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La piedra lunar
Wilkie Collins Una novela de misterios victorianos, impregnada de la atmósfera de esa época, con todos los defectos y virtudes que eso implica, que consigue mantener la atención del lector. Y además, en una excelente edición. por Mario Moreno Cortina Desde que me he asomado a ese mundo fascinante y aborrecible a partes iguales de la edición, estoy en mejores condiciones de valorar el trabajo ajeno. Uno deja de escandalizarse por el precio de los libros, por la calidad de las traducciones y por tantas otras cosas que antes eran motivo de charla airada entre humo espeso de cafeterías e ingesta de espirituosos baratos. ¡Jesús, y qué difícil es sacar a la calle un libro presentable! No ya excelente, sino simplemente presentable. De forma que cuando me tropiezo con un ejemplar tan fantásticamente editado como el que me ha puesto en las manos Ediciones B, la experiencia roza el éxtasis. Para empezar, los editores han apostado por la pasta dura en el pequeño formato de bolsillo, algo no tan corriente como se pudiera imaginar. Es un libro para leer, maltratar, trasladar y espatarrar sin peligro. Además, nos encontramos con una presentación de Jorge Luis Borges y una introducción de P. D. James, que a uno la historia pelada y mondada le sabe siempre a poco, e incluso no le molestaría algo más de aparato crítico. Por si fuera poco, la traducción es algo más que buena, con lo que tenemos entre manos una joya por poco más de lo que cuesta un Burdeos en el Carrefour. ¿Qué quien es Wilkie Collins? Bueno, si han leído El Alienista y recuerdan la simpática pareja de criminalistas judíos, Caleb Carr nos dice de ellos que la lectura de los libros de Collins influye decisivamente en la elección de su profesión. La acción de El Alienista se desarrolla en 1896, y nada puede ser más lógico. Aunque, para el lector moderno, sólo el genial cocainómano de Baker Street ha sobrevivido a la literatura detectivesca decimonónica, lo cierto es que sus contemporáneos habrían tenido muy presente a Collins. Para quien se haya acostumbrado a Holmes, intenso y ocurrente en sus cuentos cortos y tostón insufrible en sus novelas, La piedra lunar sorprenderá por su extensión (más de 700 páginas en esta edición). Sorprenderá aún más a quien tenga alguna experiencia en la narrativa. Sostener el interés en una historia que depende de la solución puzzlesca de un enigma durante tanto tiempo requiere de grandes dotes que ni siquiera Doyle poseía (perdón, maestro). El tema nos traerá enseguida a la memoria El signo de los cuatro. Una joya robada por los casacas rojas en la India al ajuar de una diosa pasa a formar parte de una joven adinerada de la sociedad inglesa, Rachel Verinder, en el día de su cumpleaños. Durante la noche, alguien roba la piedra del armario de su propia alcoba. A partir de ahí, Collins despliega ante nosotros un tapiz tan complejo de sospechosos, posibles motivaciones, historias secundarias y perspectivas diversas, que incluso el más avezado de los lectores terminará por rendirse, olvidar su gesto de “conozco todos los mecanismos de la novela detectivesca” y leer la obra de un tirón a la espera de que el autor haga de él lo que quiera. Aunque suelo hablar liberalmente de las novelas que comento, sin importarme demasiado los escrúpulos de lo que Cortázar llamaba el lector hembra, sería una canallada imperdonable hacerlo en esta ocasión, y les ahorraré el berrinche. Tendrán que fiarse de mi palabra y comprar la novela. Con todo, lo mejor de la obra no es esa especie de maravilla que nos provoca la novela de misterio, tan semejante a la que inspiran determinados juegos de salón (como aquel de “Cleopatra agoniza en el suelo sobre un charco de agua, Marco Antonio corre detrás de Julio César...” ¿Lo conocen?). Lo mejor de La piedra lunar es la extraordinaria humanidad y anchura con que Collins trata a sus personajes. La mirada de nuestro autor es la del que ha vivido intensa y largamente su propia existencia y es indulgente con la de los demás. El recurso de cruzar en la novela diversas narraciones en primera persona, al estilo de un Stoker, pero con mucho mejor gusto, coloca al sufrido lector en medio de ese juego de perspectivas que es el sello de gran parte de la novela moderna. ¿Algo que reprochar? Por supuesto. El inevitable aire colonialista inglés de la época victoriana, y un final que se vislumbra quizá demasiado pronto (quiero decir un par de capítulos antes). ¿Lo mejor? El personaje de la señorita Clack, que a P.D. James no le gusta excesivamente por sus tintas sobrecargadas. Se trata de una evangelista puritana hasta lo caricaturesco. De todos, únicamente sobre Miss Clack descarga Collins ese humor despiadado, descarnado y aristocrático que hemos llamado inglés. Su capítulo, narrado en primera persona, es tan desternillante y esperpéntico que, cuando se pasa el testigo a Mister Bruff, el abogado, nos sentimos decepcionados. Por todo ello, le perdonamos a Collins esos tres apéndices sobrantes que forman el epílogo, porque nos ha regalado una novela de misterio que es una buena novela de misterio, algo que comenzábamos a temernos que era solo una fantasía. © Mario Moreno Cortina 2001
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