Una visión del arte contemporáneo desde sus orígenes, allá por el siglo XVIII, hasta nuestros días. Un repaso que pone de manifiesto sus contradicciones y permite un acercamiento al gran público.
por Pablo Fanego
El arte es algo que ha dejado de habitar un universo cultural seguro. En la era contemporánea el proceso por el que la estética alcanza su autonomía y pierde su carta de naturaleza romántica es el mismo. Esta idea, sintetizada en la expresión “muerte del arte”, es uno de los lugares comunes que acompañan el malestar ideológico occidental. No obstante, es preciso avanzar, antes que plantear qué podrá ser el arte en su segunda vida posmoderna, que esta muerte representa únicamente un concepto que, aunque del todo asimilado en nuestra cultura, tiene como paradigma estético sólo algo más que doscientos años.
Esta franja histórica de asentamiento conceptual es la que afronta Francisco Calvo Serraller para desarrollar cómo en los mismos orígenes de la modernidad se encuentran ya los gérmenes de su inconsistencia; de un lado la disolución progresiva del artista, de otro la absorción del arte por parte de la técnica. El estudio se detiene en los sucesivos momentos de este proceso por el que el arte adquiere sus valencias actuales caracterizadas por la inestabilidad del signo, por la alteridad del lenguaje.
Toda fórmula racional emerge de un profundo escepticismo. El fin de la representación narrativa clásica y el empirismo del XIX (su base social y su concentración formal) son inseparables de la caída de los grandes relatos absolutistas; la acción múltiple de la vanguardia, elevada a grado cero de la Historia, era un decidido programa de liberación frente al distanciamiento de la vida que autores como Walter Benjamin pronto detectaron en la sociedad postindustrial... Por lo general, el élan vial de toda la modernidad pretende generar una nueva inmediatez donde la vida irregular del hombre moderno fuese anulado. Son innumerables las posibles relaciones históricas y los cruces y resistencias que definen el cuadro de la época, no obstante, considerar este escepticismo como posible aglutinante de gran parte de la modernidad tiene la ventaja de permitirnos entender mejor qué forma de arte es la que muere definitivamente.
En este sentido, el acierto de este libro está en anunciar desde el principio la precariedad de los tradicionales ideales de Belleza y Verdad para definir el nuevo lugar del espectador contemporáneo: la continua búsqueda del arte moderno de sus propios límites significa el cuestionamiento radical de la representación así como de su marco de recepción. Todo el arte del último siglo puede entenderse como un extenso binomio arte-vida en el que la indistinción estética dentro del ámbito del museo, como la progresiva estetización de lo cotidiano, hasta el último retorno de lo real por Hal Foster en relación al arte de los años noventa, afrontan la contradicción entre el intento de separación lingüística de la realidad y la necesidad de un referente estable. El habitual desconcierto del espectador poco acostumbrado al arte actual, al que va destinado este ensayo, se debe a un comportamiento heredado en el que la representación se sigue entendiendo como algo “dado de una vez” –sin posible interpretación por tanto- por una mirada selectiva que actuaba sobre lo natural o sobre la Historia –el mito del genio creador, todavía vivo en nuestra cultura.
En definitiva, es la idea de “gran arte”, como cualquier otra idea unitaria (religión, nación, derecho...) la que sufre hasta nuestros días una continua depreciación simbólica. Si la deconstrucción posmoderna introdujo el tiempo en la interpretación, mediante la noción derridiana de différence, por la que cualquier acto de lenguaje es inseparable de su contexto, actualmente nos encontramos sin duda más próximos a una indifferánce, que desalojaría toda interpretación del tiempo. No es otro el problema; la sociedad ha hecho suyas expresiones como “interactividad” o “tiempo real” que no pueden estar más lejos en realidad del espacio liso que constituye hoy lo cotidiano. Ante ello, el arte necesariamente deja de ser un objeto de culto para ser un signo de discontinuidad, o significar un momento de intensidad; el problema está en un público que sigue esperando lo primero y pierde la capacidad de reconocerse y proyectarse en nuevas representaciones, en el presente.
© Pablo Fanego 2001
Este texto no puede reproducirse sin permiso.