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Portada de Tras las huellas de Eva de Lee R. Berger y Brett Hilton-Barber
Valoración: 4 1/2 estrellas de 5

Ediciones B. Barcelona. Junio 2001. Título original: In the footsteps of Eve (2000). Traducción: Guillermo Solana. 384 páginas. PVP: 2.700 pesetas (16,23€). ISBN: 8466603891.

CONTRAPORTADA

¿Quiénes fueron nuestros primeros antepasados? ¿Es África la cuna de la humanidad? La búsqueda de nuestros orígenes puede resultar una actividad apasionante. Tras las huellas de Eva traza un atractivo retrato de cómo viven y trabajan los científicos que se dedican a buscar el eslabón perdido en distintos países de ese maravillo continente. Unos investigadores que arriesgan su vida en entornos hostiles y llenos de peligros para solucionar el rompecabezas de la evolución, en un campo donde cada teoría debe estar respaldada por meticulosas reconstrucciones forenses que recuerdan las más emocionantes novelas de detectives.
Junto con Lee R. Berger, joven estudioso de esta ciencia, nos adentramos en profundas cuevas donde la luz de su linterna tropieza con huesos de millones de años, y compartimos la emoción del autor al descubrir la huella fosilizada de una mujer de corta edad que paseó por una playa surafricana hace más de cien mil años, un descubrimiento que podría alterar para siempre nuestra percepción de la historia de la humanidad.

Tras las huellas de Eva
El misterio de los orígenes de la humanidad

Lee R. Berger y Brett Hilton-Barber

El relato de la fascinante investigación sobre nuestros orígenes. Una exposición clara y comprensible de la cambiante y cada vez más compleja visión de nuestro pasado evolutivo. Y también un retrato de las personas dedicadas a esas investigaciones.

por Eduardo Gallego

Inmediatamente antes de Tras las huellas de Eva tuve la ocasión y el placer de reseñar el último libro de J. L. Arsuaga, El enigma de la esfinge, que también versa sobre Paleoantropología. Ambos son igualmente interesantes y muy recomendables, aunque su enfoque resulta completamente distinto. El de Arsuaga es casi un libro de texto, un tratado sobre la evolución humana y cómo ha variado el conocimiento de ésta en la historia científica de los últimos siglos. El libro de Berger y Hilton-Barber, aun ocupándose del mismo tema y llegando a conclusiones parecidas, recuerda más a una novela. Son las vivencias personales de uno de los autores, Lee R. Berger, pero también es un libro reivindicativo sobre el papel de África del Sur en la evolución de nuestro linaje. Y de lo que creemos saber sobre él.

L. R. Berger (que escribe el libro junto a Brett Hilton-Barber, periodista científico) es actualmente director de la Anthropology Unit for Research and Exploration de la Universidad de Witwatersrand (Wits, para los amigos), en Johannesburgo. En el libro asistimos a las peripecias por las que tuvo que pasar para llegar hasta ese puesto desde que, muy joven aún, tomó la decisión arriesgada de pedir un puesto como investigador en Suráfrica. El país aún estaba sumido en el odioso apartheid, y a pesar de que por aquella época ya se empezaban a intuir los futuros cambios, siempre se corría el riesgo de convertirse en un paria científico. Pero Berger siguió los consejos de paleontólogos tan reputados como Johanson y Leakey, y para allá que se fue.

Realmente, África del Sur es un desafío a la vez que una tierra de promisión para cualquier paleoantropólogo. Contiene algunos de los yacimientos de homínidos fósiles más importantes del mundo, aunque son singularmente difíciles de estudiar. Los huesos de incontables australopitecos (y quién sabe qué otros géneros) se encuentran en cuevas, embutidos en una roca dura como el cemento, y cuya datación es terriblemente problemática. En el libro queda claro el amor y la fascinación que siente el autor por aquel país, por sus paisajes y su riqueza faunística y en fósiles. Su entusiasmo llega a ser contagioso, por cierto. Supongo que llegado a este punto, el lector de esta reseña se preguntará que cómo diantres puede despertar entusiasmo un libro que trata sobre huesos viejos. Bien, vayamos por partes.

La historia de los descubrimientos de homínidos fósiles en África del Sur es en sí misma toda una novela. Todo empezó con el hallazgo del famoso cráneo del niño de Taung en 1924, el cual fue a parar a manos del profesor Raymond Dart. Éste no era precisamente un entusiasta de la Paleontología, pero al final se vio envuelto en una de las mayores controversias científicas del siglo XX. Cuando publicó la descripción del cráneo, que atribuyó a la nueva especie Australopithecus africanus, concluyó que pertenecía a una criatura bípeda y situada «entre el más primitivo de los hombres y el más avanzado de los monos». Y ahí empezó su calvario personal. El fósil parecía ir en contra de todas las ideas predominantes en la Paleoantropología de la época. Por aquel entonces se creía que la Humanidad debería de haberse originado en Eurasia (por más que Darwin hubiera sugerido que África era el lugar más plausible), tal vez por un ramalazo de chovinismo occidental y de desprecio hacia el «continente negro». También se creía que el motor de la evolución humana era el aumento del cerebro. Así, los primeros homínidos deberían ser criaturas de cuerpo simiesco pero con mayor capacidad craneal. Justo lo contrario que el niño de Taung, una suerte de chimpancé bípedo. Eso explica el éxito del celebérrimo fraude del hombre de Piltdown: era justo lo que los científicos europeos querían hallar. El hallazgo surafricano, obviamente, no fue apreciado en su justo valor, y así empezó el calvario de Dart, cuya cabezonería le impidió arrojar la toalla.

