Greg Bear teje un thriller cercano que entremezcla una especulación sobre los cambios en el siguiente paso de la evolución humana con el impacto que esos cambios tendrán sobre la sociedad actual.
por Eduardo Gallego
Confieso que me resulta un placer reseñar el libro de Bear. Por un lado, como lector de ciencia ficción; por otro, como biólogo especialmente interesado en las teorías evolutivas. Y por qué no, también como padre de familia.
Empezaré por la novela en sí, tratando de ponerme en el pellejo de un aficionado al género no biólogo. Me surge una primera duda: ¿le sobran páginas al libro? Si bien el principio de la novela (por lo misterioso) y el final (por lo emotivo y esperanzador) son realmente atractivos, la parte intermedia puede, en ocasiones, llegar a cansar un poco. Los conceptos biológicos, especialmente cuando se refieren al funcionamiento de los genes, resultan un tanto áridos. El autor trata de ayudar a los lectores con un completo glosario y una introducción a la Biología que aparecen al final del texto, pero a pesar de eso, en algunas ocasiones me da la impresión de que le falta chispa, o tal vez la habilidad necesaria para suministrar información científica al tiempo que se mantiene viva la atención del lector. Es más: no es raro que a los científicos protagonistas se les vaya la olla de vez en cuando, o se pongan a desbarrar, o a soltar parrafadas un tanto deslavazadas, que en ocasiones parecen metidas con el único fin de rellenar. Y otros aspectos de interés, como explicar adecuadamente lo que son los equilibrios puntuados, quedan confusos.
Afortunadamente, hay buenos momentos que sirven de contrapeso a los malos. La novela gana mucho cuando estudia los sentimientos humanos. Las reacciones de la sociedad frente a una ¿enfermedad? tan grave como la que se narra, no parecen exageradas, por desgracia: echar la culpa de la amenaza a los científicos, caza de brujas (embarazadas, en este caso), la sensación de desamparo e indefensión de los afectados por el mal... Reconozco que tal vez no sea imparcial en este caso. Me conmueven, como padre, el destino de niños y madres, la angustia de las pobres parturientas que no saben qué clase de monstruos van a traer al mundo, y la suerte que aguarda a sus hijos. Por eso el final no me deja indiferente, algo que tal vez no afecte tanto a los lectores sin descendencia.
Antes de proseguir con los aspectos científicos de la novela, no está de más hacer algún comentario sobre la traducción. En verdad resulta difícil trasladar al español un texto inglés de Biología Molecular o Genética. No existe una terminología normalizada satisfactoria para todos y, en la práctica, los científicos solemos emplear un spanglish un tanto sui generis. En esta ocasión, el traductor ha hecho lo que ha podido (al menos, no es de los que encasquetan DNA por ADN), algo de agradecer.
Pero entremos por fin en el meollo de la novela. Como científico, me ha parecido de lo más estimulante. Me ha hecho meditar sobre lo que sabemos acerca de la evolución de las especies y su relación con los genes. Por supuesto, no estoy de acuerdo con todo lo que se expone en La radio de Darwin, pero el argumento resulta provocador, y eso es bueno. Yo recomendaría libros como éste para la formación de los estudiantes de Biología, ya que alientan la discusión y la (auto)crítica. Por desgracia, en la Universidad no se fomenta precisamente la lectura de obras no técnicas, con lo que se logra que los únicos textos consultados por los alumnos aparte de los necesarios para la comprensión de las asignaturas sean los de la prensa deportiva. Pero ésa es otra historia, y no es plan de llorar las penas en este foro.
La hipótesis de partida de la novela es atrevida: mezcla Genética, Patología y teoría evolutiva con singular maestría. Es bien sabido que no tenemos ni idea de para qué sirve gran parte del ADN presente en nuestros cromosomas. Puede que no sirva para nada; de hecho, puede que ni siquiera se trate de material genético. Alguien ha comparado a los cromosomas eucariotas (las bacterias suelen funcionar bastante mejor) con un trastero donde se va almacenando todo aquello que se desecha, pero que como no incordia para la supervivencia, pues ahí se queda. Y tal vez, en un futuro, alguno de esos genes apolillados pueda proporcionar ventajas adaptativas a la especie. La evolución funciona así.
Por otro lado, tenemos los virus, esos molestos y a veces letales parásitos que utilizan nuestra maquinaria genética para perpetuarse. Han sido llamados genes asilvestrados, y el epíteto los describe muy bien: cadenas de información genética sin otro objeto que copiarse a sí mismas. Mejor dicho: obligan a sus anfitriones a copiarlas. Tal vez su origen esté en ese ADN basura que hay en los cromosomas y que, si por accidente salta a otra especie y utiliza la maquinaria de ésta para replicarse, puede provocar enfermedad e incluso muerte. Lo estamos viendo cada día: la destrucción de selvas y bosques, y la invasión del terreno por seres humanos, pone en contacto a éstos con animales extraños, los cuales pueden transmitirnos virosis extremadamente graves.
