Una visión humana y conmovedora del siglo XIV que repasa simultáneamente la historia íntima de las personas comunes de su época y los grandes acontecimientos históricos del momento.
por María Castro
En primer lugar una confesión: si no hubiese leido El libro del día del Juicio Final de Connie Wilis probablemente nunca me hubiese sentido atraída por una obra como esta, que dedica casi seiscientas paginas al análisis de un siglo, el XIV, marcado por el terrible azote de la Peste Negra. Del mismo modo que Willis en su novela establecía una comparación implícita entre dos épocas lejanas en el tiempo basándose en el ancestral miedo del hombre a la enfermedad y a una de sus más crueles manifestaciones, el contagio. Bárbara W. Tuchman establece un paralelismo entre el inmenso horror al que se vio sometida la humanidad en la Europa del S.XIV y el abismo al que el hombre se vió abocado en el siglo que acaba de terminar , épocas ambas que le sumieron en la confusión y desesperanza. Creo que ambas obras ( por otra parte totalmente diferentes entre sí) comparten una misma idea, que expresa Barbara Tuchman, en el preámbulo, parafraseando a Voltaire : "la historia jamás se repite; el hombre siempre". El siglo XIV es así el espejo en que nosotros, hombres y mujeres del S.XX, podemos contemplarnos.
La historiadora nos advierte al principio de la obra de que ocurre con el relato histórico lo mismo que ocurre con los periódicos; sólo lo extraordinario se convierte en noticia y por ello tiene muchas más posibilidades de perdurar, y así es fácil analizar cualquier época histórica como una sucesión de calamidades insoportables que, aunque existieron, probablemente no fueron percibidas por los coetáneos con la abrumadora carga negativa que nosotros hoy les atribuímos. Así, uno inicia la lectura tratando de tener esto presente lo que, a medida que se avanza en la misma, va resultando más y más difícil.
El siglo analizado es una época realmente cruel para la humanidad en el lugar en el que la autora centra sus investigaciones, Europa Occidental y, más concretamente, Francia e Inglaterra, en los inicios de su constitución como naciones, inmersas a lo largo de la centuria en un guerra intermitente que pasó a la posteridad como la Guerra de los Cien años. La autora utiliza como hilo conductor la vida de un noble francés, considerado en su época como uno de los más grandes caballeros de Francia y que tuvo un papel notable en la mayor parte de los sucesos que se nos narran. La utilización de Enguerrand VII, señor de Coucy, cumple un doble propósito, acercarnos emocionalmente a los acontecimientos narrados y servir de punto de referencia de una cultura, la caballeresca, propia de la sociedad feudal, que está en la base de una gran parte de los acontecimientos que marcaron el siglo.
En lo material el siglo comenzó con una ola de frío, la pequeña era glacial, que trajo consigo la escasez y la hambruna , caldo de cultivo perfecto para diversas epidemias, de las cuales la Peste Negra se convirtió, por su virulencia, su capacidad de contagio y la total ausencia de conocimientos para atajarla o siquiera para aliviar el sufrimiento de quienes la contraían, en la enfermedad más mortífera conocida por la humanidad hasta la fecha. Los estragos causados por la peste son bien conocidos; el horror se desató entre la población, que acusó de la misma a la corrupción eclesiástica, la maldad papal, la perfidia de Satán, el vicio generalizado y, como no, al grupo social que se había convertido ya en el chivo expiatorio perfecto: los judíos. Los hombres y mujeres de la Edad Media estaban acostumbrados a convivir con lo inexplicable, con la enfermedad y la elevada mortalidad, pero la peste superó todo lo que habían conocido hasta el momento y sus consecuencias demográficas, económicas, sociales y espirituales se hicieron notar durante siglos. La ira divina, sin duda, se había desatado, lo que desconcertó profundamente a los contemporáneos, ya que la epidemia obviamente no discriminó y la muerte no distinguió entre malvados o virtuosos, viejos o niños, hombre o mujeres... Tras la catástrofe el mundo conocido no sufrió ningún tipo de renovación perceptible: siguió la violencia, la guerra y la corrupción, ¿cuál era pues el propósito de Dios al enviar a sus hijos semejante calamidad?
