Swamp Thing. Amor y muerte
Alan Moore, Stephen Bissette y John Totleben
Norma Editorial. Barcelona. Octubre 2001. Título original: Swamp Thing. 208 páginas. PVP: 2.500 pesetas. ISBN: 8484313883.
Valoración: 5
Impreso de http://www.archivodenessus.com/rese/0366/

Segundo volumen recopilatorio de la genial reinterpretación de La cosa del pantano. Una historia de terrores metafísicos y reales (¿quién no teme a los insectos?), de amores perdidos y de viajes míticos a las profundidades del infierno.

por Xavier Riesco Riquelme

Segundo volumen recopilatorio de La Cosa del Pantano.

En blanco y negro.

Qué bien le sienta.

¿Cómo demonios hace uno un cómic de terror –porque lo es, sin ninguna duda- dentro del universo pop de superhéroes en pijama de la DC en los ochenta?

Pues como lo hace Alan Moore: presentándose a juicio y declarando la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. O al menos lo que él supone que debe ser la verdad. Sólo con eso ya basta para transformar todas las preconcepciones del lector en algo diferente.

Para empezar, para que La Cosa del Pantano viva no puede ser Alec Holland. Los hombres brutalmente quemados vivos en explosiones –aun en una ficción donde casi todo es posible- no regresan como vegetales humanoides (Imagínense que uno muere violentamente y lo reencarnan en calabaza, vaya sentido de la justicia divina). Así que la verdad, según Moore, está en una estructura más profunda del universo, donde los accidentes superficiales requieren explicaciones complejas.

Y es así como se las arregla para crear una obra maestra: explorando las reglas, y señalándolas.

Superman –si, Superman, el tipo de la capa roja y el pijama azul -, en el volumen anterior se ofrece a contar todas las moléculas de aire en la atmósfera. El lector se da cuenta de que realmente lo que Moore muestra de tal forma no es a un alienígena con poderes incongruentes con un físico humano procedente de un planeta destruido; el subtexto que emerge es que Superman es, y siempre lo ha sido, una deidad solar capaz de hazañas apolíneas. El mismo caso que se da en este segundo volumen, cuando Moore lleva al lector a contemplar de forma diferente una figura aparentemente ridícula vestida sólo con unos shorts verdes y capa a juego. De repente, el lector tiene la sensación de que cuando las reglas del juego propuestas por Moore entran en funcionamiento, tiene que volver a aprender todo lo que creía saber sobre los cómics de superhéroes, de horror, o, más sencillamente, los cómics en general.

Exactamente el mismo caso de Watchmen o Miracleman: de repente, bajo la fachada de lo ingenuamente familiar, incluso estúpidamente familiar, emerge lo realmente extraño. Una verdad por debajo de la verdad. Incluso cuando otros elementos aparecen, sacados de la corriente principal del universo DC, Moore se las arregla para darles una apariencia aún más extraña de lo que pretendían los creadores originales. El caso del Monitor luchando por no apartar la mirada de sus pantallas –observar siempre es fácil, ¿no, hipócrita lector? Los héroes de ultratumba de la DC haciendo de cicerones del inframundo. Y un demonio que exige un pago por sus servicios y lo consigue aunque tenga que enfrentarse a todo el Infierno.

Otro nivel diferente es el de cómo trata Moore los elementos una vez dispuestos sobre el tablero. Volviendo al ejemplo del principio, un tío reencarnado en un vegetal me inquietaba más bien poco –incluso cuando leí por primera vez la obra original de Wrightson, que tiene sus propios méritos, sin pretender infravalorarla. Una entidad monstruosa que descubre que no es lo que (quién) cree ser me inquieta mucho más. Y que esa entidad tenga que enterrar un cuerpo rescatado del pantano para dar descanso al fantasma de la verdadera personalidad de la cual la suya es una copia, eso ya me parece realmente inquietante. Y sin necesidad de recurrir a los recursos clásicos del “horror” visual: apenas un esqueleto inanimado y un par de visiones del pasado –que el lector conoce de antemano- bastan para crear una magnífica historia.

Y un caso de posesión demoníaca apenas le sube el ritmo cardiaco a nadie hoy en día. Y sin embargo un caso de posesión contado como un ritual progresivo de degradación -muy crowleyano, me figuro; la rendición de la voluntad a lo abominable en el caso de Matt Cable- me sigue pareciendo fascinante como una colisión en una autopista más de quince años después de publicada por primera vez esta historia.

Por una lado tenemos el descenso a los infiernos de La Cosa del Pantano, que suponemos que es el eje central de la narración, con los consabidos ecos de Dante guiado por Virgilio siguiendo a Beatriz o de Orfeo buscando a Eurídice. Pero Moore nos cuenta al mismo tiempo en un pequeño instante el descenso a los infiernos de Matthew Cable a partir de frustraciones, deseos irrealizados, falta de control sobre sí mismo, falta de satisfacción, incapacidad de mejorar su situación... en medio de una narración que tiene por protagonistas a potencias sobrenaturales y de telón de fondo la condenación eterna, el infierno y otras grandes cosas de la teología, no encontramos con un pedazo de cruda y dura realidad: la destrucción en vida de una persona. No es sólo La Cosa del Pantano la que baja al infierno; todos los demás personajes principales lo hacen de un modo u otro, y en el caso de Cable, que es el que más me impresiona en algunos aspectos, sin ni siquiera morirse.