Algunos virus llegan a rizar el rizo: los retrovirus endógenos insertan su material genético en el del anfitrión, y allí duermen hasta que se activan y causan enfermedades. En algunos casos, los genes de estos virus ya no despiertan, y quedan ahí, en nuestros cromosomas, por los siglos de los siglos, contribuyendo, en apariencia, a engrosar nuestro ADN basura. Pero ¿qué pasaría si uno de estos retrovirus antiquísimos se reactivara súbitamente? Y ahí está lo genial el libro. Bear propone que el estrés ambiental (en sentido amplio) puede poner en marcha esos virus durmientes, y que éstos alterarán el ritmo evolutivo de las especies. En concreto, de la nuestra.
El autor se basa en una conocida característica del registro fósil: las especies no parecen evolucionar gradualmente (gradualismo), sino a saltos: periodos de estasis seguidos de cambios bruscos. Gould y Eldredge propusieron una explicación con su teoría de los equilibrios puntuados (de nuevo, al igual que ciencia ficción, una traducción macarrónica del inglés ha hecho fortuna entre los especialistas). Sin entrar en detalles, para estos científicos la formación de especies no ocurre por un cambio lento y majestuoso en el seno de las poblaciones principales de una especie, sino que tiene lugar en entornos marginales, con pocos individuos. Al igual que en las sociedades humanas, las consecuencias de los cambios son más notables en comunidades restringidas. Sobre todo, dichos cambios son rápidos desde el punto de vista evolutivo, tal vez sólo decenas de miles de años. Sin embargo, da la impresión de que Bear ha entendido mal los equilibrios puntuados, y piensa que son casi instantáneos.
Según él, la evolución humana funciona a saltos. En condiciones de estrés, se activan los retrovirus endógenos y se provocan cambios drásticos que conllevan, tras un periodo frenético de ensayos y errores, la aparición de razas o especies nuevas de humanos. Concretamente, hace unos quince mil años, en la Europa Alpina, los retrovirus durmientes se activaron en los neandertales para dar lugar al Homo sapiens sapiens. De igual manera, el estrés ambiental (superpoblación, cambio climático...) está ahora de nuevo activando esos virus para dar lugar a unos humanos mejorados, capaces de enfrentarse a los cambios. El nacimiento de la nueva Humanidad será difícil en todos los aspectos, y de eso se ocupa el libro.
Algunas de las premisas de las que parte Bear son discutibles. Por ejemplo, parece descartado que los neandertales sean nuestros ancestros. Es más, descubrimientos como los de Atapuerca y el hallazgo de ADN fósil de neandertales corroboran la hipótesis de que éstos son una especie (y no una mera raza o variante) genuinamente europea de Homo, mientras que nuestros antepasados evolucionaron independientemente en África. La divergencia entre ambas estirpes probablemente ocurriera más de medio millón de años atrás. Por otro lado, si el surgimiento de nuestra especie en la novela sucedió hace unos 15.000 años, queda el problema de la colonización de América o de Australia, probablemente anterior. No sé, me da la impresión de que el autor tiene una idea lineal de la evolución, en vez del frondoso y complejo árbol de ramas tronchadas que en realidad es. Parece identificar evolución y progreso, algo demasiado arriesgado.
Ahí cabría hacer un inciso: la desafortunada portada. Siempre que se habla de evolución suele aparecer la imagen, más o menos modificada (en este caso con esqueletos) de un mono en la parte izquierda de la página, que se va convirtiendo hacia la derecha en un humano moderno. Evolución igual a progreso, para variar. La realidad es mucho más compleja. Los paleoantropólogos modernos están abandonando a marchas forzadas la idea de una progresión lineal de homínidos mejorados, para sustituirla por un panorama sumamente más embarullado. Uno de estos días reseñaré libros escritos por antropólogos, como Tras las huellas de Eva, de Berger y Hilton-Barber, o El enigma de la esfinge, de Arsuaga, y volveré a tocar el tema.
Otro aspecto a discutir, cuando se considera la contribución de los retrovirus endógenos a la evolución como respuesta al estrés, es su intencionalidad. Aunque Bear o sus personajes hablen de redes (un tanto confusas), de sus premisas parece rezumar una cierta dirección en los genes, como si éstos supieran lo que tienen que hacer en un momento dado. Tal vez no sea eso lo que pretende el autor, y simplemente se limitan a acelerar vertiginosamente la tasa de cambio, motor de la evolución. Pero no queda claro. Parece defender la teleología frente al azar evolutivo. Dios parece agazaparse entre las páginas del libro. O, al menos, la sombra de Theilard de Chardin. Por no mencionar a una vieja enemiga del darwinismo: la teoría de la ortogénesis, la cual postula que la evolución se debe, ante todo, a fuerzas internas presentes en los organismos.
