el gobierno le declara la guerra a Holanda (país líder de una coalición de estados de baja altura amenazados por la subida del nivel de los mares, adivinen a quien consideran culpable… y si no, miren a Bush Jr. y el protocolo de Kioto) o el gobernador de Louisiana decide declararle, a su vez, la guerra al presidente porque no deja de tocarle los cojones. Washington es, en el brillantemente hilarante y al mismo tiempo realista futuro de Sterling, una ciudad cuyos únicos habitantes son en realidad descendientes de un grupo de protesta u otro, que llegaron a la ciudad en algún momento y ya nunca se fueron (los mejores son los “marcianos”, que protestan por el abandono de la exploración espacial y en represalia se dedican a aplicar las fórmulas de terraformación de Marte desarrolladas por la NASA a la capital del país).

En este marco desquiciado y encantador (y sin embargo cercano en algunas cosas, repito) es donde ocurren las aventuras de Oscar Valparaiso, diseñador de una brillante campaña para un senador al que tras la victoria electoral le encargan que se haga cargo del mayor desafío de su vida; excluyendo, claro, el de sus antecedentes personales, que todo el mundo le dice que jamás usará en su contra. Oscar se enfrentará a la que posiblemente sea la comunidad de seres humanos más alienígenas que jamás hayan pisado la tierra. Gente cuya falta de sentido político, estratégico y común convertirá la vida de Oscar de un interesante infierno. A su manera tan aislados como una reserva de nativos americanos reaccionarios, intolerantes como los puritanos originales y marginales como un ghetto negro en los setenta, esta comunidad es un peligroso anacronismo que mal guiados pueden llevar al desastre al país, al continente, al mundo, a la industria del automóvil…

En resumen, la comunidad científica.

Sterling analiza con mirada entre antropológica y sarcástica a una gente que no entiende que a veces se le paga para que no haga nada, personas incapaces de comprender que existen otras cosas en el mundo aparte de publicar o firmar artículos y que son por naturaleza inconscientes sobre las realidades de la vida, la política y la economía.

El sentido de comunidad en la novela de Sterling es bastante estricto. Valparaiso no se las tiene que ver con un concepto abstracto de las redes académicas, sino con un grupo determinado de personas que trabajan, viven, estudian y ¿administran? un instituto determinado: El Colaboratorio. Un edificio (o conjunto de edificios bajo una cúpula hermética) sellado y dedicado a la investigación biológica de primera línea. Un anacronismo porque todo el mundo se dedica a la genética y la biología en el baño de su casa, pero claro, esto los científicos del Colaboratorio no lo saben. Sin embargo, el Colaboratorio tiene los suficientes recursos, historia y cerebros (activos) como para resultar un objetivo tentador para los que están metidos en la lucha por el poder en los decadentes Estados Unidos. Así que Valparaiso y su aliada residente Greta Penninger (premio Nobel de neurología) se enfrentaran a una oscura trama de corrupción, megalomanía, escándalos sexuales, luchas intestinas, más escándalos sexuales, telediarios, okupas tecnológicos, neurotecnología desquiciada e irritante música pop holandesa.

Una gran novela. Por lo menos en su mayor parte, lo cual ya es mucho.

Pero sería mejor novela, por lo menos en español, si no fuera por un pequeño detalle. Juro que me tuvieron que dejar un rotulador fluorescente para empezar a marcar y que dejé la labor a poco más de la mitad del libro por que estaba harto de tantas marcas y prefería leerlo pese a la incomodidad.

Para empezar, “disturbó”. Primera página. Segundo párrafo. “el disturbio […] no disturbó nada”. Que mi corrector ortográfico lo admita no significa que suene bien, que a mi no me lo suena: me “disturbó” leerlo. Pero pase, es una opinión personal discutible. Eso si, “Niños chillantes” ya me parece un poco excesivo (p. 38), o “asunto lesbiano” (p. 142) pero como también parece que lo admite el corrector supongo que mi crítica es más bien estilística que ortográfica (¿que tiene de malo “chillones”?, y supongo que en “asunto lesbiano” asunto es traducción de “affaire” y lesbiano me suena a un episodio de South Park). Pero ya frases como “la humanidad todavía no había alcanzado nunca Marte” (que bonita doble negación sin ningún sentido, p. 123) empiezan a clamar al cielo del Dios de la gramática.

Otras expresiones que me resultan desafortunadas son “micromanejo” (que me temo es micromanagement y por tanto mas acertadamente microgestión), “[música gospel] a doscientos latidos por minuto” (a 200 b.p.m. para todo aquel que no use inglés y use software de reproducción de música, en MP3, por ejemplo) o “enchufa-y-adelante” que le da un divertido matiz pornográfico al hardware plug-and-play que todos usamos en nuestros ordenadores.

Sin embargo, la mejor de todas esta reservada al terreno de la traducción pura y dura: “seguro que no sabe siquiera lo que es un mitocondrio” (p. 219), le dice un personaje a otro. Y las apariencias sugieren que el traductor tampoco, aunque por otra parte el traductor es el venerable Domingo Santos, al que se le supone profesionalidad, respeto y experiencia, pero de ahí a tener que reescribir todos los manuales de biología por motivo de un cambio de sexo intercelular va un paso. Y aunque mis amigos biólogos me comentan que “el mitocondrio” se decía en el siglo XIX, de eso ya hace dos siglos.

En resumen; Distracción esta plagado de palabras, traducciones, expresiones y giros que chocan con el uso del lenguaje en el idioma en el que se supone que está traducido y publicado. No creo que la culpa sea enteramente del traductor, puesto que se supone que alguien debe hacer de corrector de estilo y de galeradas, pero aún así a veces es bastante irritante. Lo suficiente como para restarle, en mi caso, placer a la lectura Y eso me parece preocupante: o yo soy muy tiquismiquis (vaya, el corrector ha reconocido “tiquismiquis) o realmente la edición está en conflicto con el contenido y con el lector.

Pese a todo, una buena novela acerca del futuro y la farsa de la política, las aspiraciones humanas y vender a la propia madre por una ligera ventaja en los sondeos (entre otras muchas cosas más interesantes, como el cambio climático, experimentos secretos con haitianos practicantes del vudú y lucios mutantes en la cocina cajún).

Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.

Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.