Así que volvamos a lo principal.

La Cosa del Pantano desciende a los infiernos para rescatar a su amada. Incluso cuando habla de un esquema clásico –los ecos de los otros clásicos anteriormente mencionados- Moore lo presenta de una manera que produce aún más desazón usando de una manera inteligente, creativa y original los elementos que tenía a mano dentro del universo particular.

La catábasis de La Cosa del Pantano es escalonado y cada tramo de la escalera tiene un guía diferente. Deadman, trapecista post-mortal que tiene que pasarse la eternidad con la ropa del circo puesta, le guía por la zona de los muertos recientes. El Extraño, de afiliación Desconocida (eso debe poner en su pasaporte) lo guía por las laderas del Cielo y el Demonio Etrigan (que siempre me pregunté si no estaría inspirado en un episodio de “El Príncipe Valiente” de Harold Foster) lo guía por el infierno.

El valor de la obra de Moore está, en este caso, en la visión de cada una de las zonas: el encuentro con el trauma de la muerte de verdad, que la Cosa sólo creía haber sufrido; la entrevista con el verdadero poseedor de su la personalidad sobre la que se construyó la suya; o un demonio exculpando a Dios de cualquier responsabilidad sobre el Infierno –muy paternalista para ser un demonio, o quizás sea esa precisamente la verdadera capacidad demoníaca- y sus ocupantes, son elementos que hacen reflexionar a cualquiera. Y el infierno mismo es una obra maestra de ingeniería narrativa: la percepción temporal alterada (Arcane, idiota, el infierno es UN ESTADO, no un lugar), las motivaciones incomprensibles de los demonios –como la del mismo Etrigan- o la reflexión sobre el concepto mismo de castigo tan querido por muchas religiones. No creo que muchos lectores puedan olvidar este Infierno al mismo tiempo tan particular y tan general.

Llegado a este punto, he de admitir que me he dejado un elemento muy importante sin comentar. El aspecto gráfico. Aunque la obra responde, me temo, mayormente a la personalidad del guionista, el arte de los dibujantes es un elemento especialmente fuerte en La Cosa del Pantano. Quizás sea la obra mas “gráfica” de Moore, especialmente cuando entran en juego Stephen Bissette y John Tottleben, confiriéndole un aspecto inolvidable para la mayor parte de los lectores. El infierno postmoderno según El Bosco, Moore, Bissette y Tottleben –pero claro, viendo “El Jardín de la Delicias”, uno sospecha pese a toda lógica que El Bosco era postmoderno. A veces pienso, infravalorando al lector medio, que sin ese aspecto gráfico, muchos lectores podrían haber pasado por encima del otro elemento más importante –sí, Moore, supedita por sí solo el aspecto gráfico al texto, a base de pura personalidad. Y funciona.

Y una vez acabado el periplo principal, este volumen presenta dos estrategias diferentes revolucionarias, obra también de Moore. La primera estrategia, “Pog” consiste en enfrentar una ficción alienígena (tanto porque ES una ficción sobre alienígenas como porque es un homenaje a una obra ajena a Moore “Pogo”) con la realidad. Con la realidad “real”, vista, eso sí, desde el punto de vista de un hippy resentido (y con razón, creo a veces). No soy vegetariano y no creo en las tesis de los vegetarianos, pero cada vez que leo “Pog” me asalta una terrible incertidumbre sobra la forma en la que veo el mundo y empiezo a pensar que una hamburguesa de soja quizás no sea tan mala opción. Tal es el poder de Moore para conmover.

La segunda estrategia consiste en enfrentar a la ficción con la ficción. Usando una introducción clásica, Moore enfrenta su propia obra con la de su predecesor, adaptando para sus usos una historia de Wrightson y Wein –los creadores originales- con una primitiva versión de la historia de La Cosa del Pantano. El resultado solo sirve a los propósitos de la ficción de Moore, pero sigue siendo otro magnífico homenaje a alguien que sabia contar historias.

Al final, supongo que eso, si no es otra cosa, es lo que hace de una obra un clásico: que La Cosa del Pantano me siga inquietando. Me inquieta cuando habla de la muerte y la personalidad como centro del ser humano, cuando habla del juicio y del castigo, de amor y muerte. O de hamburguesas y tipos gorditos que cuentan secretos. Inquietando. No “horrorizando”, ni “espantando”, “aterrorizando” ni ninguno de esos adjetivos vacíos gracias a tantas películas malas de terror.

La sustancia auténtica, perdurable, siempre será la Inquietud.

Obra maestra.

Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.

Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.