No es extraño. El neodarwinismo, o teoría sintética de la evolución, se basa en la selección natural como modeladora de nuevas especies. La selección natural no es direccional: no hay finalidad última en la evolución, ni dirección en ella. Es una teoría triste, para qué negarlo, que va en contra del orgullo humano. Necesitamos pensar que estamos aquí para algo, o bien que hay algo en la naturaleza que provoca la aparición de seres más perfectos, más inteligentes. Tal vez Bear se haya dejado arrastrar por este sentimiento.
Otro punto importante en la novela es la contraposición entre equilibrio puntuado y gradualismo. Al lector puede darle la impresión de que el equilibrio puntuado está en contra de la teoría de la evolución, con sus cambios rápidos. Sin embargo, el concepto rápido en evolución sigue refiriéndose a decenas de miles de años. Como he dicho arriba, los puntuacionistas discuten el ritmo evolutivo, no la evolución en sí. Algunos consideran que los equilibrios puntuados y el gradualismo son extremos de un continuo, nada más. En la novela no queda demasiado claro.
Es más, dejémonos de rodeos: Bear parece partidario de la evolución a saltos, una teoría que pretende hacer pasar como novedosa, aunque es bastante antigua. Concretamente, tiene el ilustre precedente de la hipótesis de los monstruos esperanzados, de Goldschmidt. Para este autor, la evolución por selección natural sólo es responsable de pequeñas variaciones dentro de las especies, pero la aparición de nuevos táxones se debe a macromutaciones, grandes cambios en los individuos. Por supuesto, la mayoría de estas nuevas criaturas serían monstruos sin viabilidad, pero puede que alguno de ellos tuviera éxito, y diera lugar a una nueva especie (o género, o familia...). El descubrimiento de que existen genes reguladores (el complejo Hox, por ejemplo) que a su vez son responsables del funcionamiento de muchos otros genes, podría abonar la idea de que unas pocas mutaciones afortunadas afectarían enormemente los fenotipos. Sin embargo, parece que Bear se pasa varios pueblos. Dado lo frágil que es el genoma humano cuando se altera el número de cromosomas (un pequeño cambio causa síndromes muy graves), parece exagerado el cambio con el que surge la nueva Humanidad: 52 cromosomas. Sólo hay un par de cromosomas de diferencia entre humanos y chimpancés. Probablemente, no habría cuerpo que aguantara semejante multiplicación cromosómica. Una nota a favor del autor, eso sí: para que un cambio tenga éxito, ha de darse en un número suficiente de individuos, y Bear lo prevé en su novela.
En cualquier caso, Bear abre un fructífero debate y una especulación profunda sobre los aspectos centrales de la evolución. Viejos temas de discusión se ven con nuevos ojos. Porque, por mucho que le choque al lector, las reflexiones que se hacen sobre temas evolutivos en las novelas son casi tan viejas como el propio Darwin. O puede que más.
Finalmente, cabe decir que el libro gana bastante cuando el autor no se ciñe sólo a los aspectos científicos del cambio (es fascinante el proceso de gestación de los humanos modificados), sino a las reacciones sociales frente a él. Es muy sano que se discuta sobre la relación entre ciencia, sociedad y política; las rencillas entre científicos; el control de los conocimientos por parte de las autoridades políticas, y su divulgación. Y, sobre todo, explorar el miedo al cambio. ¿Exagerado, tal vez? ¿O Bear ha dado en el clavo? En cierto modo, el relato de Bear es el de un Apocalipsis esperanzador.
En resumen: a pesar de que en algunos momentos llega a ser un poco pesado, recomiendo este libro, realmente provocador y vivificante. Aunque no se esté del todo de acuerdo con él, y probablemente sea muy exagerado, fomenta la discusión y hace pensar. E incluso, a ratos, divierte y emociona.
© Eduardo Gallego 2001
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Eduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962). Es doctor en Biología y profesor titular de la Universidad de Almería. Aparte de su amor a la Ciencia, también es un buen aficionado a la ciencia ficción. Fue presidente de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción y, además, escribe a dúo con Guillem Sánchez. Más datos en: http://www.ual.es/~egallego.
Eduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962). Es doctor en Biología y profesor titular de la Universidad de Almería. Aparte de su amor a la Ciencia, también es un buen aficionado a la ciencia ficción. Fue presidente de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción y, además, escribe a dúo con Guillem Sánchez. Más datos en: http://www.ual.es/~egallego.