En su reivindicación de que el australopiteco estaba en la raíz de la evolución humana, fue sometido a pública rechifla y su salud se resintió, a pesar de contar con aliados en su causa, como el excéntrico médico Robert Broom o el propio Jan Smuts, primer ministro surafricano y una persona muy interesada en la ciencia. Finalmente, Dart y Broom fueron reivindicados, y se aceptó que la cuna de los homínidos estaba en África.

Sin embargo, cuando las cosas parecían arreglarse llegaron malos días para los paleoantropólogos surafricanos. El gobierno de Smuts cayó en 1948 por el resurgimiento del nacionalismo afrikáner, y comenzó la época del gran apartheid. Además, los afrikáners eran creacionistas acérrimos, y la idea de que los humanos descendiéramos de criaturas simiescas no les hacía demasiada gracia. La búsqueda de fósiles de homínidos, obviamente, no recibió demasiada ayuda. Y mientras Suráfrica quedaba cada vez más aislada, comenzaron los grandes descubrimientos de fósiles en África Oriental, primero con el clan Leakey en Tanzania y Kenia, luego con el equipo de Donald Johanson en Etiopía. La zona del Valle del Rift se convirtió en la cuna de la Humanidad, y los fósiles de homínidos fueron interpretados por Johanson y White de forma que constituían una progresión lineal desde Australopithecus afarensis (y luego Ardipithecus ramidus) hasta Homo sapiens.

Con semejante escenario se topó Lee R. Berger cuando decidió dedicarse a la Paleoantropología en África. Los lugares más interesantes eran (y son) coto privado de los paleontólogos consagrados, como los Leakey, Johanson o White. Por tanto, y dado que no podía enfrentarse con ellos, le quedaba la opción de la olvidada Suráfrica, donde no molestaría a ninguna de las vacas sagradas. Berger aceptó el desafío, sin tenerlas todas consigo al principio, y acabó estableciéndose en África del Sur como uno de sus paleoantropólogos más prestigiosos.

Al igual que en tiempos de Dart, la interpretación de los fósiles surafricanos acabó socavando la ortodoxia reinante. Berger se especializó en el estudio de la anatomía postcraneal (del cuello para abajo, hablando en plata). La mayoría de los fósiles de homínidos consisten en dientes, mandíbulas y pedazos de cráneo, que nos dicen mucho sobre su alimentación y tamaño cerebral. Sin embargo, los huesos de brazos y piernas también tienen mucho que contar. No entraré aquí en detalles para no alargarme demasiado, pero el caso es que Berger, tras determinar las proporciones de brazos y piernas de los australopitecos sureños, empezó a sospechar que la ortodoxia reinante sobre una evolución lineal de los homínidos no se sostenía. Tuvo que enfrentarse con los científicos más prestigiosos, pero el tiempo parece darle la razón. Nuestro árbol evolutivo es muy ramificado, y en él abundan los callejones sin salida. Cada nuevo descubrimiento contribuye a crear más confusión y mostrar la complejidad del linaje homínido. El elegante y simple esquema de Johanson y White ha pasado a la Historia.

Además de explicarnos las teorías existentes sobre la evolución de los homínidos, y de encajar en ellas los fósiles más recientemente hallados, el autor también se detiene en el origen del hombre moderno. Parece cada vez más establecida la teoría de que nuestros antepasados más directos vivieron en África, probablemente hace menos de 200.000 años. Berger cree que podría precisarse aún más, y que la cuna de nuestra especie es África del Sur. De allí, nuestros ancestros invadieron nuevos continentes, mandaron al limbo a los neandertales y... bueno, aquí estamos.

El conocimiento de nuestros orígenes es, por sí solo, motivo de interés para cualquier persona culta o sensible, y este libro cumple con creces las expectativas del lector al respecto. Pero en Tras las huellas de Eva hay mucho más que eso. Tal vez lo más jugoso sea conocer cómo se hace la ciencia o, mejor dicho, cómo se comportan los científicos. Al fin y al cabo son humanos, con los mismos defectos y virtudes que el común de los mortales. Cabezonería, espíritu de lucha, celos, rencillas, feudos y cotos de caza particulares, puñaladas traperas por un quítame allá esos fósiles, grandezas y miserias... Son cosas que no suelen aparecer en los artículos científicos o divulgativos, pero que a pesar de ellas, o tal vez gracias a ellas, el conocimiento de nuestras raíces y nuestro lugar en el cosmos va progresando sin cesar. En cierto modo, muchas veces es más interesante la búsqueda que el hallazgo en sí.

Por si no se habían dado cuenta, recomiendo vivamente la lectura de este libro. No obstante, antes de terminar me gustaría realizar unas pequeñas observaciones sobre la traducción. Por lo general es buena, e incluso a veces peca de exceso de celo, lo cual incluso se agradece. Términos como el spin del electrón o la hipótesis East Side Story del origen de los homínidos suelen dejarse en inglés en muchas obras. Sin embargo, he detectado un gazapo de los que hacen época. Junto a El origen de las especies (1859), una de las obras de Darwin más importantes es The Descent of Man, conocida desde hace mucho en nuestro idioma como El origen del hombre. Es uno de los libros más importantes de la historia de la ciencia, pero por lo visto el traductor no lo conocía, ya que traduce el título como La decadencia del hombre. De acuerdo que descent tiene también ese significado, pero la metedura de pata es equivalente a la del famoso Tarzán de los Alpes...

Eduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962). Es doctor en Biología y profesor titular de la Universidad de Almería. Aparte de su amor a la Ciencia, también es un buen aficionado a la ciencia ficción. Fue presidente de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción y, además, escribe a dúo con Guillem Sánchez. Más datos en: http://www.ual.es/~egallego.

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