El sistema feudal iniciaba su decadencia y la guerra se había convertido en un fin en sí misma y en todo un sistema de vida que aseguraba notoriedad y enriquecimiento. El ansia de guerra era generalizada entre la nobleza y los reyes y su coste económico era tan inmenso que no sólo se abrumaba al pueblo con impuestos y tributos, sino que los reyes se endeudaban en manos de prestamistas y, lo más grave de todo, el botín y el rescate de prisioneros pasaron a ser considerados una actividad comercial más. Los soldados, en las breves épocas de tregua, se reconvertían en bandas de mercenarios a las órdenes del mejor postor, en verdaderos bandidos dedicados al saqueo y al pillaje y a cuya violencia y poder ningún monarca fue capaz de poner freno, al punto de ser consideradas como una de las grandes lacras del siglo. "Los caballeros hacían la guerra por la gloria y la practicaban por la ganancia".
En el plano espiritual la Iglesia Católica, conoció uno de los períodos de mayor depravación de su historia; fue la época de la escisión, la época del saco de Roma, con dos papas enfrentados, uno en Aviñon y otro en Roma, que luchaban por el poder temporal rivalizando en intrigas, traiciones, lujos extravagantes y toda clase de aberrraciones, alguna de las cuales, las bulas papales, que a cambio de una cantidad exoneraban de cualquier tipo de culpa, pecado o responsabilidad, se convirtieron en una inmensa fuente de corrupción. Los votos de pobreza, castidad y obediencia parecían no ser más que un objeto de chascarrillo para el pueblo, que se veía abrumado por los mismos que en teoría debían defenderlo y consolarlo. Se preparaba el camino para la reforma y la contrarreforma, para la separación de Inglaterra de la Iglesia de Roma, para el fin del predominio absoluto del catolicismo en Europa. El cisma y la guerra acabarían quebrando la unidad medieval.
La superstición, la histeria generalizada, el miedo a la brujería y a los poderes ocultos, la confusión espiritual y las luchas teológicas tuvieron una clara manifestación en los procesos inquisitoriales, intensificándose de tal forma en el siglo siguiente que llegaron a constituir, en palabras de Bárbara Tuchman, casi otra epidemia. La presencia continua y cotidiana de la muerte y la violencia desembocaron en un gusto casi morboso por las misma, los espectáculos teatrales se volvieron cada vez más desagradables y repulsivos (por lo menos a ojos de un espectador moderno), hasta desembocar en las macabras danzas de la muerte.
A pesar de todo ello la vida cotidiana continuaba, el culto a la Virgen y la fe en su amor incondicional crecieron extraordinariamente, la rivalidad papal tuvo su cara positiva en el esfuerzo dedicado al mecenazgo, se fundaron Universidades, se generalizaron algunas medidas higiénicas y sanitarias como consecuencia de las epidemias... En definitiva los hombres y mujeres no se limitaban, como podría pensarse, a sobrevivir en medio del horror, sino que verdaderamente vivían una existencia individual, que poseía sus momentos de alegría, de pasión, de esperanza... Sus dudas y sus miedos profundos probablemente no diferían tanto de los nuestros. La vivencia de las tragedias y de los momentos memorables sería en gran parte similar a la de cualquier otro ser humano en cualquier otra época...
Existe una desproporción, sin duda, entre la historia formada por los grandes acontecimientos que marcan el destino de la humanidad y la historia tal y como la vivimos los seres humanos analizados individualmente. Cada uno de nosotros debe encontrar un motivo para levantarse por las mañanas y retomar su vida, una vida única que jamás se repetirá. Mientras, participamos como simples comparsas, en un espectáculo eterno en el que siempre se ponen en juego las mismas pasiones, los mismos deseos, los mismos temores... Bárbara Tuchman consigue en este libro el difícil equilibrio entre ambas formas de contemplar los hechos históricos, sin caer en la novelización y logrando además que resulte extraordinariamente ameno. Todo un logro de la autora y, como lectora, todo un descubrimiento.
© María Castro 2001
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