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El enigma de la esfinge
Juan Luis Arsuaga La fascinante historia de nuestra evolución como especie en el contexto de la evolución de la vida sobre la Tierra. Riguroso, ameno, diverso y abierto, este libro es un deslumbrante ejemplo de alta divulgación de la mano de un científico español de talla internacional. por Eduardo Gallego Habrás comprobado, amigo lector de esta reseña, que he otorgado una puntuación muy alta al libro. Confieso que es de lo mejorcito que ha llegado a mis manos en mucho tiempo, y cumple con creces las palabras que figuran en la portada: estudia las causas, el curso y el propósito de la evolución. De todos modos, he de hacer una advertencia. Si no le otorgo la máxima nota, se debe a que se trata de un libro de alta divulgación, que puede intimidar al lector. Reconozco que algunos capítulos no son de lectura fácil, ya que incluyen términos familiares para los biólogos evolucionistas (alopátrico, simpátrico, etc.) mas no de uso común. Sin embargo, el tema los requiere: es tan complejo y rico que llega un momento en que no se puede simplificar para hacerlo más asequible. El lector debe hacer un esfuerzo que, sin duda, será recompensado. Una vez terminado el libro, tendrá una idea más cabal de nuestro lugar en la biosfera, del origen de nuestra especie y, sobre todo, de qué es la ciencia y cómo piensan los científicos. Juan Luis Arsuaga se ha ganado a pulso la fama. A sus indiscutibles dotes científicas une su faceta de divulgador que ha logrado, junto con otros colegas, hacer que todos los españoles nos sintamos orgullosos del espectacular yacimiento de Atapuerca. Libros como La especie elegida (junto a Ignacio Martínez) o El collar del neandertal constituyen éxitos de ventas gracias a reunir amenidad y calidad científica. El primero es una bien hilvanada historia sobre la evolución humana que se lee con facilidad, mientras que el segundo, tal vez algo menos interesante (aunque muy recomendable), se centra en los neandertales. En cambio, El enigma de la esfinge se ocupa de analizar con profundidad el concepto de evolución y su aplicación a la especie humana, además de considerar cómo ha variado el enfoque evolutivo a lo largo del tiempo. Trata no sólo sobre Ciencia, sino también sobre científicos y sociedad. La inclusión de diagramas tomados de libros y artículos de distintas épocas constituye un acierto; desde luego, ambienta lo suyo. Vamos con el libro. Tras un prólogo para situar al lector, Arsuaga entra en materia con "De Darwin al neodarwinismo", que sorprenderá a más de uno. Es bastante común la creencia de que cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies (1859), todos los científicos serios aceptaron su propuesta de la selección natural como motor de la evolución, salvo los inevitables reaccionarios y fundamentalistas religiosos. Sin embargo, la realidad es más compleja. El darwinismo fue dado poco menos que por acabado a principios del siglo XX. Todas los científicos y personas cultas bien informadas aceptaban la evolución de las especies, pero parecían existir mecanismos más adecuados que la selección natural para explicarla. De hecho, y dejando aparte a los creacionistas cerriles, el darwinismo tuvo (y tiene) cuatro grandes teorías rivales para explicar la evolución. Por un lado, el evolucionismo teísta, que no niega la evolución pero busca en ella un propósito divino. Por otro, el neolamarckismo, con variaciones sobre la herencia de caracteres adquiridos. Asimismo, la teoría de la mutación y la evolución a saltos (saltacionismo). Y finalmente, la ortogénesis, que postula la existencia de fuerzas internas a los propios organismos que impulsan la evolución. Realmente, la teoría de la selección natural quedó relegada hasta que la síntesis neodarwinista la matrimonió con la Genética y hoy, a pesar de los pesares, parece que es la que mejor explica el origen y evolución de las especies. Sin embargo, no por ello han desaparecido las alternativas al neodarwinismo, título del siguiente capítulo. En concreto, el viejo saltacionismo que nunca muere (me vienen a la memoria los monstruos esperanzados de Goldschmidt y la