El archivo de Nessus

RESEÑAS | COLUMNAS | ENTREVISTAS | ARTÍCULOS
Portada de El primer trago de cerveza de Philippe Delerm
Valoración: 4 estrellas de 5

Tusquets. Barcelona. Marzo 2001. traducción: Javier Albiñana. 112 páginas. ISBN: 84-8310-733-3.

CONTRAPORTADA

He aquí la narración breve y exquisita de esas situaciones que, en nuestros ajetreados días, se deslizan sin que les prestemos atención y que, en cambio, encierra el germen del buen vivir. A Philippe Delerm no se le escapa una sola oportunidad para aprovechar esos momentos y, al hacerlo, incita al lector a reconocer en sí mismo cuáles son sus propios instantes de gozo. Leerse el periódico por la mañana de principio a fin; dejarse envolver por el aroma de las manzanas en una vieja buhardilla, circular de noche y a solar por la autopista mientras la radio desgrana sus noticias, el jersey de otoño con los primeros fríos... Delerm demuestra que los auténticos placeres de la vida están a veces más cerca de lo que imaginamos.

El primer trago de cerveza
Y otros pequeños placeres de la vida

Philippe Delerm

Una lista de pequeño placeres, algunos, no tan pequeños, se convierte en una exploración irónica de la genealogía del placer donde todo disfrute es ante todo la antesala de una pérdida.

por Xavier Riesco Riquelme

Aunque esté envuelto en una prosa preciosista, muy francesa y bastante irónica, este libro de Delerm sorprende al lector con un ataque por sorpresa al exponer entre líneas desde el principio una teoría del placer casi fisiológica: todo placer sensual es la antesala de una perdida. Las palabras son mías, pero el espíritu es el de Delerm.

El primer trago de cerveza, el primer tipo de placeres en el libro de Delerm, es un placer porque, mientras el vaso tenga cerveza, el resto de los tragos no llegan a ser tan buenos como el primero. Tomar un oporto. El olor de las manzanas. Delerm nos dice –sin declararlo explícitamente jamás en este pequeño recuento de placeres subjetivos- que la base del placer no es tanto entonces la fisiología en sí misma sino la memoria del placer. La conciencia de un estado en el que ese placer no existe, uno anterior al placer de inocencia y otro posterior a éste de experiencia, le da su entidad. Así que, aplicando este precepto, Delerm convierte en pequeños placeres cosas que posiblemente nadie que no sea posiblemente escritor, posiblemente francés, y posiblemente Philippe Delerm, sería capaz de considerar un placer. Placeres más intelectuales, alejados de la fisicalidad de los placeres anteriores centrados en olores, sabores, temperaturas y tactos. Ejemplo de placer intelectual:

Enterarse de la muerte de Jacques Brel en la radio del coche. Eso es un placer delermiano.

Claro que Delerm se explica bien. Invoca la memoria como única interlocutora válida entre él y la información y le asalta el recuerdo de Brel cantando "Ámsterdam". Acordarse de algo es un placer. Aunque, como todo placer delermiano, esté teñido de esa melancolía que tiene a bien cultivar como si fuera una flor fuera de temporada. Ese es otro de los placeres delermianos: el ataque del recuerdo a traición. A esta misma categoría podrían pertenecer Los Vahos, que inhalan los griposos al estilo de sus abuelos, palangana humeante y todo porque el placer físico es poco, pero la sensación de recuerdo, de pertenencia a un pasado es avasalladora; o también es de ese tipo de placer memorístico, El jersey de Otoño, placer que no tiene ningún sentido si no se es consciente de la experiencia de otoños anteriores. Jersey incluido.

La última clase de placer Delermiano, para mí la mejor, podría ser llamada placer por confabulación. Y el mejor ejemplo es Una novela de Agatha Christie. Cualquier persona que incluya en una lista de placeres las novelas de Agatha Christie tiene en mi un aliado seguro, pero Delerm no se limita a extraer placer del simple hecho de leer un libro. Eso sería demasiado fácil. Delerm invoca otra vez el universo de experiencias previas del lector (tanto de su libro mismo como del hipotético lector de una novela de Agatha Christie) y de imágenes que no pertenecen a la experiencia directa de nadie en particular pero que están ahí de todas formas. Así que Delerm dice que mientras leemos y nos dirigimos hacia la conclusión en la que Poirot reunirá a todos los implicados en uno de esos asesinatos tan ingleses sin violencia apenas y que no interrumpen el curso normal de las cosas, nosotros lectores intentamos encajar al mismo tiempo otras cosas: el otoño en la campiña inglesa, la posibilidad de que alguien, más allá de las ventanas del manor donde nos tiene recluido Poirot junto con los implicados, esté en una cacería del zorro, partidos de criquet que nunca se llevan a cabo. Loa última clase de placer según Delerm, sería la posibilidad de confabular, reconstruir un mundo, aparte de nuestras propias experiencias.

Exactamente el mismo caso que propone, con mucha ironía y un toque triste, para la lencería femenina. Frufrús bajo los aleros.

Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.

Su opinión:

Versión para imprimirVERSIÓN PARA IMPRIMIR

Boletín de informaciónSUSCRÍBASE A NUESTRO BOLETÍN

LAS MÁS LEÍDAS
Harry Potter y el cáliz de fuego de J.K. Rowling
Harry Potter y la piedra filosofal de J.K. Rowling
La larga huida del infierno de Marilyn Manson con Neil Strauss
Harry Potter y la cámara secreta de J.K. Rowling
Harry Potter y el prisionero de Azkaban de J.K. Rowling
La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa

NOVEDADES EN LA PÁGINA
El señor Mee de Andrew Crumey
Grupo abeliano de Cid Cabido
El técnico de sonido de Marcel Beyer
Dioses menores de Terry Pratchett
Baudolino de Umberto Eco
Estrella doble de Robert Heinlein
Drácula desencadenado de Brian W. Aldiss
La estación de la calle Perdido de China Miéville

PRINCIPAL | RESEÑAS | COLUMNAS | ENTREVISTAS | ARTÍCULOS