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Portada de Memorias de un primate de Robert M. Sapolsky
Valoración: 5 estrellas de 5

Mondadori. Barcelona. Noviembre 2001. Título original: A Primate's Memoir (2001). Traducción: Josefina Ruiz Hernández. 412 páginas. PVP: 3.200 pesetas (19,23€). ISBN: 8439706995.

CONTRAPORTADA

Sólo un hombre joven e idealista podía aterrizar por primera vez en el corazón de Kenia pensando encontrar ahí una versión animada de lo que hasta entonces había visto y estudiado en el Museo de Ciencias Naturales de Nueva York... Lo cierto es que entonces Robert tenía veintiún años y un deseo inmenso de estudiar a los primates en su hábitat natural.
Muy pronto la realidad se encargó de limar su ingenuidad, demostrándole que la astucia es la mejor arma de supervivencia: aislado en la sabana africana, sin luz y sin agua, pero con el humor y la curiosidad siempre bien dispuestos, nuestro hombre se convirtió en un agudo observador de la fauna animal y humana del lugar.
De esta experiencia insólita, donde el estudio de la naturaleza se une al espíritu de aventura, nacieron las magníficas páginas autobiográficas de Memorias de un primate, donde Jane Goodall y Woody Allen parecen darse la mano para celebrar junto el genio de un hombre de ciencias con todos los defectos y todas las virtudes de un "primate" adorable.

Memorias de un primate

Robert M. Sapolsky

Un relato autobiográfico, una exploración antropológica, una repaso de la fauna y la flora, el retrato de un continente aún misterioso. Todo relatado con estilo y humor en un libro fascinante.

por Eduardo Gallego

El argumento de Memorias de un primate se puede resumir en un simple párrafo. A la tierna edad de 21 años, el autor viaja a Kenia para estudiar los babuinos de la sabana en su entorno natural. Es idealista, un tanto ingenuo al principio, pero su percepción de la vida y las gentes va cambiando a lo largo de más de dos décadas de visitas a África. Y ya está. Otro libro al estilo de los de viajes, podría pensarse.

Memorias de un primate es una obra magnífica, deliciosa, que se lee de un tirón. El estilo de Sapolsky es ácido, socarrón, cruel a menudo, y no se corta un pelo a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Me ha recordado a un ilustre precedente, Nigel Barley con El antropólogo inocente (y su continuación, Una plaga de orugas). Tal vez Barley no sea tan abiertamente cínico ni suelte tantos tacos, pero el efecto es el mismo. Un científico pardillo llega a África y se sumerge de cabeza en un país que funciona de modo kafkiano, lleno de gente a la que le cuesta comprender y que a su vez lo considera una especie de alienígena (o más bien un tonto inofensivo), repleto de bichos asaz molestos. Le ocurren peripecias sin cuento, las más de las veces poco gloriosas, y acaba echando pestes del país, el paisaje y el paisanaje... Pero siempre retorna a África.

Sapolsky es honrado, y no se nos presenta como un héroe virtuoso. Más bien resulta un antihéroe, que debe lidiar con unos burócratas y policías corruptos hasta la médula; que ocasionalmente tiene problemas de dinero y debe robar para sobrevivir; que de vez en cuando le da por ahí y se va de excursión a Sudán, Ruanda o Uganda (después de la caída de Idi Amín, que ya son ganas), donde conoce a individuos en ocasiones muy inquietantes, con frecuencia excéntricos... Y, sobre todo, estudia a unos bichos a los que llega a amar, a conocerlos como individuos. Todo esto lo narra con gracia y soltura, llegando en ocasiones a provocar la hilaridad del lector ante lo absurdo de las situaciones. Así, anécdota tras anécdota, África Oriental se despliega ante nosotros, en una visión a la vez cariñosa e irreverente.

Pero el libro no consiste sólo en risas y equívocos. En ocasiones Sapolsky se pone serio, e incluso indignado, y denuncia. A veces llega a ser triste y desolador, como cuando describe la muerte de los papiones por culpa de la tuberculosis bovina (alimentados con despojos de carne contaminada, con el correspondiente funcionario haciendo la vista gorda). Esa tristeza y cierto pesimismo sirven de telón de fondo al libro. África está cambiando, y mucho se está destruyendo. El futuro de los grandes monos, por ejemplo, se intuye desolador, por la aniquilación de su hábitat y la presión humana (agricultura, turismo salvaje). O la guerra, siempre acechante en la zona. Por no mencionar la corrupción de las autoridades, sangrante aunque descrita en ocasiones con ironía, y que el autor padece como el que más, adaptándose a ella. Memorias de un primate deja un regusto agridulce: situaciones divertidísimas y desquiciadas en un marco de destrucción.

De hecho, el autor confiesa que conforme pasan los años ha ido reduciendo sus campañas en África, más que nada para evitar encariñarse con los animales. Como he indicado antes, los capítulos finales, donde se narra la muerte de incontables monos por culpa de la tuberculosis, resultan conmovedores. También asistimos a su madurez como persona; en un rasgo de humor, a lo largo del libro va comparando su peripecia vital con la de su manada de papiones. De joven alocado, que de repente se iba de excursión al quinto pino haciendo autostop, en compañía de camioneros patibularios, va sentando la cabeza y tomándose las cosas con más calma. Al final, sus viajes a Kenia le sirven, más que nada, para escapar del estresante ambiente universitario y recargar las pilas.

Da la impresión de que, en ocasiones, el autor se esfuerza por no caer simpático, o que no se lo tome por santo. Actualmente trabaja experimentando con animales, causándoles dolor, y lo confiesa. No le gusta, pero sabe que no tiene más remedio cuando se trata de investigar sobre enfermedades humanas. Obviamente, no pretende ser políticamente correcto. Como tampoco lo es cuando pone patas arriba unos cuantos mitos. La nobleza de los guerreros masai, por ejemplo, que en realidad son un auténtico incordio para sus vecinos agricultores. O los políticos y burócratas, de los cuales no se salva ninguno. O la conocida primatóloga Dian Fossey, idealizada por la película Gorilas en la niebla y de la que Sapolsky habla con brevedad pero extrema dureza, tachándola de desequilibrada y gorilicida.

De todos modos, el autor dosifica sabiamente los bueno y lo malo, lo alegre y lo triste, la carcajada y la melancolía. Saca todo el partido posible del choque de culturas, de su irreflexión juvenil, y nos regala un cuadro cautivador e inolvidable de su amada África... Aunque hace que el lector se lo piense dos veces antes de plantearse ir de turismo por allá.

En resumen, libros como éste permiten gozar plenamente del placer y la magia de la lectura. Y un último consejo: si les ha gustado Memorias de un primate, acudan a su librero habitual y pídanle los libros del antropólogo Nigel Barley que cito al principio de la reseña (están en Crónicas Anagrama, números 18 y 29). Disfrutarán como enanos. De nada.

Eduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962). Es doctor en Biología y profesor titular de la Universidad de Almería. Aparte de su amor a la Ciencia, también es un buen aficionado a la ciencia ficción. Fue presidente de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción y, además, escribe a dúo con Guillem Sánchez. Más datos en: http://www.ual.es/~egallego.

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