Dos autores españoles, ya conocidos como críticos y editores, se embarcan en la aventura de escribir una novela a dúo. El resultado es una dinámica y ágil narración que combina las más recientes ideas científicas sobre un fondo galáctico que se extiende por el espacio y el tiempo.
por Xavier Riesco Riquelme
Tanto Miquel Barceló como Pedro Jorge Romero son conocidos activistas del género de ciencia ficción es España. Lo curioso es que siempre han sido más activistas desde la parte de la edición o la crítica que desde la escritura del mismo. Algo que siempre es de agradecer si tenemos el viejo adagio de que “todo lector es potencial escritor”, lo que saturaría cualquier género si se llevara a una predicción del 100%. Así que estos dos personajes tienen normalmente más que decir sobre cómo se escribe y quién que sobre escribir en sí.
Pero también es cierto que ninguno de los dos es enteramente inocente del crimen de escritura de ficción previa, siendo este libro una revisión de un proyecto conjunto anterior, “implementado” (que diría el manual de un electrodoméstico) con una narrativa extra de mayor alcance que la original (según al menos uno de los autores), o en el caso de Pedro Jorge Romero, la forma en la que Interface Grupo Editor finalizó con BEM con la edición de su novela corta “El orgullo de Dios”.
Para mí leer esta novela fue un proceso divertido.
Divertido porque, claro, conozco muchas de las referencias de este texto aun sin haber leído la encarnación previa Testimoni de Narom. Eso no quiere decir que la obra sea un conjunto de homenajes, sino que más bien, como dicen los posmodernos, abunda la intertextualidad de una manera fluida e inteligente en casi todas las ocasiones (o simplemente no pierden oportunidad de hacer un chiste).
El otoño de las estrellas tiene dos narraciones bien diferenciadas.
Por un lado esta la original ganadora del Premi Juli Verne, donde un ingeniero especialista en sistemas de soporte vital de una colonia se enfrenta al abandono de su amante por culpa de una extraña religión que florece en el planeta Geria entre los colonizadores humanos. Por otro lado, está el despertar de Tawa, un astronauta muerto, a un nuevo mundo muy diferente de aquél que dejó a atrás cuando murió.
Tawa y el ingeniero de sistemas de soporte vital comparten algunas características comunes, tales como la curiosidad, el despertar a un nuevo mundo completamente diferente en como parte de sus experiencias durante la novela, la posibilidad del primer (o eso cree cada uno) contacto con inteligencias de origen no humano y el verse enfrentados a una concepción del mundo más compleja de lo que creen que podrían asimilar alguna vez.
El resultado de los conflictos de ambos personajes tiene diferentes soluciones, pero lo interesante está en que los universos de Tawa y el ingeniero son aparentemente disímiles: no puede haber contacto entre ambos por que sencillamente uno es el pasado y el otro un futuro inimaginable. Mientras el ingeniero lucha contra las tempestades de Geria, el planeta enigma con sus estaciones y tormentas despedazadoras, Tawa lucha con la concepción del mundo desde su nueva identidad como nanopersona y la responsabilidad del primer contacto con una civilización no humana.
Al final, por supuesto, ambas narraciones tienen un contacto, y ese contacto determinará el futuro del hombre y del universo.
El primer texto, el del ingeniero despechado, resuena con la ciencia ficción más clásica; el hombre contra el enigma, el uso de recursos y de la inteligencia para llegar a ese enigma, revelaciones y curiosidad de primate con un duro alegato por parte del personaje contra el pensamiento crédulo que aunque lleve al Misterio es incapaz de resolverlo… bueno, el tampoco es capaz, así que tiene que aparecer un deus ex machina para darle unos cuantos datos. El personaje se explica a sí mismo y lo que el lector necesita saber mediante la primera persona, después de todo, por algo el origen de este texto se llamaba “testimonio” ¿no?
El segundo texto, el del astronauta y explorador que nos es presentado en tercera persona, resuena con la ciencia ficción más moderna. Quizás la influencia más evidente sea la de Stephen Baxter y su serie de los Xeelee. De hecho hasta se permiten un chiste con ello, pero en el otro texto de apariencia más arcaica. Grandes cosmogonías aderezadas con física pesada y chorros de partículas.
Por otra parte la nada desdeñable influencia de Gre0g Egan, presente en cosas como el forum que se lleva a cabo en el cráter de una luna o el proyecto La Ciudad de Las Almas perdidas que remiten a los mejores momentos de Ciudad Permutación o Diáspora mientras los autores plantean todo tipo de incógnitas éticas, cognitivas o psicobiológicas. Conservan la simetría del chiste anterior con una referencia a Stanislaw Lem (intertextualidad, como se dijo anteriormente), lo clásico empotrado en lo moderno, como debe ser. Evidentemente la simetría es también parte de la novela, la disimilitud entre los universos de ambos personajes es sólo (¡sólo!) cuestión de tiempo…
En la parte negativa, pues bueno: l verdad es que con el conocimiento de los trucos del género que se le presupone a ambos autores, la estructura de la narración no deja de ser bastante linear, aunque las dos superposiciones de perspectiva tienen bastante gracia. El uso del Deus Ex Machina también es comprensible, pero si la intención es dar a entender que el universo se rige de una forma más compleja de lo que pueden llegar a comprender los personajes, la narración cojea por ese lado, la auténtica aventura de descubrimiento funciona mejor para Tawa que para el ignoto ingeniero. Al menos en el caso del resucitado la dimensión de sus acciones asume un componente ético y moral a la par que científico.
El ingeniero de tiempos pretéritos se enfrenta a lo desconocido sólo para rendirse ante él, aunque, claro, llega más lejos que sus compatriotas cegados por la meme religiosa que él mismo se empeña en denunciar repetidas veces. Sin embargo, el verdadero truco narrativo (de verdad), lo que sobrepasa la narración original es la segunda narrativa. ¿Por qué? Porque si la primera narrativa es un “testimonio”, la segunda, la del último explorador a la vieja usanza, es la de la historia de la construcción (literal y figurada) de la entidad que sabrá qué hacer con ese testimonio. La tragedia del ingeniero es que, pese a su esfuerzo y a sus logros, no cuenta con ningún oyente válido.
Ni siquiera él mismo.
Y eso sí, siempre es gracioso ve a un autor español expresándose mediante cosas como “no seas tan calvinista [con el trabajo]”. La adopción de lo culturalmente externo no necesariamente es en demérito de lo propio ¿no?
© Xavier Riesco Riquelme 2001
Este texto no puede reproducirse sin permiso.
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.