versión que de ellos hace el escritor de ciencia ficción Greg Bear en La radio de Darwin) y la famosa teoría de los equilibrios puntuados, de Eldredge y Gould. El lector podrá hallar aquí todo lo que quería saber del tema, y no se atrevía a preguntar. También comprobará cómo hay científicos que no consideran a los equilibrios puntuados una herejía, sino algo que se integra en la ortodoxia neodarwinista (con el gradualismo en el extremo opuesto de la escala). En el siguiente capítulo, "La teoría evolutiva como sistema", Arsuaga trata de aplicar a la teoría evolutiva el mismo método de estudio empleado con las religiones. El libro va ganando en riqueza y profundidad conforme avanzamos en su lectura; desde luego, va mucho más allá de los tratados divulgativos al uso. La parte central y más extensa la ocupa el capítulo "El árbol de la evolución humana". Yo la calificaría de excelente, porque no es una mera exposición del tipo: «Ardipithecus da lugar a Australopithecus, el cual evoluciona a Homo», etc. Es mucho más profunda que eso: podría titularse «cómo ha evolucionado nuestra idea de la evolución humana». Es este campo, más que en ningún otro, la idea central del darwinismo (la selección natural como motor evolutivo) fue eclipsada por la de progreso lineal. Aunque los investigadores no quisieran reconocerlo, la ortogénesis (cuando no directamente el finalismo teísta) parecía explicar mejor que nada la aparente tendencia en el linaje humano a ser cada vez más inteligente. El autor nos narra la historia de la toma de conciencia de los científicos de nuestra profunda relación con los grandes simios, la visceral repugnancia de algunos a admitirla, y cómo influyó eso en la construcción de árboles genealógicos: la separación de los homínidos de los feos y desagradables gorilas y chimpancés debió de ser muy antigua, como si así se preservase nuestro honor. Puede parecer divertido, pero el asunto se torna más serio cuando se habla del origen de las razas humanas. De forma consciente o no, los racistas tienden a aferrarse a las teorías que justifiquen su visión del mundo, y las teorías lineales y multirregionales (lo siento, amigo lector; esto es una mera reseña, así que para enterarte de los detalles, te remito al libro) encajan mejor en una visión racista del mundo (por supuesto, esto no implica que los científicos partidarios de ellas sean racistas, que quede claro). Poco a poco, la síntesis neodarwinista y los nuevos descubrimientos fósiles fueron dibujando un panorama mucho más complejo. Costó trabajo acabar con la idea de que la evolución humana era una sucesión de especies mejoradas, en la que cada una tomaba el testigo de manos de la anterior (y que nos resulta tan familiar por la archiconocida imagen de unos homínidos desnudos caminando en fila, con el más simiesco a la cola y un señor con la espalda bien recta y la cabeza alta al frente de la procesión). Las ramificaciones se empezaron a considerar: podía haber varias especies de homínidos coexistiendo o, visto de otro modo, la evolución exploraba diversos caminos, a modo de un árbol con varias ramas saliendo de cada nudo. Los parántropos (australopitecos robustos, en sentido amplio), los neandertales... Experimentos evolutivos que siguieron su propio camino, pero al final devinieron en vías muertas. Hoy día, nuestra idea de la evolución es muy ramificada, y se siguen descubriendo fósiles que están acabando con el bonito y simple esquema evolutivo de hace una o dos décadas. Utilizando un símil un tanto pedestre, la situación actual en Paleoantropología es de éramos pocos, y parió la abuela: más y más fósiles raros cuyo encaje en el árbol evolutivo humano es complejo. Para muestra, un par de botones. En 2000 se publicó el hallazgo de un presunto homínido de hace seis millones de años, Orrorin tugenensis. En 2001, Meave Leakey hizo lo propio con otro nuevo género y especie, Kenyanthropus platyops, tal vez origen de una nueva línea evolutiva. Vivimos tiempos científicamente interesantes, sin duda: nuevos fósiles y otro enfoque de la génesis de nuestra especie. Pero los huesos no lo son todo en Paleoantropología. En el capítulo "Egoísmo y altruismo", Arsuaga repasa las ideas existentes sobre el origen del comportamiento humano, así como las teorías que abogan porque la selección natural actúa a nivel de grupo, o bien de genes (el famoso gen egoísta). Esto se opone a la ortodoxia neodarwinista, ya que, en principio, la selección natural actúa sobre los individuos. También se comenta lo difícil que es el estudio del comportamiento para los paleontólogos, ya que es un carácter que no fosiliza, aunque... El siguiente capítulo se titula "La mente: una nueva propiedad de la vida". ¿Apareció nuestra mente consciente en una fulguración, o lo hizo lenta y progresivamente? ¿Es un sistema modular, que se convirtió en lo que es ahora cuando los distintos módulos se interconectaron? ¿El crecimiento del cerebro fue seleccionado para otra cosa, y sólo más adelante, por casualidad, ocurrieron las conexiones necesarias para alcanzar la inteligencia? A continuación viene "El relato", donde Arsuaga expone su particular visión de la evolución humana, lo que él cree que ocurrió de acuerdo con las evidencias disponibles. Lo expone con rigor y detalle, en uno de los capítulos más amenos del libro. El autor abraza la visión de un árbol evolutivo humano muy ramificado, no lineal, con numerosos experimentos fallidos, hasta que sólo nuestra especie prevaleció. Arsuaga también es partidario de un origen tardío de Homo sapiens. Todas las poblaciones actuales descienden de algún grupo de africanos (por mucho que esto duela a los racistas) que vivió hace menos de 200.000 años, los cuales se expandieron por el mundo y desplazaron a neandertales y erectus remanentes. El último capítulo ("Luz, más luz") recapitula sobre los grandes debates actuales sobre la paleoantropología y, sobre todo, reflexiona acerca de lo que supuso y supone la revolución de Darwin para nuestra visión del cosmos y de nuestro papel en él. Es una visión triste y que nos llena de zozobra: un universo indiferente, en el que estamos solos frente a su inmensidad, pero que ya no es incomprensible. Además, el comprender que hemos emergido por azar nos hace más dueños de nuestro destino. A nadie tenemos que rendir cuentas; podemos elegir entre el progreso o la autodestrucción, la investigación o el ensimismamiento. Somos libres. Como apéndice, Arsuaga proporciona una cronología de los descubrimientos paleoantropológicos que va desde 1669 a 2001, muy útil como referencia. Tal vez no estén todos los que son, pero a pesar de eso es bastante completa. En resumen, amigo lector, te animo a que adquieras el libro y no te dejes amilanar por la terminología científica que aparece en algunos capítulos. Merece la pena, porque aprenderás lo que la ciencia ha llegado a conocer de nuestros orígenes, e incluso te harás una idea de cómo funcionan los científicos, quienes no pueden abstraerse de la época que les ha tocado vivir. Tal vez pienses que el estudiar huesos viejos es una pérdida de tiempo, y que sería mejor ocuparse de los sentimientos y motivaciones de la gente viva. Pero nosotros somos tal como nuestra historia nos ha moldeado. Preguntarnos por nuestros orígenes nos enriquece, y este libro de Arsuaga, por su rigor y profundidad, es un auténtico tesoro. Yo incluso sería partidario de que incluyera como libro de referencia en las asignaturas sobre historia de la ciencia. Ah, una última cosa. Pese a las evidencias que apoyan al neodarwinismo como explicación de la evolución de las especies, es sólo una teoría científica, como todas. Caso de que en determinado momento se mostrara inadecuada para explicar la realidad, debería ser modificada o desechada. Tenlo siempre presente, amigo lector: las teorías científicas, incluso las más establecidas, son simplemente eso, nunca certezas absolutas. © Eduardo Gallego 2002 Eduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962). Es doctor en Biología y profesor titular de la Universidad de Almería. Aparte de su amor a la Ciencia, también es un buen aficionado a la ciencia ficción. Fue presidente de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción y, además, escribe a dúo con Guillem Sánchez. Más datos en: http://www.ual.es/~egallego.
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